En México, como en otros países, la práctica de la medicina ha obedecido a un modelo paternalista, en donde las decisiones sobre las intervenciones o tratamientos a seguir se toman, primordialmente, con base en lo que el médico dice y el paciente así como su familia, únicamente se limitan a asentir sin cuestionar. Este sistema, aunque reconoce la experiencia del médico como profesional y experto en al restauración de la salud perdida, no favorece una toma de decisiones conjunta entre éste, el paciente y su familia que es donde los valores, las creencias, los sentimientos y las emociones se mueven y motivan a tomar una u otra opción ofrecida.
Lo idóneo, por otra parte, tampoco es que la decisión recaiga únicamente en el paciente y sus deseos ya que se estaría asistiendo, así, a un modelo clientelar donde los errores podrían costar la vida o alguna función primordial de la persona; la medicina no es un negocio, aunque se le mire así en algunos sectores.
Tanto el primer modelo -paternalista- como el segundo -clientelar- descuidan un principio primordial en la reflexión ética en el campo de las ciencias de la salud: el principio de autonomía responsable.
La autonomía se refiere a la capacidad para elegir libremente entre dos o más opciones, requiere información, entendimiento y voluntariedad, es decir, para elegir libremente, se necesita primero conocer a fondo la información de que se traten las opciones ofrecidas, entenderla internamente y asociarla con uno mismo y optar por alguna en conformidad y apego con los valores propios. Así, la libertad requiere conocimiento y adherencia a ella.
Como se advierte, no se trata de una elección espontánea o emotiva sino de una verdadera ponderación de factores, análisis de los mismos y razones para actuar de una u otra manera. La autonomía n deriva pues en decisiones circunstanciales, efímeras o superficiales sino en procesos racionales donde prima la balanza entre los riesgos y los beneficios de los distintos cursos de acción posibles para inclinarse por el que más se adecue al sistema axiológico de la persona y su familia.
Este principio es de vital relevancia para la Bioética pues refiere, además, a que este sistema axiológico que rige la vida de una persona no sólo se conforma por ella misma sino que se configura a partir de sus relaciones familiares, de tal manera que apela, en segunda instancia, al lugar y forma de relación que la persona tiene dentro de su familia, lo que posiciona a ésta en un agente importante en la toma de decisiones; así, se puede hablar de una autonomía relacional como han hecho algunos y no sólo de una autonomía individual.
Con esto, se dibujan al menos tres personas que deben intervenir en una toma de decisiones en cuanto a la salud de otra: la persona misma en tanto paciente (siempre y cuando se encuentre consciente y capaz para entender y asimilar la información y comunicar su decisión), su familia como agente de vinculación y conformación de la identidad y valores del paciente y el médico como experto conocedor de las opciones terapéuticas.
Este modelo tripartita invita necesariamente al diálogo, algo no fácil cuando las emociones desbordan las razones en un caso clínico complejo y éticamente desafiante; no obstante, la Bioética cuenta con metodologías de abordaje de estos escenarios para poder favorecer una toma de decisiones conjunta.
Esto último propicia no sólo que la información se comunique asertivamente aumentando la claridad y el entendimiento sino que las personas involucradas se sientan tomadas en cuenta e incluidas y que puedan expresar, ellas también, sus dudas, preocupaciones, miedos, etc. De esta manera, el nivel de satisfacción de todos los involucrados, sea cual sea el desenlace final, será alto ya que no se deja fuera a nadie y todas voces son escuchadas para tomar la decisión más ética posible. Huelga decir que, aún cuando se ha logrado esto, si las decisiones tomadas atentan contra la vida, integridad física o dignidad del paciente, el profesional de la salud debe actuar ya sea para re orientar la decisión o bien para rechazarla y objetar conciencia. Al principio de autonomía le antecede el de respeto por la dignidad y vida de toda persona, por ende, no es absoluto.
Aún falta mucho para construir y fortalecer una toma de decisiones conjunta orientada al respeto y promoción de toda vida, sin embargo, las consecuencias de situarnos en un modelo jerárquico o subordinado son peores que las de comenzar a escuchar a quienes aún pueden entender y decidir.



