México cayó al lugar 62 de 70 economías en el Ranking Mundial de Competitividad 2026 del IMD World Competitiveness Center, un retroceso de siete posiciones frente al año previo que coloca al país entre los de menor desempeño dentro de la medición global.
El resultado confirma que el reto mexicano no está solo en crecer más, sino en construir un entorno más confiable para que las empresas inviertan, produzcan, innoven y compitan. El país obtuvo una calificación de 42.85 puntos, lejos de las economías líderes y también por debajo de varios competidores regionales.
En América, México aparece en el octavo lugar de 10 economías, solo por encima de Brasil y Venezuela. Estados Unidos encabeza la región, seguido de Canadá y Chile. Este contraste es relevante porque México comparte con Estados Unidos y Canadá el espacio económico del T-MEC, pero no logra acercarse a sus socios en condiciones institucionales, eficiencia empresarial ni calidad de infraestructura.
El perfil mexicano muestra fortalezas puntuales. El país conserva una posición relativamente favorable en empleo, donde ocupa el lugar 12, y mantiene atractivo por tamaño de mercado, con una población de 131 millones de personas y un PIB de 1.89 billones de dólares. También aparece en el lugar 16 en stock de inversión extranjera directa recibida.
Sin embargo, los rezagos pesan más. México ocupa el lugar 67 en eficiencia gubernamental, el 57 en eficiencia empresarial y el 64 en infraestructura. Dentro de los subfactores, los focos más delicados aparecen en legislación empresarial, donde se ubica en el lugar 69; infraestructura básica, en el 66; educación, en el 65; finanzas públicas, en el 65; y marco institucional, en el 63.
Esto implica que la oportunidad del nearshoring no depende únicamente de la ubicación geográfica. Para las empresas, la competitividad también se mide en certidumbre jurídica, regulación clara, infraestructura energética, logística, digitalización y talento disponible. Sin esos elementos, la relocalización puede llegar de forma parcial, más lenta o con menor impacto productivo.
Para hogares y trabajadores, el dato importa porque la competitividad termina reflejándose en empleos de mayor valor agregado, mejores salarios y más inversión productiva. Una economía que no mejora sus condiciones de competencia puede generar empleo, pero con baja productividad y menor capacidad para sostener crecimiento de largo plazo.
El punto a observar será si México logra convertir el tamaño de su mercado y su posición en América del Norte en una ventaja real. El ranking deja claro que la agenda pendiente pasa por Estado de derecho, infraestructura, coordinación público-privada, formación de talento y cadenas de valor más sólidas.



