28 de octubre de 2026

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9 de septiembre de 2025

Entre la productividad y la dádiva

Argentina apuesta por productividad para reducir pobreza; México reparte dádivas sin generar riqueza. Dos modelos distintos, un mismo reto: dejar de maquillar la realidad con discursos.

Coyuntura económica y algo más

Reducir la pobreza no es lo mismo que reducir la dependencia…

Macraf

Lo aclaro desde el principio: no soy, ni seré, partidario de la ultraderecha política ni del liberalismo económico llevado al extremo. Pero eso no significa cerrar los ojos frente a las realidades. Hoy, Argentina y México muestran dos maneras de enfrentar la pobreza: allá, con una apuesta de choque a la productividad; aquí, con el consuelo del subsidio.

En Argentina, Javier Milei aplicó una terapia de hierro. En menos de dos años redujo la inflación mensual del 25% al 1.5% y la pobreza del 53% al 34.7%. Lo hizo recortando drásticamente el gasto público, frenando la emisión monetaria y buscando disciplina fiscal. Los resultados: un superávit financiero primario de 1.3% del PIB en 2024, reservas internacionales que crecieron más de 10 mil millones de dólares y un repunte de la inversión privada en sectores exportadores. Claro que hubo costos: caída inicial del consumo, jubilados con ingresos reales menores y una clase media que aún no recupera su poder adquisitivo. Pero, con todo, la estrategia se apoyó en productividad y atracción de inversión.

En México, la 4T presume haber reducido la pobreza, pero con una receta muy distinta: programas sociales y remesas. Según la ENIGH, el ingreso promedio de los hogares es de 25,955 pesos mensuales, pero casi 20% de eso proviene de transferencias públicas. No hay una base productiva más fuerte, ni empleos formales mejor pagados, sino un colchón de asistencialismo que se presenta como política social. El resultado es dependencia: millones esperan cada mes el depósito gubernamental, pero los incentivos para producir, invertir o emprender se desvanecen.

El contraste es claro también en la inversión. Argentina logró captar 15 mil millones de dólares en inversión extranjera directa en 2024, con más del 30% en nuevos proyectos, sobre todo en energía y minería. México, en cambio, registró 34,265 millones en 2024, pero más del 90% fue reinversión de utilidades. Las nuevas inversiones no pasan del 4%, y el nearshoring se ha ido a Brasil, Vietnam o Indonesia, donde hay mayor certeza jurídica y menos trabas regulatorias.

En crecimiento, Argentina recuperó una trayectoria positiva: el FMI estima un avance de 3.2% para 2025, luego de dos años de contracción. México, por su parte, se conforma con un 1.2%, uno de los más bajos de América Latina, sostenido por un gasto público cada vez más deficitario: el déficit fiscal ronda el 5.9% del PIB y la deuda pública ya supera los 20 billones de pesos, el doble de lo que teníamos hace siete años.

El mercado laboral también marca diferencias. En Argentina, con todo y la dureza del ajuste, la formalización creció en sectores exportadores y de servicios tecnológicos. En México, la informalidad alcanza los 34 millones de personas, máximo histórico, y aunque en julio se presumió un millón de registros en el IMSS, buena parte corresponde al piloto de trabajadores de plataformas digitales: no son nuevos empleos, solo un reacomodo estadístico.

No se trata de idealizar a Milei, cuyas recetas han tenido un costo social inmenso y un dogmatismo liberal que no comparto. Pero sí de subrayar que, aun con sus excesos, busca reducir la pobreza generando riqueza. En México, en cambio, se presume reducción de pobreza a costa de repartir lo que no se produce.

La diferencia es simple: en Argentina la apuesta es a la productividad; en México, a la dependencia.

Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.


✒️ El apunte incómodo | ¿Dónde queda el Estado laico?

El 1 de septiembre, en la toma de protesta del nuevo poder judicial, vimos ceremonias religiosas dignas de un acto parroquial, no de un Estado constitucional. Lo más irónico es que el mismo Andrés que criticaba a Vicente Fox por ir a misa antes de asumir la presidencia, hoy calla ante un ritual religioso con “sello de pueblo”.

La Constitución dice que México es un Estado laico. No católico, no protestante, no judío: laico. Y sin embargo, la 4T se empeña en hacer de la religión un ornamento político más. Una más de las tantas contradicciones de la llamada transformación de cuarta.

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