31 de octubre de 2026

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Maternidad perfecta, crianza perfecta

El mito de la maternidad perfecta agota y enferma a las mujeres. Luis Manuel Garibay analiza cómo la idealización cultural, la desigualdad y la falta de corresponsabilidad generan burnout materno en México.

En consulta de psicoterapia, el tema de la maternidad ocupa un lugar importante. Muchas mujeres se sienten agobiadas por la presión de ser una “mamá ideal», naturalmente feliz y capaz de sostenerlo todo sin quebrarse nunca. Sin embargo, la maternidad implica cansancio, tener dudas, cometer errores y la necesidad constante de volverlo a intentar.

A esto lo llamo el mito de la maternidad y crianza perfectas. Observo tres variables que lo conforman: 1) la idealización de la maternidad como símbolo de sacrificio, amor incondicional y fortaleza moral; 2) los contextos económicos y sociales que dificultan la crianza; y 3), la falta de sensibilidad hacia la salud de la mujer que está maternando.

Primero, el peso de la idealización: El problema de idealizar y romantizar el rol materno es que deshumaniza a la mujer,  exigiendo ser una figura ilimitada y perfecta. Esto se traduce en una carga psicológica de expectativas imposibles de cumplir: ser pacientes todo el tiempo, siempre serviciales, exitosas profesionalmente, físicamente impecables, profundamente amorosas y totalmente entregadas. La maternidad contemporánea parece demandar todo sin permitir fragilidad. En México, este mandato se agrava por creencias culturales profundamente arraigadas. A pesar de que el discurso social ha cambiado, en la práctica muchas mujeres siguen siendo las principales responsables del cuidado emocional y doméstico de la familia. No solo cuidan hijos: organizan horarios, recuerdan pendientes, contienen emociones, anticipan problemas, sostienen vínculos y atienden a familiares enfermos. Son las administradoras emocionales de la estabilidad familiar.

Las redes sociales han empeorado parte del problema porque produce referentes de crianza perfecta: casas ordenadas, niños obedientes, madres productivas y sonrientes. Se vende una maternidad estética, eficiente y feliz, mientras se ocultan los conflictos cotidianos, los dilemas entre trabajo y familia, el duelo por la identidad perdida y la sensación de no ser suficiente.

Segundo, los contextos: Seguimos pensando la maternidad como responsabilidad individual y no como corresponsabilidad social. Criar niños sanos íntegramente requiere tiempo, estabilidad, apoyo y comunidad, que implica seguridad social, entornos libres de violencia, guarderías, trabajos flexibles, mejores salarios para las madres, presencia y participación de los padres. Sin embargo, muchas madres enfrentan la crianza con dificultades económicas y prácticamente solas. Sea porque el padre no está, o está presente de forma problemática (por ejemplo, debido al alcoholismo o maltrato familiar); o bien, está presente económicamente, pero ausente en la corresponsabilidad cotidiana y emocional. Esto genera una maternidad basada más en el miedo y la angustia, que en la confianza y el bienestar.

Tercero, el impacto en la salud materna: Debido a los factores anteriores, la maternidad puede derivar en una experiencia de agotamiento, culpa y soledad emocional. Hablar de carga mental y agotamiento crónico (burnout) genera culpa porque se percibe como incapacidad. Expresar frustración o irritabilidad se interpreta como egoísmo o exageración. Muchas mujeres terminan atrapadas entre dos prejuicios silenciosos: la sobrecarga externa y la autoexigencia interna. La consecuencia es grave: México enfrenta un aumento importante en síntomas de ansiedad, depresión y burnout materno. Estos problemas de salud no se nombran porque se normalizan como consecuencia de ser mamá.

¿Qué podemos hacer diferente?

Primero, debemos desidealizar la maternidad y tener conversaciones honestas sobre las necesidades y las realidades de las mujeres que maternan. Una madre no necesita ser perfecta para ser buena. Necesita una comunidad empática que la valore y a la cual pueda pedir ayuda sin ser juzgada.

Segundo, además de impulsar una cultura de apoyo a las madres y políticas públicas que reduzcan la carga desigual de obligaciones, es crucial enfatizar la corresponsabilidad activa y compartida del padre en la crianza. Mientras esta siga viéndose como tarea femenina, la sobrecarga y la autoexigencia continuarán reproduciéndose en el imaginario social.

Tercero: Y quizá lo más importante, necesitamos cambiar la mirada sobre el cuidado materno y comenzar a valorar a la madre que pone prioridades, porque no puede hacer todo al mismo tiempo; a la que reconoce sus limitaciones para poner límites;  la que trabaja en su historia de vida para estar disponible mental y emocionalmente; la que delega tareas para tener algo de equilibrio, descanso y sueño, y que se procura para conservar su identidad propia. Porque criar hijos sanos requiere madres sostenidas, no madres consumidas. Ninguna persona puede sostener emocionalmente a otra si vive permanentemente agotada y criticada.

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