En consulta de psicoterapia, el tema de la maternidad ocupa un lugar importante. Muchas mujeres se sienten agobiadas por la presión de ser una “mamá ideal», naturalmente feliz y capaz de sostenerlo todo sin quebrarse nunca. Sin embargo, la maternidad implica cansancio, tener dudas, cometer errores y la necesidad constante de volverlo a intentar.
A esto lo llamo el mito de la maternidad y crianza perfectas. Observo tres variables que lo conforman: 1) la idealización de la maternidad como símbolo de sacrificio, amor incondicional y fortaleza moral; 2) los contextos económicos y sociales que dificultan la crianza; y 3), la falta de sensibilidad hacia la salud de la mujer que está maternando.
Primero, el peso de la idealización: El problema de idealizar y romantizar el rol materno es que deshumaniza a la mujer, exigiendo ser una figura ilimitada y perfecta. Esto se traduce en una carga psicológica de expectativas imposibles de cumplir: ser pacientes todo el tiempo, siempre serviciales, exitosas profesionalmente, físicamente impecables, profundamente amorosas y totalmente entregadas. La maternidad contemporánea parece demandar todo sin permitir fragilidad. En México, este mandato se agrava por creencias culturales profundamente arraigadas. A pesar de que el discurso social ha cambiado, en la práctica muchas mujeres siguen siendo las principales responsables del cuidado emocional y doméstico de la familia. No solo cuidan hijos: organizan horarios, recuerdan pendientes, contienen emociones, anticipan problemas, sostienen vínculos y atienden a familiares enfermos. Son las administradoras emocionales de la estabilidad familiar.
Las redes sociales han empeorado parte del problema porque produce referentes de crianza perfecta: casas ordenadas, niños obedientes, madres productivas y sonrientes. Se vende una maternidad estética, eficiente y feliz, mientras se ocultan los conflictos cotidianos, los dilemas entre trabajo y familia, el duelo por la identidad perdida y la sensación de no ser suficiente.
Segundo, los contextos: Seguimos pensando la maternidad como responsabilidad individual y no como corresponsabilidad social. Criar niños sanos íntegramente requiere tiempo, estabilidad, apoyo y comunidad, que implica seguridad social, entornos libres de violencia, guarderías, trabajos flexibles, mejores salarios para las madres, presencia y participación de los padres. Sin embargo, muchas madres enfrentan la crianza con dificultades económicas y prácticamente solas. Sea porque el padre no está, o está presente de forma problemática (por ejemplo, debido al alcoholismo o maltrato familiar); o bien, está presente económicamente, pero ausente en la corresponsabilidad cotidiana y emocional. Esto genera una maternidad basada más en el miedo y la angustia, que en la confianza y el bienestar.
Tercero, el impacto en la salud materna: Debido a los factores anteriores, la maternidad puede derivar en una experiencia de agotamiento, culpa y soledad emocional. Hablar de carga mental y agotamiento crónico (burnout) genera culpa porque se percibe como incapacidad. Expresar frustración o irritabilidad se interpreta como egoísmo o exageración. Muchas mujeres terminan atrapadas entre dos prejuicios silenciosos: la sobrecarga externa y la autoexigencia interna. La consecuencia es grave: México enfrenta un aumento importante en síntomas de ansiedad, depresión y burnout materno. Estos problemas de salud no se nombran porque se normalizan como consecuencia de ser mamá.
¿Qué podemos hacer diferente?
Primero, debemos desidealizar la maternidad y tener conversaciones honestas sobre las necesidades y las realidades de las mujeres que maternan. Una madre no necesita ser perfecta para ser buena. Necesita una comunidad empática que la valore y a la cual pueda pedir ayuda sin ser juzgada.
Segundo, además de impulsar una cultura de apoyo a las madres y políticas públicas que reduzcan la carga desigual de obligaciones, es crucial enfatizar la corresponsabilidad activa y compartida del padre en la crianza. Mientras esta siga viéndose como tarea femenina, la sobrecarga y la autoexigencia continuarán reproduciéndose en el imaginario social.
Tercero: Y quizá lo más importante, necesitamos cambiar la mirada sobre el cuidado materno y comenzar a valorar a la madre que pone prioridades, porque no puede hacer todo al mismo tiempo; a la que reconoce sus limitaciones para poner límites; la que trabaja en su historia de vida para estar disponible mental y emocionalmente; la que delega tareas para tener algo de equilibrio, descanso y sueño, y que se procura para conservar su identidad propia. Porque criar hijos sanos requiere madres sostenidas, no madres consumidas. Ninguna persona puede sostener emocionalmente a otra si vive permanentemente agotada y criticada.



