Coyuntura económica y algo más
El humanismo mexicano suena muy bonito… hasta que se piden resultados y se recibe casi nada.
Macraf
La actualización de las series del Producto Interno Bruto vuelve a poner sobre la mesa una realidad bastante incómoda para la T de cuarta: después de siete años completos de transformación, Humanismo Mexicano, economía moral, prosperidad compartida y demás conceptos grandilocuentes, la economía mexicana sigue sin mostrar esa transformación que tanto se presume.
Puede haber meses buenos. Puede haber trimestres mejores. Incluso puede aparecer algún indicador que permita organizar una conferencia triunfalista. Pero una cosa es un rebote y otra muy distinta construir crecimiento.
Los datos históricos ayudan a ponerlo en perspectiva. Entre 1982 y 1988, México prácticamente no creció: el promedio fue de -0.02 por ciento anual. Después llegaron periodos bastante mejores: 4.35 por ciento entre 1989 y 1994 y 3.50 por ciento entre 1994 y 2000.
Luego comenzamos esa larga etapa de mediocridad económica que tantas veces hemos criticado: 1.90 por ciento entre 2001 y 2006; 1.43 por ciento entre 2007 y 2012; y 2.04 por ciento entre 2013 y 2018.
Y entonces llegaron los salvadores de la patria.
El sexenio 2019-2024 promedió apenas alrededor de 0.9 por ciento anual. Para 2025, la economía nuevamente creció menos de uno por ciento. Es decir, después de siete años completos de T de cuarta, el resultado no es una nueva era de desarrollo, sino una economía creciendo todavía menos que aquella mediocre economía que tanto criticaron.
Y ese es justamente el problema.
La moradora de palacio puede hablar todo lo que quiera de Humanismo Mexicano, prosperidad compartida y un nuevo modelo económico, pero si después de siete años el crecimiento sigue rondando niveles tan bajos, entonces algo no está funcionando.
Ahora bien, tampoco se trata de esconder los datos que últimamente han mejorado. El Indicador Oportuno de la Actividad Económica del INEGI estima para septiembre de 2026 un crecimiento anual de 3.7 por ciento. Las actividades secundarias crecerían 3.6 por ciento y las terciarias 4.0 por ciento.
Bien. Es una buena noticia.
El problema aparece cuando vemos la fotografía completa. Respecto al mes anterior, el avance estimado del IGAE es de apenas 0.1 por ciento. Lo mismo ocurre con las actividades secundarias y terciarias.
Entonces sí, la comparación anual luce bastante mejor. Pero el movimiento más reciente de la economía sigue siendo prácticamente plano.
Y ahí está la diferencia que Palacio normalmente prefiere ignorar: un buen dato coyuntural no transforma una trayectoria estructural.
Una economía puede tener un trimestre favorable después de varios malos. Puede crecer 3 o 4 por ciento contra un mes particularmente débil del año anterior. Puede registrar un rebote después de una caída. Todo eso es perfectamente posible.
Lo que no se puede hacer es convertir cada buen dato en evidencia de que el modelo económico funciona.
Si el Humanismo Mexicano fuera realmente una transformación económica, después de siete años deberíamos observar otra cosa: mayor crecimiento potencial, inversión sostenida, mayor productividad, más empleo formal, mejor infraestructura, mejores servicios públicos y empresas dispuestas a invertir porque ven oportunidades y certidumbre.
Pero seguimos esperando.
Y aquí aparece otro de los grandes problemas del modelo: confundir redistribución con desarrollo.
El gobierno presume pensiones, becas, programas sociales, salarios mínimos y transferencias directas. Muchas de esas medidas pueden mejorar temporalmente el ingreso disponible de las familias y algunas tienen efectos sociales perfectamente defendibles. El problema aparece cuando se pretende que eso sustituya al crecimiento económico.
No lo sustituye.
Se puede repartir mejor una economía, pero si esa economía prácticamente no crece, tarde o temprano aparece el límite. Porque para financiar programas sociales, pensiones, salud, educación, infraestructura y servicios públicos se necesita una economía que genere cada vez más riqueza.
No basta con repartir el pastel. Hay que hacerlo crecer.
El tabasqueño prometió que su modelo produciría crecimiento con bienestar. El resultado de su sexenio fue alrededor de 0.9 por ciento anual. La pseudo emperatriz prometió consolidar el segundo piso y arrancó 2025 nuevamente con crecimiento inferior a uno por ciento.
Ahora 2026 comienza a ofrecer algunos datos mejores. Ojalá continúen. Sería absurdo desear lo contrario.
Pero precisamente por eso debemos distinguir entre esperanza y evidencia.
Una verdadera transformación económica no se demuestra con un buen mes. Se demuestra acumulando años de crecimiento, inversión, productividad y mayores oportunidades. Y después de siete años completos de T de cuarta, esa transformación todavía no aparece.
El Humanismo Mexicano ha resultado particularmente eficiente para construir narrativa política, ampliar programas sociales y producir conceptos atractivos para discursos. Para generar crecimiento sostenido, en cambio, su expediente sigue siendo bastante pobre.
Y mientras eso no cambie, podemos celebrar algún trimestre, algún mes o algún indicador particularmente favorable.
Pero no confundamos respirar con correr.
México necesita crecer mucho más y durante mucho más tiempo para poder hablar seriamente de desarrollo.
Siete años después, seguimos esperando.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.







