Abstinencia digital

La hiperconectividad erosiona atención, libertad y contacto con lo real. La abstinencia digital no busca negar la tecnología, sino recuperar equilibrio, conciencia y vida fuera del algoritmo.
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En tiempos de hiperconectividad quizá convenga, de vez en vez, desconectarse, no sólo por salud mental sino por volver a poner los pies en la tierra.

Los avances tecnológicos impulsados por la inteligencia artificial (en adelante I.A.) han generado una ola de sensacionalismos sobre promesas que no siempre se cumplen pero que encienden los ánimos y envuelven con su fascinación.

La realidad aumentada y la realidad virtual han sido dos de los desarrollos perfeccionados con I.A. que nos presentan ideas distorsionadas y, a menudo, alejadas, del mundo real. Ante ello, las conciencias de muchos han quedado presas de sus alucinaciones creyendo que el mundo es lo que aparece en sus oculus sin otra referencia que sus pares avatares con los que comparte la misma fantasía.

Sumándose a la idea anterior de falsedad percibida como verdad, el mundo digital y nuestros constantes accesos a y en él, exigen una premisa humanamente imposible de alcanzar: estar disponibles siempre y viajar a la velocidad de la luz por entre muros, videos, likes y burbujas sociales que muestran sus vidas sin el menor reparo en cuidar su intimidad. Esta exigencia nos ha enloquecido, vivimos a merced de los contenidos que aparecen y desaparecen en instantes y sentimos FOMO (fear of missing out) si no reaccionamos inmediatamente frente a un estado o una noticia que, sin corroborarla como verdadera, nos pone a volar nuestra imaginación despertando emociones diversas desde la envidia y el resentimiento hasta la empatía y la compasión.

La vorágine que nos rodea y consume debe parar. No porque convenga sino porque de ello depende la conservación de nuestra especie como seres humanos. El riesgo de fundirnos y desaparecer en la virtualidad es uno muy grande que no queremos correr.

¿Qué debemos hacer? Las posturas polarizadas que prohíben absolutamente o abrazan indiscriminadamente la tecnología y la I.A. no solucionan el problema, por el contrario, intentar encontrar una armonía entre su uso y aplicación y las características y funciones vitales y humanas parece ser el camino a seguir.

De esta manera, podemos proponer cinco actitudes que ayudan a permanecer sanamente frente a los excesos de la hiperconectividad:

1.- Mayor conciencia: hay una conciencia interior que dicta nuestras acciones conforme a la construcción propia del sentido de vida pero hay otra que depende de la información confiable que tenga para poder medir y calcular nuestros usos en mayor o menor medida. Así, la conciencia a la que nos referimos es especialmente a ésta que requiere información para poder decidir y moderar nuestros actos. Tomar conciencia de los riesgos de la digitalidad y de transitar a su velocidad es ya un primer paso que puede indicarnos no sólo la finalidad de ese transitar sino los tiempos y espacios que les asignamos.

2.- Regresar a los sentidos como modo de conocimiento del mundo: ya lo afirmaba Aristóteles cuando decía “no hay nada en la inteligencia que antes no haya pasado por los sentidos” y es que estos son el primer contacto que tenemos de la realidad y el filtro por el que pasa el mundo para poder ser conocido. Cuando estamos sumergidos en la virtualidad, aunque estimulante, erosionamos la verdadera función de los sentidos como vehículo de conocimiento. Salir de la digitalidad y recuperar la capacidad para ver, sentir, escuchar, oler y saborear el mundo que sí es real nos facilita otro modo de “reaprender” el mundo y volver a las cosas en sí mismas. Desconectarnos de la artificialidad y del mundo sintético que nos presenta es retornar a la capacidad natural de vivir el mundo y dejarnos admirar por lo mucho que nos ofrece.

3.- Buscar el equilibrio: buscar espacios libres de dispositivos electrónicos o de conectividad permite volver a poner en la balanza la vida que se nos quedó atrás: la charla con los amigos, el rostro real de las personas con las que interactuamos, dejar de vivir a prisa y disfrutar cada instante con toda su plenitud, mirar sin filtros, estremecernos ante la finitud de nuestra vida y ante la grandeza de nuestra trascendencia. Los seres humanos necesitamos de ambos espacios: el de la tecnología que nos permite conectar en una dimensión más rápida con otros y estar informados de los acontecimientos mundiales y el de las sonrisas, los abrazos, las lágrimas y el silencio; cuando logramos equilibrar ambos, nos sentimos mejor. El equilibrio nos da esa sensación de plenitud y no de estarle robando tiempo al tiempo.

4.- Retomar mayor concentración y atención plena: el multitasking no existe, múltiples estudios lo han comprobado. Cuando nuestro cerebro está brincando de un tema a otro e intentando solucionar cinco problemas a la vez, se estresa y deja de funcionar, terminamos por no concentrarnos lo suficiente o en no resolver nada. El exceso de pensamientos y de estimulantes digitales no permite que nuestro cerebro se recupere como el músculo que es y puede llegar a enfermar haciéndonos sentir sobrecargados, fatigados, ansiosos, irritables y hasta explosivos; de no parar, las enfermedades mentales aparecen.

5.- Anhelar la Libertad: en su momento fueron las black berries cuyo nombre emulaba las bolas negras y pesadas que los presos tenían encadenadas a sus pies para impedirles huir, ahora es la inteligencia artificial que nos engancha a nuestras propias preferencias mediante algoritmos tan sofisticados que al pretender venderte bienestar, dominan tu vida y te impiden ser libre. La libertad no es una opción, es una facultad intrínseca  a la que tendemos como personas, luchar por ella y romper las cadenas que nos hacen adictos a la dopamina que nos generan las pantallas es prioridad cuando nos reconocemos esclavos que hemos cedido voluntariamente el bien más preciado.

Por esto conviene pausar frente a la aceleración que el mundo digital nos exige. Hacer ayunos de digitalidad y artificialidad nos permite recuperar esa otra parte de nuestra vida que no es traducible a un algoritmo y que no puede ser cuantificada con likes. Esa otra vida que queda, es en realidad nuestro capital más rentable. Vale la pena recuperarlo.

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