La reciente noticia sobre la demanda impuesta a Mark Zuckerberg por la “adicción” que generan sus plataformas de redes sociales (Facebook, Instagram) representa un caso notable de las muchas lagunas que existen en torno al desarrollo, diseño y uso de la virtualidad en los tiempos actuales.
El argumento esgrimido en esta ocasión (existen ya varios antecedentes) responde a la generación de una adicción que puede desencadenar en una posible depresión debido a lo inagotable de las opciones de navegación por entre estas redes así como por las notificaciones constantes que emiten según las reacciones de los usuarios a los perfiles creados o alimentados. Ambas funciones impulsadas y ejecutadas con motores de Inteligencia artificial (I.A.)
Hay, al menos, dos aristas que analizar en esta noticia.
La primera es que las, hasta el día de hoy, siete regulaciones sobre el desarrollo y uso de I.A. contemplan al menos un principio referente a la responsabilidad en el ecosistema digital, esto incluye el diseño, producción, programación y uso de las inteligencias artificiales en los distintos dispositivos que se comercializan y usan cotidianamente. Esta responsabilidad hace referencia explícita tanto a los desarrolladores como a los usuarios, es decir, tanto los primeros como los segundos deben conocer y saber utilizar los alcances y las limitaciones del producto.
Ahora bien, referente a la responsabilidad de los desarrolladores, deberán documentar los pasos seguidos y los algoritmos programados en cada fase de la evolución del producto favoreciendo con ello el principio de trazabilidad y asumiendo un proceso transparente y rastreable, lo suficientemente sólido como para reparar algún daño secundario que pudieran generar con los resultados brindados a los usuarios.
Por su parte, la responsabilidad de los usuarios es, por un lado, conocer las fases del desarrollo del producto y, por el otro lado, determinar los modos, fines y frecuencias de uso del mismo.
Ante esto, la responsabilidad sobre en quiénes recaen acusaciones de adicción o hasta problemas mentales como la ansiedad o la depresión es compartida: tanto de los desarrolladores como de los usuarios y, por ende, no es válido sólo culpar a una parte.
Una segunda arista de la noticia en comento es el hecho de que, cada vez más, le hemos atribuido cualidades humanas a las inteligencias artificiales, especialmente en la interacción en redes sociales. Esto ha favorecido múltiples fenómenos que reflejan un malestar generalizado: el aislamiento social, el traspaso de la verdad al algoritmo, de las relaciones a los likes, del mundo real al mundo virtual y de la salud mental a la dependencia tecnológica.
La interacción persona-algoritmo enferma y sus efectos devastadores los vemos casi de inmediato en procesos de deterioro de la salud mental: ansiedad, depresión, estrés, FOMO, desinterés, soledad, consumo excesivo de dopamina que genera cerebros acelerados incapaces de fijar la atención en el momento presente, alteraciones de percepción, pérdida de herramientas de comunicación, esquizofrenia identitaria, etc. Pero, ante eso, la causa última sobre la que merece la pena reflexionar es lo que, como sociedad, estamos haciendo para que se prefiera vivir hoy en las redes sociales o en el metaverso antes que en la realidad presente y actuante en nuestra vida.
De igual modo, hay que insistir en la idea de regular los usos y frecuencias de conexión a las plataformas virtuales para evitar que generen dependencia, fortalecer otras vías y espacios de conexión entre personas y de canalización de nuestras emociones.
Recordemos que la responsabilidad es compartida y si los usuarios no somos conscientes de lo que hacemos con nuestras acciones, de nada servirán más demandas. Nuestra salud depende, en gran medida, de nosotros mismos y los límites que pongamos.



