Entre Dogmas y Desmadres
Durante años imaginamos la pérdida de la privacidad como algo que llegaría desde afuera. Un gobierno autoritario, cámaras en cada esquina, micrófonos escondidos y algún funcionario gris anotando nuestras conversaciones. Orwell hizo tan poderosa la imagen del Gran Hermano que terminamos convencidos de que la vigilancia tendría el rostro del Estado. Lo que no vimos venir es que alguien podía llegar con diseño minimalista, conexión Bluetooth y una batería que nosotros mismos cargaríamos cada noche.
No hizo falta que nadie nos la arrebatara, fuimos entregándola poco a poco. Primero dijimos dónde estábamos, después con quién, luego qué comíamos, a dónde viajábamos y qué comprábamos. Subimos la cara de nuestros hijos, el interior de nuestras casas y hasta el boleto de avión antes de despegar. Permitimos que el teléfono supiera dónde dormimos y trabajábamos porque era práctico.
Este mes volvieron al escrutinio los lentes inteligentes capaces de grabar discretamente lo que ocurre frente a quien los lleva puestos. En Francia se abrió una investigación penal por un caso de presunto acoso sexual relacionado con ellos y en Australia varias instituciones comenzaron a restringirlos en ciertos espacios. La escena parece distópica hasta que uno entiende lo simple que es, puedes estar frente a alguien sin saber si sólo te mira o si está guardando ese momento para siempre.
La pregunta sería más convincente si no lleváramos años convirtiendo voluntariamente nuestra vida en contenido. No digo que sea lo mismo subir una foto a Instagram que ser grabado sin consentimiento. Pero ambas cosas forman parte de una transformación más profunda; Dejamos de considerar la intimidad como algo valioso por sí mismo y empezamos a tratarla como moneda. Entregamos un pedazo por comodidad, otro por entretenimiento y varios más por atención.
Y además descubrimos que exponernos puede ser negocio. Hay una economía construida alrededor de mirar y ser mirado. Influencers que convierten su vida en mercancía, marcas que pagan por entrar en ella, políticos que entendieron que mostrar el desayuno puede generar más cercanía que explicar una política pública y hasta organizaciones que exhiben causas, historias y tragedias para conseguir atención, donativos o relevancia. Lo público dejó de ser sólo una renuncia a la intimidad y se convirtió en una forma de capital. Para muchos, tener audiencia, influencia o dinero implica conservar cada vez menos cosas solamente propias.
No lo digo desde una superioridad absurda, yo también tengo redes, publico fotografías, comparto viajes y acepto cookies con una velocidad que debería avergonzarme. Precisamente por eso me inquieta, quizá la privacidad no esté muriendo sólo por culpa de empresas tecnológicas voraces, sino porque nosotros mismos dejamos de extrañarla.
Los lentes son apenas el siguiente paso. Primero tuvimos una cámara en casa, luego en el bolsillo, después en la mano y ahora podemos llevarla frente a los ojos mientras conversamos como si nada. Orwell imaginó un mundo en el que alguien siempre podía estar observando y nosotros estamos construyendo otro, uno en el que nunca sabemos quién puede estar grabando.
Y ahí cambia algo más importante que la tecnología, cambia nuestro comportamiento. Uno empieza a medir las palabras, a corregir ciertos gestos, a mirar alrededor antes de contar algo, no porque exista una cámara, sino porque podría existir. La vigilancia más eficaz no es la que observa cada segundo, sino la que consigue que uno mismo actúe como si estuviera siendo observado.
Tal vez lo extraño sea que seguimos hablando de privacidad como si todavía fuera la regla y la exposición la excepción. Quizá ya ocurrió lo contrario. Hoy desaparecer exige esfuerzo: apagar la ubicación, cerrar cuentas, rechazar permisos, pedir que no te graben y explicar por qué no quieres aparecer. La privacidad, que antes venía incluida con la vida, empieza a parecer un servicio premium.
Orwell temía al Gran Hermano porque concentraba el poder de mirar, nosotros hemos conseguido algo más democrático y, por eso mismo, más inquietante, millones de pequeños hermanos con una cámara en el bolsillo, en la muñeca o frente a los ojos.
La privacidad no murió porque alguien consiguió quitárnosla. Murió porque descubrimos que podíamos cambiarla por comodidad, atención, dinero y un poco de dopamina. Y, como tantas cosas que terminamos lamentando, al principio parecía una excelente oferta.
Aquí termina el texto… pero no el autor, que sigue latiendo y rebelándose: Pepe.



