El pasado 9 de marzo se cumplieron 250 años de la publicación, en 1776, de uno de los libros más importantes de la literatura económica: Una investigación acerca de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith. Para muchos, se trata del primer gran tratado de economía moderna, una obra que sigue siendo referencia obligada para entender no solo el funcionamiento de la economía, sino también la relación entre libertad, competencia y bienestar.
Mucho puede decirse sobre este libro, pero conviene concentrarse en la que quizá sea su idea central: la convicción de Smith de que, si se deja operar al sistema de la libertad natural, las personas pueden elevar gradualmente, pero de manera firme, su nivel de bienestar. Su visión del futuro era esencialmente positiva. No partía de la idea del estancamiento inevitable ni del conflicto permanente como destino económico, sino de la posibilidad de progreso, siempre que no se obstruyera innecesariamente la acción de los individuos.
Ese sistema de la libertad natural puede entenderse hoy como una economía de mercado en sentido institucional. No se trata de una simple consigna ideológica, sino de un arreglo concreto en el que los derechos de los agentes económicos están plenamente reconocidos, claramente definidos y jurídicamente garantizados. Entre esos derechos destacan, en primer lugar, la libertad individual para producir, ofrecer y vender, y en segundo término, la propiedad privada sobre los medios de producción necesarios para hacerlo.
A ello se suma otro elemento esencial: la responsabilidad personal. En ese marco, Smith subraya una y otra vez la importancia de la competencia. Si en un país se reconoce y protege la libertad para producir, ofrecer y vender, entonces se genera la mayor competencia posible entre oferentes. Esa competencia no solo se da entre productores nacionales, sino también entre nacionales y extranjeros que invierten o comercian en ese mercado.
De ahí surge lo que puede llamarse la trilogía de la competitividad: menores precios, mayor calidad y mejor servicio. Esa combinación se traduce en un mayor bienestar para los consumidores, que es, en última instancia, el verdadero fin de la economía. Y aquí conviene hacer una precisión importante: en La riqueza de las naciones no hay una defensa ciega del empresario por el simple hecho de serlo. Lo que hay es una argumentación a favor de un sistema económico que, por medio de la competencia, termina beneficiando al consumidor.
Esa es, probablemente, la gran aportación de Adam Smith: haber mostrado que la prosperidad no depende del control minucioso del gobierno sobre la vida económica, sino de instituciones que permitan a las personas actuar, competir, innovar y responder a las necesidades de otros en un entorno de libertad. Por eso su obra conserva vigencia. Aunque fue publicada hace dos siglos y medio, contiene principios que siguen aplicando en cualquier tiempo y lugar.
En tiempos especialmente confusos en materia económica, volver a leer a Smith no sería un lujo intelectual, sino una necesidad. Leerlo, estudiarlo, discutirlo e incluso criticarlo resulta indispensable para cualquiera que aspire a comprender seriamente la economía. Mucho se pierde quien no se acerca a La riqueza de las naciones. Más aún si se pretende ser un buen economista sin haber pasado por una de las obras fundacionales del pensamiento económico moderno.




