Coyuntura económica y algo más
Cuando Hacienda necesita que todo salga bien, lo más probable es que algo ya esté mal…
Macraf
El Paquete Económico 2027 llegó con la misma fórmula que se ha vuelto costumbre en el segundo piso de la transformación de cuarta: mucho lenguaje de bienestar, mucha promesa de responsabilidad, mucha épica de prosperidad compartida y una buena dosis de optimismo presupuestal. En el papel, todo parece cuadrar. La economía crecerá más, se recaudará más, el déficit bajará, la deuda será sostenible, Pemex respirará mejor, los programas sociales seguirán creciendo y la inversión pública detonará desarrollo. Qué maravilla. Solo faltó agregar que la realidad también pidió incorporarse al movimiento.
El problema no es que Hacienda presente un escenario positivo. Todo gobierno lo hace. El problema es que este paquete necesita que demasiadas cosas salgan bien al mismo tiempo. Necesita que crezca la economía, que aumente la recaudación, que Pemex no vuelva a pedir más oxígeno, que el gasto social no presione más de la cuenta, que la inversión pública rinda frutos, que la inversión privada coopere y que el entorno externo no se complique. En pocas palabras: necesita que el país camine como si no tuviera los problemas que todos los días presume haber resuelto.
Ahí empieza la parte incómoda. Hacienda estima para 2027 un crecimiento económico de entre 1.5 y 2.5 por ciento real anual. No es una cifra imposible, pero tampoco es una proyección para celebrar. Más bien confirma algo que la narrativa oficial intenta maquillar: México no está creciendo lo suficiente. Incluso si se alcanza la parte alta del rango, seguiríamos hablando de una economía que avanza poco frente a sus necesidades. Para un país con informalidad enorme, baja productividad, rezagos regionales, inseguridad, infraestructura deficiente y servicios públicos presionados, crecer alrededor de esos niveles no es transformación; es sobrevivencia administrada.
Además, el propio documento deja ver el tamaño del ajuste. Para 2026, el crecimiento aprobado originalmente era más optimista, pero la estimación actual ya fue corregida hacia abajo. Es decir, ayer prometieron más, hoy reconocen menos y mañana vuelven a pedir confianza. Esa es la lógica de las cuentas alegres: cuando no se cumple el escenario, se actualiza el Excel y se mantiene el discurso.
El segundo punto está en la recaudación. El gobierno insiste en que no habrá nuevos impuestos ni aumentos generales de tasas. Suena bien, sobre todo para el aplauso político. Pero la letra pequeña dice otra cosa: esperan recaudar más mediante fiscalización, ajustes al marco tributario, cambios al ISR, actualización de derechos y mayor control sobre contribuyentes. Dicho de manera sencilla: no le van a llamar reforma fiscal, pero sí van a intentar cobrar más.
Y aquí aparece un viejo problema mexicano. En lugar de construir una verdadera reforma fiscal que amplíe la base, reduzca la informalidad y haga más justo el sistema, se vuelve a cargar la mano sobre quienes ya están dentro. Al formal se le revisa, se le cobra, se le fiscaliza, se le exige y se le amenaza. Al informal, muchas veces, se le deja operar. Entonces el mensaje es perverso: ser formal cuesta cada vez más, mientras vivir fuera del sistema sigue teniendo menos consecuencias.
El tercer punto es el gasto. El paquete habla de responsabilidad, eficiencia y austeridad, pero al mismo tiempo mantiene compromisos cada vez más rígidos. Programas sociales, pensiones, Pemex, CFE, costo financiero, infraestructura prioritaria y gasto federalizado dejan cada vez menos espacio para maniobrar. La 4T convirtió las transferencias en el centro de su modelo económico y ahora el presupuesto tiene que sostener esa decisión aunque el margen fiscal se estreche.
No se trata de negar que los apoyos puedan ayudar a muchas familias. Claro que ayudan. El problema es creer que transferir dinero equivale a construir desarrollo. No equivale. Un país se desarrolla cuando mejora su educación, su salud, su seguridad, su productividad, su infraestructura y su capacidad para generar empleos formales. Si el dinero público sirve principalmente para sostener consumo inmediato y lealtad política, entonces no estamos frente a bienestar sostenible, sino frente a gasto social convertido en maquinaria de legitimidad.
Pemex vuelve a ser el ejemplo perfecto. El paquete presenta a la petrolera con superávit financiero, pero considerando una transferencia del Gobierno Federal para amortizaciones de deuda y créditos bancarios. Es decir, Pemex mejora siempre y cuando antes alguien le meta dinero. Qué empresa tan milagrosa: respira, pero conectada al tanque de oxígeno del contribuyente.
Ese es el verdadero problema. Pemex no está sana porque el presupuesto la acomode. Pemex no se vuelve rentable porque Hacienda le ayude a patear vencimientos. Pemex no deja de ser una carga porque el documento la presente como empresa estratégica. La petrolera sigue condicionando las finanzas públicas, absorbiendo recursos y obligando al gobierno a hacer malabares para que el mito de la soberanía energética no termine exhibido como lo que es: una factura enorme para todos.
Y luego está la deuda. Hacienda presume consolidación fiscal, pero el propio paquete muestra que la deuda pública amplia seguirá subiendo como proporción del PIB. Eso no significa que México vaya a una crisis inmediata, pero sí significa que el margen se está cerrando. Cuando un gobierno tiene más deuda, más compromisos rígidos y menos crecimiento del necesario, cada error cuesta más. Y la T de cuarta se ha especializado justamente en eso: convertir errores políticos en facturas presupuestales.
El Paquete Económico 2027 no es un desastre anunciado, pero sí es un documento lleno de tensiones. Promete crecer más con una economía lenta. Promete recaudar más sin una reforma fiscal de fondo. Promete gastar mejor mientras aumenta la rigidez del gasto. Promete apoyar a Pemex sin admitir que Pemex sigue siendo parte del problema. Promete responsabilidad mientras la deuda sube. Promete desarrollo mientras buena parte del presupuesto sigue atrapada entre transferencias, empresas públicas y prioridades políticas.
Esa es la esencia del paquete: fe, deuda y propaganda.
Fe en que la economía va a responder. Deuda para sostener el margen. Propaganda para presentar como estrategia lo que en realidad es una administración apretada de compromisos, riesgos y dinero insuficiente.
México no necesita presupuestos escritos para confirmar la narrativa de Palacio. Necesita cuentas realistas, gasto productivo, inversión que genere capacidades, disciplina fiscal verdadera y un gobierno capaz de aceptar que el dinero público no alcanza para financiar al mismo tiempo programas, caprichos, empresas quebradas y promesas eternas.
Pero pedir realismo a la T de cuarta quizá sea demasiado. Ellos prefieren vender esperanza, aunque la calculadora empiece a sudar.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.



