Pensamiento crítico frente a la manipulación digital

La manipulación digital convierte guerra y dolor en espectáculo. Frente a la infodemia, el pensamiento crítico es clave para resistir propaganda, deshumanización y sesgos amplificados por algoritmos.
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He visto circular videos sobre la guerra de Estados Unidos e Israel en contra de Irán. Para mi sorpresa, muchos eran videojuegos muy realistas, simuladores de realidad virtual de tanques, aviones y barcos en combate. También me he encontrado con imágenes supuestamente reales, captadas por las videocámaras de los drones utilizados en esta guerra, en el momento en que lanzan sus bombas sobre un objetivo, y me impresiona lo mucho que se asemejan a los videojuegos donde parece muy fácil hacer explotar un vehículo o un edificio. Y esto tiene un impacto profundo en la salud mental, pues nos desensibiliza ante la tragedia, porque cada una de esas bombas cobra vidas humanas, pero se muestra como algo entretenido y hasta fascinante podría decir. 

A raíz de esto, vi al periodista Allan Lorence ofrecer sugerencias para distinguir si un reel fue creado con inteligencia artificial: corroborar la información con otras fuentes, analizar detalles, la duración del video, entre otros. Esto me ayudó a comprender la relevancia de la manipulación digital como estrategia para influir en la forma en que percibimos, entendemos y sentimos las noticias, en la que no basta el control de una nación sobre otra, sino sobre todo importa tener el control ideológico de la opinión pública y del relato que justifica tales acciones.

Este tipo de infodemia se usa para captar nuestra atención, privilegiando lo impactante: mapas siguiendo la actividad del “enemigo”, misiles iluminando el cielo nocturno, explosiones desde diferentes ángulos, editadas con música y referencias chistosas de tal manera que sin duda son un espectáculo visual. No vemos a las personas ni su dolor, vemos escenas como sacadas de una película de acción, acompañadas de un guión que nos induce a interpretaciones simples, reduccionistas y polarizadas: “nosotros somos los buenos, ellos son los malos”. Los hechos complejos, llenos de matices políticos e históricos— se reducen a memes que desinforman y refuerzan las ideas de la propaganda hegemónica (en este caso, el discurso de que Irán era una amenaza, la cual ya fue desmentida por John Kent, el exdirector de la oficina de antiterrorismo de Estados Unidos).

Philip Zimbardo, con su investigación sobre El efecto Lucifer, ya nos advertía que cuando el otro se convierte en caricatura, chiste o símbolo abstracto, deja de ser percibido como persona y produce sistemas sociales anestesiados, indiferentes y manipulables. La repetición constante de imágenes de violencia, combinada con memes que ridiculizan, simplifican o celebran la destrucción: es una forma de deshumanización. Esta dinámica acredita las manifestaciones más perversas de narcisismo, maquiavelismo y psicopatía, la “triada oscura”, que normalizan el genocidio y los crímenes contra la humanidad. Estos fenómenos visibles también en las guerras de Ucrania y Gaza, así como en las disputas partidistas entre demócratas y republicanos, morenistas y opositores, corrompen nuestra conciencia y capacidad de empatía.

Frente a este panorama, el pensamiento crítico es una herramienta ética necesaria para reflexionar y cuestionar lo que consumimos: ¿qué hay detrás de lo que estoy viendo?, ¿qué historia se está omitiendo?, ¿qué emociones están intentando activar en mí y con qué intención? Es además una vacuna contra el sesgo de confirmación, esa tendencia cognitiva a idealizar nuestras propias creencias e interpretaciones, aún cuando sean falsas o equivocadas, y a devaluar aquellas ideas o hechos que no coinciden con nuestra opinión. Esto es crucial ahora que el algoritmo nos empuja a la redundancia de lo que nos gusta y nos enseña a reducir la realidad a nuestra pequeña burbuja de conformidad. Pensar críticamente es resistirse a la polarización de lo complejo y a la trivialización del sufrimiento. Implica ir más allá de mi punto de vista para recuperar la capacidad de conectar con lo auténticamente diferente, reconociendo lo bueno y verdadero en la perspectiva del otro, e identificando si las emociones que nos despierta corresponden a los valores y convicciones con las que nos definimos. 

En un mundo hiperconectado, donde los conflictos se transmiten en tiempo real, la responsabilidad ya no recae solo en gobiernos o medios, sino también en cada uno de nosotros como usuarios de las redes sociales. La pregunta clave no es solo qué está pasando en las noticias virales, sino qué sucede en nuestra mente y nuestro corazón mientras la observamos. Cada clic, cada compartir y cada reacción forma parte de ese ecosistema simbólico y narrativo que, o nos deshumaniza y nos vuelve cómplices, o bien nos concientiza y nos impulsa a actuar en consecuencia.

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