Coyuntura económica y algo más
La ineptitud tiene un costo… y se paga en la vida diaria.
Macraf
Hay un punto en el que la política deja de ser ruido y se vuelve precio. No porque la gente lea reportes o sepa de tasas, sino porque el bolsillo —ese juez despiadado— empieza a dictar sentencia todos los días. Y hoy la tesis es simple, incómoda y cada vez más evidente: las cosas no están funcionando. Podrán distraer con pleitos, giras, cartas, enemigos imaginarios o grandezas recicladas, pero cuando el ingreso rinde menos, cuando la incertidumbre se vuelve costumbre y cuando la economía se enfría, la realidad se impone sin pedir permiso.
El dato oportuno del PIB del primer trimestre es un golpe seco a la narrativa. No un apocalipsis, pero sí un aviso: la economía cayó 0.8% trimestral. Y a tasa anual apenas avanzó 0.2%. En cristiano: crecimos nada… y además venimos de un tropiezo. Si uno mira por sectores, el cuadro no ayuda: primarias -1.4%, secundarias -1.1%, terciarias -0.6% en el trimestre. Y en anual las secundarias siguen en terreno negativo (-1.1%), las primarias apenas se mueven (-0.1%) y las terciarias cargan el poco avance (0.9%). Eso no es un “motor”. Es una economía avanzando con freno de mano y con el piloto diciendo que el vehículo va perfecto.
Este es el tipo de cifra que antes obligaba a un gobierno a explicar, ajustar, corregir, convocar inversión, dar certidumbre. Pero con la moradora de palacio estamos en otra etapa: la del optimismo obligatorio. Y el problema de la propaganda es que funciona mientras el bolsillo aguanta. Cuando deja de alcanzar, el discurso ya no convence: irrita.
Por eso sirven las expectativas. No porque sean una bola de cristal, sino porque reflejan el ánimo técnico del mercado: lo que piensan quienes analizan inflación, inversión, tasa, tipo de cambio y crecimiento. Y ahí el retrato es de mediocridad persistente. La encuesta de especialistas recortó el crecimiento esperado para 2026: la mediana ronda 1.38% y la media 1.35%. Citi, por su lado, lo puso todavía más bajo: 1.2% como crecimiento mediano para 2026. Es decir, el consenso se está moviendo no hacia el despegue, sino hacia el “a ver si no empeora”. Y ese “a ver” es el peor clima para invertir.
A esto se suma la inflación: el mercado no está viendo un regreso limpio a la calma. La inflación general esperada para cierre de 2026 se mueve alrededor de 4.3% (y en algunas encuestas sube un poco más), mientras la subyacente se mantiene cerca de 4.2%. No es la inflación de crisis, pero sí es inflación suficiente para desgastar. Porque cuando el crecimiento es bajo y la inflación sigue arriba, el país entra en una zona incómoda: ni avanzas como deberías, ni te abarata la vida como necesitas.
Y entonces aparece el círculo vicioso que explica por qué el malestar social cambia de tono. Primero fue el cinismo. Luego la falta de resultados. Ahora viene lo verdaderamente peligroso: la sensación de que la vida cotidiana se encarece más rápido que la capacidad de pagarla. El estancamiento económico no solo frena oportunidades; también erosiona paciencia.
El gobierno suele refugiarse en dos excusas: “no importa crecer, importa el bienestar” y “todo es por factores externos”. Ninguna se sostiene cuando se mira con seriedad. El bienestar real, el que dura, el que no depende de una transferencia, exige crecimiento y productividad. Y el factor externo existe, claro, pero no explica la ineptitud doméstica: la falta de Estado de derecho, la incertidumbre regulatoria, la inseguridad que encarece operar, y el deterioro institucional que sube el riesgo país aunque el tipo de cambio se vea “estable”.
De hecho, los propios especialistas señalan cuáles son los frenos: gobernanza como bloque, inseguridad pública, política de comercio exterior, ausencia de cambio estructural y problemas de Estado de derecho. Y eso conecta con lo que se ve en el ánimo de inversión: una parte relevante del mercado considera que es mal momento para invertir y la mayoría está en el terreno más frío de todos: “no estoy seguro”. El “no estoy seguro” es el primo hermano del “mejor me espero”. Y cuando se espera la inversión, se espera el empleo, se espera el salario, se espera la productividad. Se espera el futuro.
Por si fuera poco, el costo del dinero no está ayudando. Aunque se esperan recortes, la tasa de referencia hacia fin de 2026 se sigue viendo cerca de 6.5%. Eso significa crédito caro, inversión más selectiva, expansión más lenta. Y en un país con baja productividad, crédito caro y alta informalidad, el resultado es conocido: crecimiento raquítico.
Aquí es donde entra la ineptitud de gobierno como variable económica, no como insulto político. La ineptitud se ve cuando un gobierno confunde administración con propaganda. Cuando cree que el desarrollo se construye con narrativa. Cuando trata la inversión como un favor del Estado y no como un proceso que requiere reglas, certidumbre y seguridad. Cuando debilita instituciones y luego se sorprende de que el capital se ponga nervioso. El capital no tiene ideología; tiene aversión al riesgo. Y el riesgo, en México, se ha vuelto un producto gubernamental.
La 4T heredó problemas estructurales, sí. Pero también decidió agravarlos con decisiones que espantan inversión: confrontación permanente, polarización como política pública, cambios a reglas del juego y una normalización peligrosa del “aquí mando yo”. En economía, eso se traduce en una frase simple: menos confianza, menos inversión, menos productividad, menos crecimiento. Y en la vida diaria, se traduce en otra más cruel: cada mes alcanza para menos.
Por eso la distracción ya no alcanza. Podrán cambiar la conversación del día, pero no pueden cambiar el recibo del súper, el costo del crédito, el precio del transporte, la incertidumbre del empleo, ni el miedo de invertir. Ahí es donde el malestar social deja de ser político y se vuelve económico. Y cuando la economía se vuelve el motivo del enojo, la propaganda pierde su último escudo.
“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”
✒️ El apunte incómodo
La corcholata mayor ya no puede seguir fingiendo que gobierna sin sombra. Con Rocha Moya en el reflector y con las advertencias crecientes desde Estados Unidos —esa narrativa de “entrar a poner orden” y “eliminar a los nuevos terroristas”—, lo que está en juego ya no es solo imagen: es gobernabilidad. Y en ese tablero, la presidenta tiene una necesidad política urgente: separarse del nuevo morador de Palenque. No por capricho, sino por supervivencia institucional.
La ironía es que puede seguir vendiendo la ideología de la T de cuarta si quiere —cada quien con sus dogmas— y aun así romper con el tabasqueño. Una cosa es el relato; otra es cargar con el costo de un legado que hoy ahorca al Estado. La pregunta no es si le alcanza el discurso, sino si le alcanza el carácter: ¿puede su deber con el país pesar más que su lealtad forzada?
Y aquí viene lo más incómodo: Andrés es el gran error de la oposición mexicana. Sí, leyó bien. La oposición no supo hacer las cosas, abusó del poder, se desconectó de la gente y le abrió la puerta a alguien que hoy tiene en jaque a un país entero. Ese “error” no solo ganó: dejó un modelo donde la polarización es método, la improvisación es política pública y el costo se paga afuera y adentro, al mismo tiempo.
Por eso el rompimiento ya no es un tema de “grillas”: es un tema de credibilidad, de confianza y de margen de maniobra. Si la moradora de palacio no corta la cuerda, la cuerda la va a cortar a ella. Y los nervios ya se notan: desde Palacio… hasta Palenque.







