Coyuntura económica y algo más
Cuando el gobierno presume demasiado, casi siempre está escondiendo lo importante…
Macraf
La corcholata mayor presentó su segundo informe con una larga lista de datos económicos para sostener una idea central: México va bien, la economía está fuerte y el llamado Humanismo Mexicano funciona. El problema es que el mensaje no dice nada realmente nuevo. Lo que hace es tomar estadísticas conocidas, acomodarlas en una narrativa conveniente y venderlas como prueba de una transformación que, en la vida diaria, simplemente no se siente.
Y ahí está la primera trampa: no se trata de negar los datos por reflejo. Hay cifras positivas y algunos avances que deben reconocerse. Pero una cosa es aceptar que ciertos indicadores existen y otra muy distinta es aceptar la interpretación oficial. Un dato puede ser real y, al mismo tiempo, servir para construir una historia falsa. Ese fue el informe: números presentables dentro de un relato económico que no se sostiene.
México no está en una crisis de colapso inmediato, es verdad. No se desplomó el tipo de cambio, no se detuvo el comercio exterior, no desapareció la inversión y no se rompió el sistema financiero. Pero usar la ausencia de desastre como prueba de éxito es una forma muy pobre de medir el desarrollo. Un país no puede conformarse con no explotar. México necesita crecer más, invertir más, formalizar más, producir más y construir mejores condiciones de vida. Y eso no está ocurriendo al ritmo necesario.
La presidenta presumió ingresos públicos históricos, mayor recaudación y reducción de gasto corriente. Si los datos son correctos, deben reconocerse. Pero más recaudación no significa automáticamente mejor gobierno. Significa más dinero en la caja. La pregunta incómoda es qué se hace con ese dinero. Porque si los recursos terminan sosteniendo transferencias cada vez más costosas, empresas públicas financieramente frágiles, obras de rentabilidad discutible y una maquinaria política que confunde bienestar con dependencia, entonces no estamos ante austeridad republicana: estamos ante gasto político con envoltura moral.
También presumió el aumento del salario mínimo, y ahí hay que ser justos: recuperar el salario era necesario. Durante años estuvo castigado y el ajuste ayudó a mejorar ingresos. Pero convertir ese avance en prueba definitiva de éxito económico es un exceso. Los salarios pueden subir por decisión política, pero si no crecen acompañados de productividad, inversión, capacitación, formalidad y crecimiento, tarde o temprano generan tensiones. El salario mínimo ayuda, pero no sustituye una estrategia de desarrollo.
Lo mismo ocurre con el empleo. El gobierno presume 60 millones de personas ocupadas y una tasa de desempleo de 2.7 por ciento. Suena muy bien, pero en México ese dato siempre debe leerse junto con la informalidad. Una tasa baja de desempleo no significa necesariamente que todos tengan buenos empleos; muchas veces significa que la gente no puede darse el lujo de no trabajar. Trabaja donde puede, como puede y bajo las condiciones que encuentra. Si millones siguen sin seguridad social, sin estabilidad, sin contrato y sin acceso pleno a derechos laborales, entonces no estamos ante una “primavera laboral”, sino ante precariedad maquillada por una cifra cómoda.
En inversión, la narrativa también se excede. Se habló de récord de Inversión Extranjera Directa en el primer semestre de 2026, con 35 mil millones de dólares. El dato luce bien, pero la IED debe analizarse por composición, no solo por monto. Si buena parte corresponde a reinversión de utilidades y la inversión nueva sigue siendo limitada, entonces no estamos ante una avalancha de capital fresco llegando a construir el futuro mexicano. Estamos ante empresas que ya están aquí y reinvierten parte de lo que generaron. Eso importa, sí, pero no alcanza para presumir confianza plena ni una nueva etapa productiva.
El PIB, según el informe, creció 1.4 por ciento frente al trimestre anterior y 1.9 por ciento frente al segundo trimestre de 2025. No es una contracción, pero tampoco es una economía vigorosa. Para un país con pobreza, informalidad, rezago regional, baja productividad y enormes necesidades de inversión, crecer a ese ritmo es insuficiente. México no se está hundiendo, pero tampoco está despegando. Y un país no necesita caer en crisis para fracasar en desarrollo; basta con crecer poco durante demasiado tiempo.
En comercio exterior, el gobierno presumió balanza comercial positiva y una relación fuerte con Estados Unidos. Pero eso no es resultado del Humanismo Mexicano ni de una genialidad económica de Palacio. Es consecuencia de décadas de integración productiva, cercanía geográfica y un tratado comercial que existe desde mucho antes de la T de cuarta. México comercia mucho con Estados Unidos porque está estructuralmente integrado a Norteamérica, no porque la Economía Moral haya descubierto el comercio internacional.
La inflación fue otro de los trofeos del informe. Se dijo que va a la baja gracias a incentivos en combustibles y acuerdos contra la carestía. Pero la inflación no baja porque Palacio sea humanista. La política monetaria la conduce el Banco de México, no la conferencia matutina. Además, una inflación general menor no significa que las familias sientan alivio automático. La gente no compra “inflación promedio”; compra tortilla, huevo, carne, medicamentos, transporte, gas, luz y servicios. Y en esos gastos cotidianos la presión sigue siendo real.
Lo mismo aplica al tipo de cambio. Presumir un peso cerca de 17 por dólar como si fuera medalla presidencial es otra comodidad narrativa. El tipo de cambio responde a tasas relativas, flujos financieros, expectativas, condiciones globales y comportamiento del dólar. Pero en Palacio ya conocemos la regla: lo que sale bien es logro propio; lo que sale mal es culpa del neoliberalismo, la derecha, los medios o el exterior.
El bloque de programas sociales confirma el corazón del modelo oficial: presentar transferencia como desarrollo. Se habló de más de 42 millones de derechohabientes y de una inversión cercana al billón de pesos. Un apoyo puede aliviar una urgencia, y sería absurdo negarlo. Pero si no viene acompañado de salud funcional, educación de calidad, empleo formal, seguridad, productividad e inversión, no construye prosperidad: administra precariedad. La 4T quiere convencernos de que repartir dinero transforma la economía. No la transforma; la sostiene políticamente.
En energía, la contradicción también aparece. Se presumió la recuperación de Pemex y CFE, la reducción de deuda de Pemex, más producción, más refinación, proyectos eléctricos y soberanía energética. Pero Pemex sigue siendo financieramente frágil, CFE necesita inversión privada bajo esquemas mixtos y México continúa dependiendo de gas importado. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿El Estado podía solo o siempre sí necesitaba al capital privado que tanto despreciaron? La T de cuarta habla contra el mercado cuando necesita votos, pero busca al mercado cuando necesita dinero.
Ese es el problema del informe: no está construido para explicar la economía, sino para defender una narrativa. Los datos pueden ser ciertos, pero la conclusión es falsa. La economía mexicana no está bien solo porque el gobierno diga que está bien. Hay estabilidad, sí, pero no fortaleza suficiente. Hay inversión, pero poca nueva. Hay empleo, pero demasiada informalidad. Hay salarios más altos, pero baja productividad. Hay comercio récord, pero por integración previa. Hay programas sociales, pero no necesariamente desarrollo. Hay discurso energético, pero con empresas públicas costosas y dependientes.
El país real no es el del informe. Es el de las familias que siguen haciendo cuentas para llegar a fin de mes; el de los trabajadores informales que no tienen seguridad social; el de las empresas que dudan antes de invertir; el de los hospitales saturados; el de las escuelas que no forman lo suficiente; el de las regiones atrapadas por la inseguridad; el de los jóvenes que reciben becas, pero no siempre oportunidades.
México no se derrumba, pero tampoco avanza como debería. Y esa es quizá la forma más cómoda de fracaso: no hacer crisis, pero sí acostumbrar al país a crecer poco, invertir poco, producir poco y esperar poco.
El segundo informe no mostró una economía transformada. Mostró estadísticas reales acomodadas dentro de una narrativa falsa. Un intento de convertir inercias en logros, gasto en bienestar, transferencias en desarrollo, estabilidad en transformación y propaganda en economía.
Pero el país no necesita informes más largos ni discursos más solemnes. Necesita crecimiento, productividad, inversión nueva, formalidad, servicios públicos que funcionen, seguridad, infraestructura útil y un gobierno que deje de confundir el aplauso con resultados.
Mientras Palacio siga celebrando datos sin mirar la estructura, seguiremos atrapados en lo mismo: mucho informe, mucha narrativa, mucho aplauso organizado… y muy poco desarrollo.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.







