Mi esposa recientemente me recomendó “La generación ansiosa”, un libro de Jonathan Haidt que nos invita a reflexionar sobre el impacto de la cultura digital en la infancia y la adolescencia. Y el mensaje me pareció contundente: ¡Estamos criando una generación ansiosa!
Haidt plantea una pregunta crucial: ¿qué tipo de entorno estamos construyendo, que lleva a nuestros jóvenes a padecer mayores problemas de ansiedad y depresión, a una desesperada necesidad de validación y a una menor tolerancia a la frustración? La respuesta la encuentra en un cambio de paradigma fundamental: pasamos de que nuestros hijos tuvieran una infancia basada en el juego libre y la socialización, y la reemplazamos por una infancia dominada por las pantallas a edades cada vez más tempranas.
Ha sido un proceso paradójico, porque por un lado, Haidt menciona que durante décadas la aspiración de los padres ha sido proteger, reducir riesgos y evitar frustraciones a los hijos, una tendencia que acentuada por la inseguridad- nos ha conducido más bien a sobreprotegerlos en la vida real. En otras palabras, les negamos a nuestros hijos la autonomía necesaria para explorar, enfrentar situaciones sociales complejas, tomar decisiones que los hacen responsables, e incluso la oportunidad de aburrirse y desarrollar su creatividad.
Por otro lado, hemos abandonado a nuestros hijos a una existencia digital diseñada para captar su atención. Esto se traduce en dejar que pasen tiempo excesivo en redes, internet 24 horas, tecnologías adictivas que fomentan el consumo incesante de videos. Este ecosistema digital no solo presenta contenido inadecuado, sino que amplifica una comparación social tóxica que los hace sentirse insuficientes.
Lo absurdo es que les ahorramos los peligros de la calle, pero los expusimos a los peligros del algoritmo. La gravedad del asunto es tal, que tan solo el mes pasado, un jurado en Los Ángeles, California, dictaminó que tanto Meta (matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp) como YouTube (propiedad de Google) diseñaron intencionalmente plataformas con características adictivas para menores y fueron negligentes ante los problemas de salud mental por las que fueron demandadas.
No obstante, la responsabilidad no recae únicamente en las plataformas; también es un reflejo de nuestra cultura de dependencia generalizada a las redes y los celulares. El objetivo no es culpar a estas tecnologías, sino reorientar nuestro criterio hacia el tipo de relaciones y cuidados esenciales para el desarrollo pleno y humanizador de nuestros niños, niñas y adolescentes.
Por ello Haidt hace un llamado a la acción: En casa, retrasa el momento en que le das su primer smartphone a tu hijo, establece horarios para su uso y momentos sin pantallas, limita el acceso a redes sociales y supervisa los contenidos cuando ya tengan la edad adecuada. Pero de poco sirve el esfuerzo individual si los jóvenes se sienten excluidos de la cultura dominante fuera del hogar. Es crucial que en la escuela y con otros padres se acuerden las reglas pertinentes sobre el uso de dispositivos y promuevan espacios de interacción social real, libres de pantallas. Como ciudadanos también nos toca exigir regulación a las plataformas que explotan la atención de los menores. La infancia es demasiado valiosa para delegarla a una pantalla, es hora de rediseñar una cultura que reconozca las necesidades de vínculo, juego y autonomía de nuestros hijos.



