El latente riesgo de antropomorfizar la inteligencia artificial (I.A. en adelante) no es la mayor amenaza de esta tecnología, sino el hecho de que, al hacerlo, le cedamos nuestra libertad.
Desde las aplicaciones móviles que promueven un asistente virtual o un “coach” de vida o hasta un psicólogo automatizado, no se ven a las inteligencias artificiales como máquinas sino como personas y este fenómeno nos hace, por un lado, depositar nuestra confianza -y nuestra intimidad- en una serie de circuitos interconectados que transmiten información para poder ejecutar y poner en práctica un lenguaje adaptado y diseñado para que parezca lo más humano posible, pero, por el otro lado, depositamos en éstas nuestra libertad, es decir, las consultamos para muchas cosas, no todas decisiones banales, a veces, profundamente serias y relevantes para nosotros y nuestros seres queridos.
Una prueba contundente de ello es el hecho de que, al usar alguna de ellas, antes de contarle algo y esperar una respuesta o bien de pedirle ayuda para una tarea en específico le preguntamos: “¿cómo estás?” y al terminar de usarla le decimos: “gracias” esperando que nos responda como un amigo o un terapeuta, en cualquier caso, con alguien que nos conoce y a quien le somos familiares y lo hacemos con la ilusión de que nos reconoce y nos tiene cierto afecto.
Ya varios han pensado que no es tanto el riesgo de que la I.A. nos deshumanice o suplante en empleos y funciones lo que realmente peligra sino la alienación a la que nos sometemos cuando dejamos de ver a la I.A. como un conjunto de algoritmos y la comenzamos a mirar como un acompañante, un amigo, un colega o simplemente alguien que facilita nuestro natural proceso de socialización, pero, ¿realmente somos seres sociables cuando platicamos con una entidad no humana? ¿Qué pasa cuando no estamos frente a un quién y sólo lo estamos frente a un “qué”? ¿por qué lo tratamos como un “quién”?
Un principio fundamental a tener en cuenta frente a esta “cosa nueva”, aludiendo a la recién publicada encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV es su carácter no neutral, por ende, su diseño, programación, venta y uso se convierten en una decisión de carácter moral y éstas sólo son aquellas que tomamos de manera libre, es decir, utilizando nuestra facultad racional, pero en la ponderación de nuestras opciones, no sólo pesan las intenciones, también los motivos.
Vivimos tiempos de mucha desolación y, parte de ello, nos lleva a actuar a veces sin razones pero con motivos que responden más a las emociones pasajeras que experimentamos cada día -y son muchas- pero carecen de estabilidad porque no atraviesan el discernimiento de los fines de nuestro actuar. Digamos que son estímulos o impulsos y, algunas, terminan en sentimientos de culpa o en arrepentimiento.
Una de las múltiples afecciones que padecemos en nuestro tiempo es la de sentirnos solos, tristes o aislados y, aunque paradójico, este sentimiento acongoja a niños, jóvenes, y adultos cada vez más.
Tanta saturación, genera desiertos y el desierto da sed. Esa sed se busca satisfacer en dispositivos electrónicos que disparen dopamina y sean poderosos para mantenernos en un estado acelerado y excitados por recibir más y más información pero resulta que, cuando todos estamos buscando eso, nadie está viendo a su vecino o charlando con su amigo fuera del horario de clase, simplemente no da tiempo y buscamos, para compensar, maneras fáciles y rápidas de conectarnos virtualmente (como los gamers) o bien, de algo que no implique esfuerzo ni compromiso como las aplicaciones de chats automatizados que simulan ser amigos o compañeros, pero en las que no hay nadie (un quién) del otro lado.
Esto, aunque lo sabemos, nos fascina pues se puede interactuar cuando se desea, sin citas, sin horarios, con total flexibilidad y a cambio recibir la “orientación” que quiero escuchar. No olvidemos el problema de alineación de la I.A. que se refiere a que, mientras más entrenamiento e interacción tengamos con una I.A. más aprenderá sobre nosotros, lo que nos gusta y lo que no y, podrá darnos respuestas adaptadas a nuestro estilo y personalidad. En pocas palabras: ¡qué bien nos cae la I.A.! nunca nos lleva la contra…
Resulta, además, fácil y rápido abrir nuestro corazón y contar nuestra historia con qué es decir, con una no persona, eso aligera la carga de sentirnos juzgados.
El problema viene cuando nuestras historias, llenas de fisuras, de sombras y de dolor, se comparten en entornos donde no existe un profesional que las pueda -y nos pueda- contener. Entonces pueden ser bombas de tiempo que terminen por explotar pronto.
La I.A. sólo puede ser buena cuando, en lugar de reducir nuestra libertad, la expanda, en lugar de evadirnos del mundo, nos permita vivir en él y habitarlo desde lo que cada uno es. Cuando tienda puentes, desarrolle capacidades, brinde oportunidades, traiga beneficios y nos enseñe que el contacto humano no es algo malo sino que de éste depende que seamos humanos y que nos conservemos como tal.
Las herramientas de I.A. sirven y hay que usarlas pero no perder de vista que sólo son y deben ser el puente entre una compañía real que es capaz de comprender humanamente lo que albergamos en nuestros interiores y nosotros. En otras palabras, entre dos quiénes y no entre un quién y un qué.



