Coyuntura económica y algo más
Cuando el gobierno presume demasiado, casi siempre es porque la realidad no le está aplaudiendo lo suficiente…
Macraf
La corcholata mayor presentó 12 indicadores para demostrar, según ella, que la economía mexicana va bien y que el llamado Humanismo Mexicano funciona. El problema es que una lista de datos no necesariamente prueba un modelo económico. A veces solo demuestra que el gobierno aprendió a escoger las cifras que mejor se ven en pantalla y a esconder debajo de la alfombra todo aquello que incomoda.
Y justo ahí está el punto: no se trata de negar que existan datos positivos. Sería absurdo. La economía mexicana no está colapsada, no vivimos una crisis inmediata y hay indicadores que, aislados, pueden verse bien. Pero una cosa es tener algunos números presentables y otra muy distinta es sostener que México vive un momento de fortaleza económica gracias a la supuesta genialidad del “Humanismo Mexicano”. Eso ya no es análisis; es propaganda con PowerPoint.
El primer ejemplo es la Inversión Extranjera Directa. El gobierno presume que México se coloca entre los 10 países con mayor IED y que eso demuestra confianza en el país. Suena fuerte, claro. Pero la letra pequeña cuenta otra historia: si alrededor del 93% corresponde a reinversión de utilidades y apenas cerca del 7% es inversión nueva, entonces no estamos frente a una avalancha de capital llegando emocionado a construir el futuro mexicano. Estamos, más bien, frente a empresas que ya están aquí y reinvierten parte de lo que ya generaron.
Eso no es malo, pero tampoco alcanza para cantar victoria. La reinversión sostiene operaciones, permite continuidad y muestra que muchas empresas no se han ido. Pero no es lo mismo conservar lo existente que atraer nuevas plantas, nuevos proyectos, nueva tecnología y nuevas cadenas productivas. Por eso usar la IED como prueba de que “vamos bien” es, cuando menos, tramposo. México sigue teniendo ventajas, sí, pero el capital nuevo no está llegando con la fuerza que el discurso oficial quiere vender.
Con los salarios ocurre algo parecido. Es cierto que el salario mínimo ha aumentado y también es cierto que durante décadas permaneció castigado. Ese ajuste era necesario. Pero convertir el aumento salarial en prueba definitiva de éxito económico es un abuso. Los salarios pueden subir por decisión política durante un tiempo, pero si no crecen acompañados de productividad, inversión, capacitación y formalidad, tarde o temprano generan tensiones. El salario mínimo no puede convertirse en sustituto de una estrategia de desarrollo. Sirve para mejorar ingresos, pero no resuelve por sí solo la baja productividad, la informalidad ni la falta de crecimiento.
La tasa de desempleo de 2.7% también se escucha muy bien en conferencia. Incluso sirve para presumirnos frente a otros países de la OCDE. Pero en México ese dato tiene una utilidad limitada cuando más de la mitad de la población económicamente activa vive en la informalidad. Una tasa baja de desempleo no significa necesariamente que todos tengan buenos empleos; muchas veces significa que la gente no puede darse el lujo de estar desempleada. Trabaja donde puede, como puede y en las condiciones que encuentra.
Por eso presumir baja desocupación mientras la informalidad sigue siendo enorme es como presumir que no hay enfermos porque nadie alcanzó ficha en el hospital. La informalidad no es una anécdota: es uno de los grandes fracasos del modelo económico mexicano. Significa menos seguridad social, menos recaudación, menos productividad, menos acceso al crédito, menos derechos laborales y más vulnerabilidad. Si la gente no encuentra atractivo entrar a la formalidad, entonces no estamos ante un mercado laboral sano; estamos ante un mercado laboral donde sobrevivir sigue siendo más urgente que prosperar.
También se presume el récord de empleos formales afiliados al IMSS, con más de 22 millones 779 mil puestos registrados en junio de 2026. El número luce bien, pero hay que mirar la velocidad de creación. Si a junio se han generado 262 mil 628 nuevos empleos, estamos lejos de lo que el país requiere. Para este momento del año México debería estar mucho más cerca de 800 mil nuevos empleos formales si quisiera responder al tamaño de su mercado laboral. El récord acumulado suena a triunfo, pero la creación reciente muestra una economía que avanza por debajo de sus necesidades.
Lo mismo ocurre con el salario base de cotización de 669.1 pesos diarios. Es positivo para quienes están dentro del empleo formal, pero no puede venderse como fotografía completa del país. Deja fuera a millones de personas que trabajan en la informalidad, no explica la calidad del empleo, no dice mucho sobre estabilidad laboral y tampoco prueba que la productividad esté creciendo al ritmo necesario. Es un indicador parcial, no una radiografía del bienestar nacional.
En comercio exterior, el gobierno presume que el intercambio entre México y Estados Unidos alcanzó 839 mil millones de dólares y que seguimos siendo el principal socio comercial. Perfecto, pero eso no es producto de la iluminación económica de Palacio. Es resultado de décadas de integración comercial, cadenas productivas regionales, cercanía geográfica y un tratado que existe desde mucho antes de la T de cuarta. México comercia mucho con Estados Unidos porque está estructuralmente integrado a Norteamérica, no porque el Humanismo Mexicano haya descubierto la pólvora.
El récord de exportaciones por 723 mil millones de dólares también requiere contexto. Vender más al mundo no siempre significa que la política pública nacional esté funcionando mejor. Puede responder a dinámicas externas, reacomodos comerciales, tensiones arancelarias, demanda internacional y cadenas productivas que ya estaban instaladas. Es un dato importante, sí, pero no prueba por sí solo que México esté construyendo una economía más productiva, más innovadora o más competitiva.
La inversión fija con crecimiento anual de 5.9% en abril es de los pocos datos que sí pueden verse como una señal positiva, pero incluso ahí conviene no exagerar. México necesita mucha más inversión para romper su bajo crecimiento. Un buen dato mensual o anual no corrige años de incertidumbre, debilidad institucional, baja inversión nueva y falta de confianza. Para que la inversión se convierta en desarrollo se necesita constancia, profundidad y capital fresco; no solo un rebote que pueda presumirse en diapositiva.
El consumo privado creciendo 2.1% también merece cuidado. No es una señal menor, pero tampoco demuestra una economía boyante. Es un crecimiento cada vez más limitado y, además, está influido por transferencias directas del gobierno que terminan destinándose al consumo inmediato. Eso puede mover la actividad en el corto plazo, pero no necesariamente construye capacidades productivas. Comprar más porque se recibe una transferencia no es lo mismo que consumir más porque hay mejores empleos, mejores salarios sostenibles, más productividad y mayor confianza en el futuro.
Ese es uno de los grandes engaños narrativos de la 4T: creer que impulsar consumo mediante transferencias equivale a construir desarrollo. No es así. Puede ayudar a las familias en el día a día, y eso no debe despreciarse, pero si al mismo tiempo se deterioran los servicios de salud, se debilita la educación, se castiga la inversión y se abandona la productividad, el resultado es una economía que reparte algo de dinero, pero no construye capacidades.
Cuando el gobierno dice que la actividad económica mantiene una tendencia creciente y alcanza un nuevo máximo, otra vez hay que separar propaganda de análisis. Sí, la economía puede crecer y alcanzar ciertos niveles máximos en series estadísticas, pero el problema es el ritmo. México crece poco, por debajo de lo que necesita y lejos de lo que podría crecer si aprovechara sus ventajas. Una economía puede avanzar y, aun así, estar fallando. Puede moverse hacia adelante y, al mismo tiempo, quedarse rezagada frente a sus propias posibilidades.
La actividad industrial también repuntó en abril y alcanzó su mayor nivel desde octubre de 2024. Bien. Pero si aumentan las exportaciones, naturalmente ciertos segmentos industriales ligados a la demanda externa pueden mejorar. Eso no significa que toda la industria nacional esté sana ni que el mercado interno esté generando una nueva etapa productiva. Buena parte del dinamismo industrial mexicano depende de la demanda externa, especialmente de Estados Unidos. Eso ayuda, pero también exhibe nuestra dependencia.
Y finalmente está la inflación. El gobierno presume que bajó a 3.6%, su menor nivel en ocho meses. Pero la inflación no baja porque Palacio sea humanista. La política monetaria la conduce el Banco de México, no la conferencia matutina. Además, aunque la inflación general se acerque a la meta, muchos productos de la canasta básica siguen aumentando más que ese promedio y golpean directamente a las familias. La inflación general puede verse mejor en el dato agregado, mientras el bolsillo sigue sintiendo presión en alimentos, servicios y productos esenciales.
Ese es el problema de los 12 indicadores: aislados pueden sonar bien, pero juntos no prueban el éxito del modelo. Prueban que el gobierno sabe seleccionar datos. La IED es alta, pero casi toda es reinversión. El salario sube, pero sin suficiente productividad. El desempleo es bajo, pero la informalidad es enorme. El empleo formal marca récord, pero se crea muy por debajo de lo necesario. El comercio es histórico, pero responde a una integración previa. Las exportaciones suben, pero dependen de dinámicas externas. La inversión mejora, pero sigue siendo insuficiente. El consumo crece, pero sostenido en buena parte por transferencias. La actividad avanza, pero poco. La industria repunta, pero empujada por demanda externa. Y la inflación baja, pero no por mérito del gobierno federal.
La economía mexicana no está colapsada, pero tampoco vive el milagro que la moradora de palacio quiere vender. Lo que hay es una economía con inercias, ventajas estructurales, apoyos al consumo, dependencia comercial y algunos datos positivos, pero sin el salto productivo que México necesita.
Y ese salto no llegará mientras el gobierno siga confundiendo bienestar con transferencias, consumo con desarrollo, salario mínimo con productividad, comercio exterior con política pública propia e indicadores seleccionados con transformación económica.
El país necesita crecer más, invertir más, formalizar más, producir más y competir mejor. Necesita servicios públicos que funcionen, educación que genere capacidades, salud que no abandone a las familias, infraestructura útil, energía suficiente, seguridad jurídica y un gobierno que entienda que repartir dinero no sustituye crear futuro.
Pero pedirle eso a la T de cuarta quizá sea demasiado. Porque su modelo no está diseñado para formar ciudadanos productivos, libres y con movilidad social; está diseñado para producir dependencia política, aplauso organizado y narrativa diaria.
Eso no es Humanismo Mexicano. Es administración política de la economía con discurso social.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.



