Libre comercio: lo que el T-MEC no es

El T-MEC no es libre comercio real: apenas reduce intervención estatal. Arturo Damm cuestiona aranceles, cuotas y permisos, y advierte que con Trump será difícil avanzar.
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El pasado 16 de marzo inició la primera ronda de conversaciones bilaterales entre el gobierno mexicano y el estadounidense en torno al T-MEC, el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. Lo primero que hay que tener en cuenta es que estos llamados tratados de libre comercio, en realidad, son tratados de comercio internacional menos intervenido por el gobierno. Pero de ahí al verdadero libre comercio hay un gran trecho.

Hay libre comercio —concepto relacionado con el comercio internacional, que no es comercio entre naciones, sino entre personas de distinta nacionalidad— en los países donde son los consumidores, sin ninguna intervención del gobierno, quienes determinan qué se importa y cuánto se importa; es decir, la composición y el monto de las importaciones. En ese escenario, se importa lo que los consumidores están dispuestos a comprar y en las cantidades que están dispuestos a adquirir, sin ninguna intervención gubernamental.

Esa intervención puede adoptar distintas formas: prohibir importaciones, gravarlas con aranceles —que son los impuestos con los cuales un gobierno castiga las importaciones—, imponer cuotas —“sí puedes importar esto, pero solo en determinadas cantidades”— o exigir permisos previos de importación —“puedes importar siempre y cuando el gobierno te autorice hacerlo”—.

Por eso, hay verdadero libre comercio únicamente en los países donde son los consumidores, sin ninguna intervención del gobierno, quienes determinan qué se importa y cuánto se importa. Y de ese verdadero libre comercio estamos muy, pero muy lejos.

El Tratado de Libre Comercio original de 1994 entre México, Estados Unidos y Canadá dio como resultado, para los tres países, un comercio internacional menos intervenido y menos regulado por el gobierno. Eso sí. Pero de ahí a decir que produjo verdadero libre comercio hay una gran diferencia. Esos tratados, mal llamados “de libre comercio”, deberían llamarse tratados de comercio internacional menos intervenido o menos regulado por el gobierno.

¿Qué deberíamos esperar entonces de estas conversaciones bilaterales que ya se iniciaron entre el gobierno mexicano y el estadounidense en torno al T-MEC? Lo que deberíamos esperar es un avance hacia un comercio internacional menos intervenido y menos regulado por los gobiernos; es decir, un avance más decidido, más franco, hacia el verdadero libre comercio.

El problema es que una de las partes involucradas, en concreto el gobierno estadounidense y en particular Donald Trump, es proteccionista de hueso colorado. ¿Qué quiere decir esto? Que no está a favor del verdadero libre comercio. Ahí está, para demostrarlo, toda su andanada de aranceles, impuestos que ha venido imponiendo a diestra y siniestra.

Aranceles que, para decirlo con claridad, son una verdadera barbaridad y que deberían estar constitucionalmente prohibidos. No lo están. Es más: hay constituciones, como la mexicana, que permiten al gobierno —siempre y cuando el Congreso de la Unión lo faculte para ello, y me refiero al Presidente de la República— prohibir importaciones y también gravarlas con aranceles.

Lo que deberíamos esperar de estas negociaciones —que hoy son bilaterales entre México y Estados Unidos, pero que en algún momento tendrán que ser trilaterales al incorporar a Canadá— es un avance más decidido hacia el verdadero libre comercio. Una retirada de ambos gobiernos, el mexicano y el estadounidense, de todo aquello que tiene que ver con la intervención en las relaciones comerciales entre mexicanos y estadounidenses.

Habrá que ver en qué termina todo esto. Pero yo creo que, con Trump en la presidencia y encabezando, al final de cuentas, estas pláticas por parte del gobierno estadounidense, un avance más franco y abierto hacia el verdadero libre comercio se ve difícil.

Ahora bien, no caigamos en la trampa: un tratado de libre comercio no es, estrictamente hablando, un tratado de libre comercio. Es un tratado que busca un comercio internacional menos intervenido y menos regulado por los gobiernos, intervención que es, primero, éticamente injusta y, segundo, económicamente ineficaz.

¿Por qué es éticamente injusta la intervención del gobierno en las relaciones comerciales entre personas de distinta nacionalidad? Porque viola el derecho de mexicanos y estadounidenses a establecer libremente las relaciones comerciales que consideren más convenientes.

¿Y por qué es económicamente ineficaz? Porque cualquier medida que limite, dificulte, encarezca o prohíba la importación de mercancías incrementa el grado de escasez en el país. Y eso termina afectando, inevitablemente, el bienestar de las personas.

Los tratados de libre comercio son, en realidad, tratados de comercio menos regulado y menos intervenido por el gobierno. Y eso es justamente lo que deberíamos esperar de las negociaciones entre México y Estados Unidos: un comercio entre mexicanos y estadounidenses menos regulado, menos intervenido por sus respectivos gobiernos.

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