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18 de mayo de 2026

Un grano de arena para entender el problema

Psicología forense revela que el abuso sexual infantil tiene raíces en la mala formación afectiva y sexual, y que la responsabilidad central recae en los padres, no en las instituciones.

Como escribí el comentario pasado, estoy cursando el Diploma de Experto en Operadores Jurídicos en Procesos Penales Canónicos en la Universidad Pontificia de Comillas.

Revisando el material del curso de Psicología forense, encontré un documento preparado por las profesoras Montserrat Lafuente Gil y María José Díez Alonso sobre la caracterización psicopatológica de los victimarios en los delitos de abuso sexual de menores.

Un dato importante es que no todos los abusadores sexuales son pedófilos. La pedofilia es una parafilia que se define por la excitación sexual que se produce cuando una persona tiene fantasías sexuales recurrentes e intensas, impulsos o comportamientos sexuales que conllevan actividad sexual con niños menores de 13 años. El pedófilo debe tener por lo menos 16 años y 5 años más que la víctima.

Según el DSM-V, el Manual de la Asociación Psiquiátrica Americana, se han de cumplir dos criterios diagnósticos de pedofilia: i. la duración de al menos 6 meses de actividad sexual con niños y; ii. el cumplimiento de estos deseos irrefrenables que causa un malestar importante a la víctima.

El pedófilo es una persona con apariencia normal, de costumbres sociales convencionales, de inteligencia media y no psicóticos. Algunos muestran fobia al sexo con mujeres, incluso sienten aversión a las características sexuales secundarias de mujeres adultas, por eso sienten atracción a cuerpos núbiles.

Esta conducta anormal puede estar relacionada con el aprendizaje de actitudes negativas hacia la sexualidad o con el abuso sexual en la infancia. También se presenta en situaciones de aislamiento, en donde confluyen sentimientos de inferioridad y la incapacidad de establecer relaciones sociales normales. Para las autoras, estas conductas pueden ser un medio para compensar la autoestima deficiente o dar rienda suelta a una hostilidad que no puede vivirse por otras vías.

El 87% de los pedófilos son hombres, mientras sólo el 13% son mujeres. Hay mayor probabilidad de que estén separados o sean solteros, aunque algunos son casados. Por lo general, carecen de carrera profesional y son inestables en el trabajo. La edad en las que cometen el delito de abuso sexual es entre los 30 y los 50 años.

El problema del abuso sexual es multifactorial. La ciencia no ha sido capaz de dar un perfil único del abusador sexual infantil. Pero sí ha delimitado los trastornos de la personalidad que se asocian con comportamientos de abuso: narcisismo – que los hace seductores; antisocial – que los hace dominantes; paranoide – que los hace suspicaces -y; psicópatas, sádicos – que los hace manipuladores.

Me llamó la atención que las autoras mencionan que, en la mayoría de los casos, se reporta en los abusadores, una mala formación de la afectividad y la sexualidad.

No me sorprende ya que los padres hemos abdicado a nuestra obligación primaria: la formación de nuestros hijos. Hemos cedido la responsabilidad de educarlos en valores, virtudes, sentimientos y emociones a las escuelas, a los medios de comunicación y a las redes sociales. En ocasiones, hemos decidido dejar huérfanos a nuestros hijos rechazando la sagrada función que tenemos de padres, intercambiándola por una malentendida amistad con ellos.

Corresponde a los padres formar a los hijos en sus afectos y en todo lo que implica la sexualidad. No, no me refiero a informarles de la genitalidad y de los procesos reproductivos. Eso es cosificar a la persona y rebajar la sexualidad humana al nivel de los mamíferos.

Si dejamos que la pornografía eduque a nuestros hijos, si no somos faros de verdad en un mundo hipersexualizado, si no asumimos la responsabilidad de formar, no sólo informar, a nuestros hijos en una correcta afectividad y sexualidad, no seremos capaces de contribuir a romper la cadena del abuso sexual infantil.

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