23 de septiembre de 2026

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Arranca la revisión del T-MEC con presión sobre autos y acero

La revisión del T-MEC ya comenzó y el mensaje es claro: viene una negociación dura sobre autos, acero, aranceles y el lugar que México tendrá en la nueva estrategia comercial de Norteamérica.

La revisión del T-MEC ya arrancó formalmente y lo hizo bajo una lógica muy distinta a la que acompañó la negociación original del acuerdo. México y Estados Unidos abrieron esta semana en Ciudad de México la primera ronda bilateral de conversaciones rumbo a la primera revisión conjunta del tratado, con un calendario que ya contempla una segunda ronda en Washington a mediados de junio y una tercera en México hacia finales de julio. El arranque confirma que el proceso ya dejó de ser una expectativa política para convertirse en una negociación concreta, técnica y de alto voltaje económico.

El dato más relevante del inicio no es solo que comenzaron las conversaciones, sino cómo comenzaron: sin Canadá en la mesa por ahora. Washington y Ciudad de México están avanzando en una ruta bilateral mientras la participación canadiense sigue sin fecha clara de aterrizaje formal. Eso no significa que Ottawa quede fuera del resultado final, pero sí revela que la revisión del T-MEC arranca con una asimetría política evidente y con un reordenamiento de prioridades en el que la relación Estados Unidos-México aparece, al menos en esta primera etapa, como el eje principal de la discusión.

En el fondo, la revisión arranca con una tesis muy clara desde Washington: usar el tratado no solo como instrumento de libre comercio, sino como herramienta de seguridad económica regional. La oficina de la Representación Comercial de Estados Unidos planteó que estas rondas se enfocarán en “seguridad económica” y en reglas de origen para bienes industriales clave. Dicho en términos prácticos, la Casa Blanca busca endurecer las condiciones para que ciertos bienes fabricados en México sigan gozando de acceso preferencial al mercado estadounidense. Ya no se trata únicamente de preservar el tratado, sino de rediseñar sus incentivos para empujar más contenido regional —y, en particular, más contenido estadounidense— en sectores estratégicos.

Ahí aparece el tema que probablemente marcará buena parte del tono de la negociación: la industria automotriz. De acuerdo con Reuters, Washington quiere reglas de origen más estrictas, incluida una exigencia de mayor contenido estadounidense en vehículos y camiones ensamblados en México. Hoy el tratado ya obliga a que entre 40% y 45% del valor de los vehículos producidos en Norteamérica provenga de plantas de altos salarios, principalmente en Estados Unidos o Canadá. La nueva presión apunta a ir más allá de ese diseño y empujar una lógica más abiertamente nacional dentro de un acuerdo que, en teoría, nació para fortalecer una plataforma regional integrada.

El otro gran frente será el acero. Washington también quiere condiciones preferenciales solo para el acero que haya sido “melted and poured” en Norteamérica, es decir, fundido y colado dentro de la región. La intención es cerrar espacios a insumos externos —particularmente de origen chino— que terminen incorporándose a manufacturas mexicanas y luego entren al mercado estadounidense con trato preferencial. Visto desde la lógica industrial de Estados Unidos, es una forma de blindar cadenas de valor. Visto desde México, es una exigencia que puede encarecer costos, tensar proveedurías y volver más compleja la competitividad manufacturera regional si no se diseña con realismo.

México llega a esta revisión con una postura que combina defensa y pragmatismo. Marcelo Ebrard ha insistido en que la lógica correcta no es fragmentar a la región con más barreras, sino volverla más competitiva frente a Asia. En esa visión, la integración entre México y Estados Unidos debe servir para producir más dentro de Norteamérica, no para castigar a uno de sus socios con reglas que terminen debilitando al conjunto. También ha dejado claro que, desde la posición mexicana, los aranceles al acero y al sector automotriz no tienen sentido si el objetivo real es fortalecer la plataforma regional. En otras palabras, México no está entrando a pedir una revisión cosmética; está tratando de evitar que la revisión se convierta en una recentralización industrial en favor exclusivo de Estados Unidos.

Ese punto importa especialmente porque el entorno ya no es el del libre comercio pleno que dio forma al TLCAN y luego al T-MEC. Reuters reporta que los aranceles de 25% a autos y autopartes y de 50% a acero, aluminio y cobre impuestos por la administración Trump ya alteraron de facto la vieja zona de comercio libre en Norteamérica. El mensaje desde Washington es que algunos de esos aranceles no desaparecerán por completo, aunque podrían coexistir con tratamientos preferenciales para México y Canadá si aceptan reglas más estrictas de contenido regional y un mayor blindaje frente a bienes externos. Eso convierte la revisión en algo más profundo que una simple actualización técnica: la vuelve una renegociación del equilibrio entre apertura, protección e integración productiva.

Para México, el riesgo no está solo en lo que se firme, sino en cómo se firme. Si la revisión endurece demasiado las reglas de origen sin reconocer la estructura real de las cadenas de suministro, podría elevar costos, restar flexibilidad y debilitar sectores que justamente han hecho de México una plataforma exportadora clave. Pero también hay una oportunidad: si el país logra preservar acceso preferencial y consolidar la idea de que Norteamérica debe competir como bloque, podría salir de esta revisión con una posición todavía más valiosa frente al resto del mundo. Por eso el arranque de las conversaciones importa tanto: aquí no se está discutiendo solo un tratado, sino el tipo de inserción industrial que México tendrá en la próxima etapa de la economía regional.

La conclusión es clara: la revisión del T-MEC ya empezó y no será un trámite. Arranca con Estados Unidos empujando más contenido regional, más filtros a insumos externos y más protección para su base manufacturera; con México intentando defender la competitividad conjunta de Norteamérica; y con Canadá, por ahora, mirando desde fuera de la primera línea. Lo que viene no será una discusión meramente comercial. Será una disputa por definir quién pone las reglas de la integración y quién paga el costo de volverla más rígida.

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