27 de octubre de 2026

CDMX --°C | HNC: --
22 de abril de 2026

¿Estanflación…? El desgaste silencioso

México enfrenta una estanflación ligera: crecimiento mediocre, inflación persistente y expectativas débiles. No es crisis estruendosa, pero sí desgaste acumulado para hogares, empresas y horizonte económico.

Coyuntura económica y algo más

La conversación económica más fuerte ahora mismo gira en torno a un escenario que no hace ruido como crisis, pero desgasta como enfermedad crónica: la economía crece poco, mientras la inflación no termina de ceder del todo. Y a esa combinación, con toda la frialdad del diccionario, algunos ya le llaman “leve estanflación”. Suena elegante. En la vida real se traduce en algo mucho más simple: el futuro se vuelve chiquito y el presente se vuelve caro.

Una encuesta reciente de Reuters ubica el crecimiento de 2026 en 1.5% y describe el entorno como de “leve estanflación”. Citi, por su parte, trae un consenso muy similar: 1.4% de crecimiento (mediana) para 2026, con un rango de estimaciones entre 0.8% y 1.8%. Es decir: el mercado no ve un desplome, pero tampoco ve un despegue. Ve una economía atrapada en la mediocridad, administrada con discurso y sostenida con inercia.

¿Por qué esa combinación es tan tóxica? Porque rompe el mecanismo natural con el que una economía se recupera. En un ciclo normal, si creces poco, esperas que los precios cedan para que el ingreso rinda y el consumo se reactive. Y si los precios suben, al menos esperas que haya dinamismo para que los salarios y el empleo empujen. En “estanflación ligera”, no tienes ni lo uno ni lo otro: la actividad no alcanza para entusiasmar, y los precios no aflojan lo suficiente para aliviar.

Citi estima que la inflación general de abril podría ubicarse cerca de 4.43% anual, y para cierre de 2026 la mediana sube a 4.26%. Nada de eso es catástrofe, pero tampoco es el “ya lo resolvimos” que vende la narrativa oficial. Lo que estás viendo es persistencia: inflación más pegada de lo deseable y un crecimiento que no compensa. Y cuando ambos ocurren al mismo tiempo, el hogar ajusta hábitos y la empresa ajusta planes. Ahí está el núcleo de la estanflación: cambia conducta.

En los hogares, la estanflación se siente en decisiones pequeñas que, multiplicadas por millones, enfrían todo: se compra menos de lo durable, se posponen gastos grandes, se evita el crédito caro, se reduce lo aspiracional y se prioriza lo básico. No necesitas un desplome del PIB para que eso ocurra: basta con que la gente sienta que “no es buen momento”. En las empresas el reflejo es parecido, pero más contundente: si las ventas no crecen con fuerza y los costos no se estabilizan, se recorta el riesgo. Eso significa menos inversión, menos expansión, menos contratación. Y sin inversión, el crecimiento futuro queda todavía más chico.

Aquí es donde entran las expectativas: la economía se decide, muchas veces, antes de que existan los datos finales. No se espera a que “salga el número” para invertir o para gastar; se actúa con lo que se anticipa. Y el consenso actual dibuja justamente eso: cautela. Citi, por ejemplo, sigue esperando que Banxico recorte 25 puntos base (el consenso lo ve hacia junio), pero aun con recortes, la tasa esperada al cierre de 2026 se mantiene en 6.5%. O sea: el costo del dinero seguirá siendo alto para estándares de un país que quisiera acelerar inversión productiva. Y, al mismo tiempo, el tipo de cambio esperado ronda 18.10 al cierre de 2026. No es alarma; es vigilancia: estabilidad con tensión.

Entonces, ¿qué parte de esto debería preocupar más? La parte de “leve” es la más engañosa. Porque la estanflación no necesita ser extrema para hacer daño: su daño es acumulativo. Un año de crecimiento bajo se aguanta. Dos se resienten. Varios se convierten en normalidad. Y cuando normalizas crecer poco con inflación persistente, lo que normalizas, en realidad, es un país que no genera suficientes oportunidades y que obliga a la gente a vivir más cara la vida sin mejorar el ingreso.

Aquí es donde hay que reventar el argumento más tramposo del régimen: “no importa crecer tanto, importa el bienestar”. Esa frase, además de cómoda, es profundamente ignorante. Hoy la única forma de aumentar el bienestar de las personas es a través del consumo de bienes y/o servicios. No hay otra forma. Simplemente no existe. Bienestar, en términos prácticos, es poder consumir más, mejor y de mejor calidad: alimentación, salud, vivienda, educación, transporte, seguridad, esparcimiento. Y para que existan más y mejores bienes y servicios disponibles en una economía, se necesita más producción, más inversión, más productividad. Eso se llama crecimiento. Y cuando ese crecimiento se vuelve sostenido y se traduce en mejor calidad de vida, eso se llama desarrollo económico. Así que decir que “no importa crecer tanto” no es sofisticación moral: es neofitismo económico.

El problema de fondo es que la estanflación, incluso en versión “ligera”, es el peor escenario para sostener narrativas. Porque te exige resultados reales: productividad, inversión, competencia, certidumbre institucional, infraestructura útil, capital humano, seguridad. Y también disciplina: no puedes prometer de todo si el crecimiento no alcanza; no puedes presionar al sector productivo si quieres inversión; no puedes debilitar reglas si necesitas confianza. En pocas palabras: no puedes gobernar con propaganda cuando la economía te está pidiendo técnica.

La economía mexicana puede seguir “flotando” con 1.4% o 1.5% un rato, sí. Pero flotar no es avanzar. Y una sociedad que flota mientras paga caro el presente termina cansándose, endeudándose o resignándose. Esa es la verdadera factura de la estanflación: no solo te aprieta el bolsillo; te encoge el horizonte.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

Nunca antes habíamos tenido un gobierno tan mentiroso y tan ineficiente como el de la 4T. Y mira que la historia nacional está llena de “grandes competidores”: hemos tenido inútiles, hemos tenido mentirosos contumaces… pero la combinación de ambas cosas, potenciada y normalizada como método de gobierno, jamás. Hasta que llegó la transformación de cuarta.

Lo peor no es solo que mientan: es que mienten con una seguridad insultante, como si la gente fuera tarada y no se diera cuenta. Para muestra bastan las últimas semanas: cuando se dio a conocer el derrame en el Golfo, lo primero que hicieron —casi casi por su propia vida— fue asegurar que era responsabilidad de alguien más. Nunca de Pemex, nunca del gobierno. Defendieron esa idea a capa y espada… hasta que ya no se pudo sostener y tuvieron que aceptar, con la cabeza entre las piernas, que sí: fue ineptitud en Pemex. Y aun así, lo minimizan, se hacen las víctimas y se envuelven en el papel que desde Palacio han interpretado con gran maestría: el de “nos atacan porque hacemos lo correcto”, aunque la realidad huela a petróleo.

Y si alguien cree que exagero con lo de la mentira como método, basta ver el nivel de cinismo con el fracking. La moradora de palacio se ofende cuando se le recuerda que estaba en contra… pero ahora lo defiende porque el fracking que quieren hacer “no es fracking”. Claro: así como el sol no es sol y la mentira no es mentira. Es el mismo truco de siempre: cambiarle el nombre a las cosas para no pagar el costo político de admitir que se equivocaron. No rectifican: rebautizan.

Y como toda secta que se respeta, los seguidores babeantes del régimen imitan el libreto para quedar bien. Si no, pregúntenle a Luisa María Alcalde: hace semanas mintió diciendo que eran rumores infundados —pura “guerra sucia”— lo de su salida de la dirigencia. Hoy, el silencio gobierna su boca, porque ya la invitaron a un puesto. En buen cristiano: en el partido ya estorbaba… y en el gobierno siempre hay lugar para el que se calla a tiempo.

Columnas de opinión

Todo el contenido de El Comentario del Día en la palma de tu mano. Suscríbete a nuestros canales de difusión: WhatsApp | Telegram

Publicidad

Accede a tu cuenta

Gestiona tu membresía y consulta el contenido disponible para ti.


Suscríbete