28 de octubre de 2026

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10 de marzo de 2026

El país estancado que presumen

México presume “humanismo”, pero crece 0.8%: confianza empresarial bajo 50 por 12 meses, consumidor en 44.4 e inflación arriba de 4%. Sin crecimiento no hay bienestar.

Coyuntura económica y algo más

Cuando el gobierno presume ‘humanismo’, el bolsillo paga la diferencia.

Macraf

Hay años que revelan más que mil mañaneras. Y el primer año real de la corcholata mayor ya dejó el veredicto: la economía creció 0.8%. Ni a 1% llegamos. Ese es el tamaño del “logro” que pretenden vender como rumbo correcto. Y lo peor no es el número en sí, sino la soberbia con la que lo disfrazan: “no importa crecer, importa el bienestar”. Dicho con respeto: es una estupidez económica por donde se le vea, porque el bienestar sostenible no cae del cielo, ni se imprime, ni se decreta: se produce.

No es una discusión filosófica. Es aritmética del día a día. Si un país crece poco, genera poco empleo formal, recauda poco, invierte poco, y se queda sin margen para mejorar salud, educación, infraestructura y seguridad. Crecimiento no es capricho tecnócrata; es la condición mínima para que una sociedad tenga movilidad social sin depender de limosnas institucionalizadas. Y aquí viene la trampa: cuando el gobierno te dice “bienestar” pero te entrega estancamiento, lo que realmente está haciendo es administrar la pobreza, no reducirla.

Para dimensionarlo: en el cuarto trimestre de 2025 el PIB avanzó 0.9% trimestral (desestacionalizado) y 1.8% anual. La foto del trimestre puede verse aceptable si uno quiere autoengañarse. Pero el dato que manda —el que pesa en el balance del año— es el que ya conocemos: en 2025 el PIB subió 0.8% respecto a 2024. Eso es mediocridad. Eso es un país caminando en cámara lenta mientras el discurso corre como si fuera maratón.

Y aquí es donde conviene recordar el expediente del pasado reciente. El tabasqueño tuvo un primer año de -0.1% (sí, negativo). Ahí no había pandemia todavía. No tuvo pretexto. Fue el resultado de malas decisiones, improvisación y desprecio por la inversión. Después llegó la pandemia, y entonces sí: el comodín perfecto. Ya nada era comparable, ningún indicador servía, y si la economía no mejoraba, era porque “la gente estaba feliz”… aunque la realidad —en todos los frentes— se estuviera descomponiendo.

La moradora de palacio hoy no tiene pandemia. Tiene a Trump rondando como amenaza externa, sí. Pero incluso esa excusa se cae sola por una razón: ella decidió no hacer nada útil. Podía mandar señales claras de certidumbre, podía recomponer relación con inversión, podía blindar instituciones, podía dejar de patear al Poder Judicial y a los reguladores, podía construir un puente serio con el sector productivo. Prefirió el libreto: repetir que “vamos muy bien”, hablar de humanismo, y administrar la narrativa como si el PIB obedeciera consignas.

Ahora, la parte más delicada no está solo en el crecimiento anual: está en lo que viene detrás. Porque cuando el crecimiento es bajo, lo siguiente que se rompe es la confianza. Y ahí están los datos, fríos y brutales.

El Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza se ubicó en 48.8 en febrero de 2026. Subió 0.7 puntos en el mes, pero cayó 1.3 en comparación anual. Y lo que lo vuelve aún más grave: suma 12 meses por debajo del umbral de 50. Eso significa que el empresariado lleva un año completo diciendo lo mismo, con educación y sin gritos: “no me siento en terreno firme”. Y cuando el empresario no se siente en terreno firme, hace lo único racional: frena inversión y cuida caja. No es ideología; es supervivencia corporativa.

Del lado de los hogares tampoco hay fiesta. El Indicador de Confianza del Consumidor está en 44.4 puntos. Subió 0.3 puntos en el mes, pero está 2.0 puntos por debajo del nivel de hace un año. Es decir, hay un ligero respiro mensual, pero el ánimo anual viene deteriorándose. Y en sus componentes aparece la radiografía del “bienestar” oficial: el país puede repartir apoyos, sí, pero la percepción del futuro no mejora. Cuando la confianza del consumidor es baja, el consumo se vuelve defensivo: compras lo indispensable, pospones decisiones grandes y te ajustas. Un país con consumo defensivo no es un país con bienestar; es un país con miedo económico.

A eso súmale el tercer golpe, el silencioso: la inflación. En febrero de 2026 la inflación anual fue 4.02%, con subyacente en 4.50%. No es hiperinflación, pero tampoco es “control total”. Y para el bolsillo, el mensaje es directo: si el crecimiento es mediocre y los precios siguen presionando, el salario real no alcanza, aunque el gobierno se canse de repetir lo contrario.

Entonces, ¿qué nos queda? Un retrato de la “economía moral” de la 4T: crecimiento bajo, confianza empresarial en zona de desconfianza, consumidores sin entusiasmo, e inflación todavía arriba del confort. Y aun así, pretenden que el debate sea “bienestar vs crecimiento”, como si fueran cosas separadas. No lo son. Sin crecimiento sostenido, el bienestar se vuelve transferencia; y la transferencia, sin productividad, se vuelve dependencia.

Por eso es tan absurda la defensa automática de los programas sociales como si fueran sinónimo de desarrollo. Claro que ayudan a aliviar el corto plazo, pero si alguien cree que eso “mejora la calidad de vida” de forma sostenida, lo que muestra es desconocimiento económico… o adoctrinamiento. El desarrollo no se mide por cuántas tarjetas repartes; se mide por cuántas personas salen del círculo de sobrevivir al día y entran al círculo de producir, ahorrar, invertir y progresar.

Y el remate es todavía más incómodo: incluso los especialistas esperan poco. Banxico trae expectativas de crecimiento para 2026 alrededor de 1.46% (media) y 1.50% (mediana). Citi coincide con una mediana de 1.5%. Es decir: la economía no se ve despegando; se ve arrastrándose. Y eso debería ser escándalo nacional, no nota de color.

Así que sí: la pseudo emperatriz puede culpar a Trump, puede culpar al “neoliberalismo”, puede culpar a quien quiera. Pero el resultado está ahí: 0.8%. El país no está creciendo; está administrando su estancamiento. Y si esa es la estrategia para “bienestar”, entonces estamos frente a un gobierno que presume el fracaso como si fuera virtud.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

La reforma electoral ya se está revisando en el Congreso y la moradora de palacio insiste en que debe votarse antes de que termine el periodo de sesiones. Pero hasta Ricardo Monreal ya admitió lo obvio: no tienen los votos para la mayoría calificada. Y aun así, no sueltan la presión. ¿Por qué? Porque ya dejaron clara la jugada: si no pasa “ahora”, dicen que quedará como “base” para el futuro… y mientras tanto preparan el Plan B.

Ese Plan B es el atajo de siempre: llevar los cambios a leyes secundarias —como la LGIPE— donde ya no necesitas dos terceras partes, sino mayoría simple, la que Morena y sus aliados sí controlan. O sea: si no pueden mover la Constitución, mueven la operación. Si no pueden cambiar el cimiento, cambian la casa por dentro y luego dicen que “no fue para tanto”.

Y por si faltara ironía, el descontento ya se contagió hasta en su bloque: tribus peleándose por 2027, el Verde jugando al “me desmarco” hasta que aparece la chequera, y el PT reventando asambleas como si de pronto recordaran que también existen. Entre gitanos… no se leen la mano.

Columnas de opinión

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