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12 de mayo de 2026

Infraestructura de aplauso, economía de atraso

El AIFA bloqueado revela el fracaso de ocho años de infraestructura de imagen: mucho concreto inaugurado, nula competitividad real y una economía que posa en lugar de crecer.

Coyuntura económica y algo más

Construir para la foto es fácil; competir en serio es lo que no saben…

Macraf

El bloqueo de las vías hacia el flamante e inservible Aeropuerto Felipe Ángeles es una postal perfecta de lo que ha sido la “infraestructura” de la transformación de cuarta: mucho concreto para cacarear y poca productividad para crecer. El incidente, por supuesto, provoca malestar a los pasajeros —los pocos que pasan por ahí—, pero el golpe más serio es para las empresas de carga, porque a ellas las enviaron al AIFA no por lógica económica, sino por capricho del nuevo morador de Palenque. Y cuando un país organiza su logística nacional a partir de caprichos, lo que obtiene no es soberanía: obtiene ineficiencia.

Aquí es donde vale la pena separar el show del análisis. Un aeropuerto no se mide por su nombre ni por sus fotos inaugurales; se mide por su capacidad de integrarse a una red logística eficiente, con tiempos, costos y conectividad que reduzcan fricciones. Y eso es justamente lo que no ocurrió. El AIFA se impuso como decisión política, no como solución técnica. Se forzó carga a mudarse, se forzó narrativa a sostener el “éxito”, y se forzó al país a operar una pieza logística desconectada de lo esencial: accesos fluidos, certidumbre operativa y articulación con corredores productivos.

El problema no es que se construya infraestructura. El problema es qué infraestructura, para qué, y con qué visión. Porque de nada sirve hacer mil aeropuertos, mil trenes o mil puertos si algo tan básico como la conectividad eficiente entre el norte productivo y el sur rezagado sigue siendo un rompecabezas incompleto. De nada sirve presumir un tren si el transporte de mercancías sigue tropezando con cuellos de botella carreteros. De nada sirve hablar de “desarrollo regional” si no hay autopistas que comuniquen, si no hay infraestructura eléctrica confiable, si la hidráulica está colapsada o si la conectividad digital no acompaña.

La lógica económica es brutalmente simple: la infraestructura útil no es la que se ve; es la que reduce costos, acorta tiempos, baja riesgos y eleva productividad. Esa es la infraestructura que hace competitiva a una economía. La otra, la infraestructura de aplauso, solo sirve para el discurso. Y lo que hemos visto en los últimos ocho años es, en gran medida, eso: gastar en lo que se puede inaugurar y cacarear, pero no en lo que se necesita para producir más y mejor.

El bloqueo del AIFA, por ejemplo, no solo es un problema de tránsito. Es una señal de fragilidad institucional: si una instalación estratégica puede quedar atrapada por un bloqueo en sus vías de acceso, entonces no estamos hablando de un hub logístico sólido; estamos hablando de una infraestructura vulnerable. Y la logística odia la vulnerabilidad. La logística necesita previsibilidad. Si el transportista no sabe si llega, si el operador no sabe si entrega, si el importador no sabe si cumple, entonces el costo se traslada al precio final, al margen del negocio, o al país que pierde la inversión.

Y ahí está el punto central: pese al gasto desmedido en “infraestructura”, la productividad y la competitividad del país no han mejorado; lo que creció fue el concreto… no la capacidad de producir más y mejor. Se ha mejorado la propaganda. Se ha mejorado el storytelling. Se han construido íconos políticos. Pero el crecimiento sigue siendo bajo, la inversión sigue tímida y la economía real sigue enfrentando lo mismo: inseguridad, incertidumbre, baja productividad y una institucionalidad cada vez más debilitada. Por eso la economía no despega: porque la infraestructura que realmente eleva competitividad no es la que te regala aplausos; es la que te exige planeación, continuidad y técnica.

La moradora de palacio puede seguir vendiendo la idea de que “se está transformando el país” con obras monumentales, pero la realidad es más simple: si después de gastar tanto, la productividad no sube y la competitividad no mejora, el país no está avanzando; está posando. Y posar no genera empleo de calidad. Posar no atrae inversión productiva sostenida. Posar no eleva salarios reales. Posar solo compra tiempo… hasta que el bolsillo empieza a resentirlo.

Porque el bolsillo —ese árbitro que no se calla con narrativa— termina preguntando lo esencial: ¿para qué sirvió todo ese gasto? Si el aeropuerto estrella se bloquea, si el tren estrella no resuelve la logística productiva, si la red eléctrica sigue siendo un riesgo, si el agua escasea y si el Estado de derecho se debilita, entonces el “progreso” se vuelve un cartel gigante sin economía detrás. Y cuando eso pasa, el crecimiento se frena, el desarrollo se posterga y la desigualdad se consolida.

La infraestructura útil es la que conecta regiones, integra mercados, reduce costos logísticos, asegura energía, garantiza agua, fortalece conectividad y atrae inversión. La infraestructura inútil es la que se inaugura con banda y aplausos, pero termina atrapada por la realidad. Y México, con la transformación de cuarta, ha invertido demasiado en la segunda y muy poco en la primera.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo

Mientras desde el púlpito presidencial se exigen “pruebas” y se defiende al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha, de él no sabemos nada más allá de la frase mágica de la corcholata mayor: “está en Sinaloa”. Y uno se pregunta: ¿por qué protegerlo tanto? ¿Será que aquella amenaza entre líneas —esa de “si caigo, caen todos”— es tan real que vale la pena poner en el fuego lo poco que queda de credibilidad gubernamental con tal de no aceptar responsabilidades?

Y como si el país fuera ingenuo, aparece la narrativa irreal de la nueva dirigente de Morena hablando de lo “intachable” que deben ser quienes abanderen el partido. En el mejor de los casos, es la burla del año. Porque el declive de este movimiento tiene verdugo con nombre y apellido: el mismo que decidió por encima del partido, el mismo que puso a quien se le dio la gana sin importar pasado o presente, y el mismo que abrió los brazos a todo señalado de otros partidos para “expiarlo” con el chaleco guinda. Ese verdugo es Andrés Manuel López Obrador. Él hizo crecer el movimiento… y lo sepultó al mismo tiempo. ¿Irónico? No. Trágicamente coherente.

Columnas de opinión

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