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29 de abril de 2026

Empleo: el atole del IMSS

El empleo formal que presume el IMSS no alcanza: México sigue atrapado entre informalidad, baja productividad y políticas que castigan inversión, salud funcional y generación sostenida de trabajo.

Coyuntura económica y algo más

Celebrar migajas no crea empleo: crea excusas…

Macraf

La moradora de palacio se sentó sonriente en la mañanera mientras el director del IMSS presumía, con tono de victoria, que “hay más empleo formal”. Y sí, en el papel suena bonito: en el primer trimestre de 2026 se reportaron 207,604 nuevos puestos formales; al 31 de marzo se registraron 22,724,680 puestos afiliados; y el salario promedio de los trabajadores afiliados se presumió en 663.5 pesos diarios, con un aumento anual de 7.1%. Aplausos, gráficos, narrativa… y el clásico “vamos muy bien”.

El problema es que eso, por más que lo repitan, no es un logro real. Es un número aislado, presentado como trofeo, en un país donde el empleo debería medirse con una pregunta básica: ¿estamos generando suficiente trabajo formal, bien remunerado y sostenible, para el tamaño de la población y el potencial económico de México? La respuesta es no. Y no porque este gobierno sea el único culpable —no lo es—, sino porque la 4T se ha dedicado a acentuar los incentivos equivocados.

Pongamos el estándar mínimo sobre la mesa: México debería crear 1.2 millones de empleos al año, es decir, 100,000 al mes. Ese es el piso razonable para una economía de este tamaño si quiere absorber presión demográfica, mejorar formalidad y no resignarse a la precariedad. Y ese estándar no se ha logrado nunca. Pero hoy, además, se está normalizando el aplauso por avances que ni siquiera se acercan a lo necesario. Presumir 207,604 en un trimestre equivale a decir: “vamos bien” porque corrimos… cuando en realidad apenas estamos caminando y con una piedra en el zapato.

Y la piedra se llama informalidad. La ENOE de marzo de 2026 pone el dedo en la llaga: la población económicamente activa fue de 61.6 millones, pero la tasa de informalidad laboral se ubicó en 54.8%. Es decir: más de la mitad del trabajo en México sigue ocurriendo fuera de la formalidad. Además, la tasa de condiciones críticas de ocupación fue de 39.6%: millones trabajan, sí, pero en condiciones que no son precisamente “bienestar”. Y mientras el gobierno presume “empleo formal”, la realidad es que la economía sigue siendo una fábrica de sobrevivencia.

Si a alguien le quedaba duda de la magnitud del problema, la Medición de la Economía Informal (MEI) lo deja aún más claro: en 2024, la economía informal representó 25.4% del PIB. Y aquí está el dato que debería ser escándalo nacional: 54.4% de la población ocupada, en condiciones de informalidad, generó solo 25.4% del PIB; mientras 45.6% de ocupados formales generó 74.6% del PIB. En buen cristiano: la informalidad no es “una opción de vida”; es una trampa de productividad. Y un país atrapado en baja productividad no puede presumir desarrollo, por más transferencias que reparta.

Entonces, ¿por qué no es logro lo que presume el IMSS? Porque el número no cambia el fondo: el país sigue estructuralmente informal, y la política pública reciente ha sido un catálogo de incentivos negativos.

Primero, los programas sociales como transferencia directa han terminado por operar, en demasiados casos, como sustituto de ingreso y como señal cultural: “la formalidad no es indispensable”. No estoy diciendo que la gente no necesite apoyos; estoy diciendo que, sin una estrategia paralela para elevar productividad y formalidad, el apoyo se vuelve dependencia y se vuelve argumento para no arreglar lo de fondo.

Segundo, pulverizar el sistema de salud ha tenido un efecto que casi nadie quiere nombrar: se rompió el “gancho” natural de la formalidad. En México, uno de los motivos más poderosos para preferir empleo formal era acceso a servicios de salud, medicinas y cierta cobertura. Hoy, con un sistema rebasado, con carencias y con atención insuficiente, el trabajador se pregunta: “¿para qué pago si al final no hay?”. Y cuando esa pregunta se vuelve común, la formalidad pierde atractivo, aunque el gobierno se vista de triunfalismo.

Tercero, el micro, pequeño y mediano empresario —el que sí genera empleo— está siendo aplastado por dos pinzas: el crimen y el Estado. Por un lado, la extorsión y el “derecho de piso” que te convierten en rehén; por el otro, trámites, costos, inspecciones y un entorno regulatorio que a veces parece diseñado para cansarte. En ese contexto, ¿qué empresario va a contratar más, formal y mejor pagado, si no puede ni operar en paz?

Y cuarto, el gran elefante: la inversión. Sin inversión productiva, no hay manera de elevar productividad ni competitividad. Sin productividad, los salarios no suben de forma sostenible. Y sin salarios sostenibles, el mercado interno se vuelve frágil. Por eso el empleo formal no es solo “un número del IMSS”: es el resultado de un ecosistema. Si el ecosistema está enfermo, el empleo formal se vuelve escaso. Y si es escaso, presumirlo como trofeo es exactamente lo que es: dar atole con el dedo.

Así que sí: qué bueno que haya empleo formal. Nadie sensato quiere menos formalidad. Pero no nos confundamos: esto no es éxito, es apenas un dato conveniente. El éxito sería acercarnos al estándar mínimo de 100,000 empleos mensuales, reducir informalidad de forma sostenida, elevar productividad y reconstruir el valor de la formalidad. Y para eso se necesita lo que este gobierno evita: certidumbre, seguridad, salud funcional, incentivos a inversión y una estrategia real de competitividad.

“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”

✒️ El apunte incómodo.

El fin de semana, en la gira por Hidalgo, la corcholata mayor se regaló una escena que vale más que cien informes: preguntó si había doctores y medicinas. Los adultos mayores —sin libreto, sin miedo y sin ganas de quedar bien— le contestaron lo obvio: no, no hay ni médicos ni medicinas. Y entonces ella fue a “verificar”. Y ¡oh sorpresa!, no había. Pero claro: no es culpa de ellos. Nunca es culpa de ellos. Siempre es culpa del proveedor, del pasado, del contexto, de Mercurio retrógrado… de cualquiera menos de quien gobierna.

Ese es el sello del régimen: discursos de grandeza y avance, y del otro lado una población que vive el olvido y la incompetencia en carne propia. Y cuando la realidad los exhibe, aplican el manual: minimizan, se indignan, se victimizan y prometen “revisar”. Revisan tanto que se les va el sexenio.

Lo más ofensivo no es el ridículo público; es la normalización del cinismo. Porque mientras en Palacio se presume bienestar y “transformación”, la gente tiene que recordarle a la presidenta, frente a cámaras, que en el país real la salud no llega. Y si el gobierno necesita giras para descubrir que no hay medicinas, entonces el problema no es el proveedor: el problema es el gobierno.

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