Geopolítica y Comercio
A lo largo del último mes, el secretario Ebrard ha venido repitiendo que el régimen de libre comercio, que ha permitido el intercambio de bienes y servicios sin aranceles y una significativa reducción en el uso de cuotas y cupos desde principios de los 90s, ha dejado de existir y que debemos acostumbrarnos a comerciar con estos gravámenes. Esta postura reitera la del Representante Comercial de Estados Unidos Jamieson Greer, que argumenta que los aranceles son indispensables para revertir el déficit comercial de su país y este un elemento que atenta en contra de la seguridad de la Unión Americana, al reflejar dependencia en otras economías.
Las declaraciones de Ebrard contrastan sobre todo con las de la Unión Europea y Canadá, que se oponen a los aranceles estadounidenses, sobre todo porque no todos se han implementado legalmente. La suprema corte de ese país falló en contra de la administración Trump este 20 de febrero declarando que los llamados aranceles recíprocos y los aranceles aplicados en contra de México, Canadá y China por el tráfico ilegal de fentanilo no tenían sustento en la Ley de Poderes Económicos Internacionales de Emergencia y el mes pasado la Corte de Comercio Internacional de Estados Unidos concluyó que no se deben aplicar los aranceles descritos en la sección 122 de la Ley de Comercio de ese país porque un déficit comercial no es un problema fundamental en la balanza de pagos.
Greer ha buscado justificar la política arancelaria de Trump en diversos foros, a pesar de los gastos adicionales que ha causado a los estadounidenses. La semana pasada publicó un artículo en Finance & Development, la revista de mayor prestigio del Fondo Monetario Internacional y que ha sido muy criticado por su falta de rigor técnico. Trump no va a cejar en aplicar aranceles porque han demostrado ser uno de los elementos más efectivos para presionar a otros países no sólo en temas comerciales, aunque su uso puede resultar contraproducente cuando China es el primero o segundo proveedor de la mayoría de los países en el mundo, incluso en el hemisferio occidental donde la única excepción son los Estados Unidos.
Hasta la llegada de Trump, se aplicaban aranceles para proteger o promover ciertas industrias, encareciendo las importaciones similares, resguardando el mercado para la producción doméstica. Sin embargo, la aplicación de aranceles de manera generalizada y en particular a los países con los que Estados Unidos tiene los déficits comerciales más altos, no sólo ha fomentado la inflación al encarecer los precios y elevar los costos de producción de las empresas que operan en la Unión Americana, sino que también está eliminando las ventajas comparativas, en especial la de sus principales socios comerciales como México y Canadá.
Con la aplicación generalizada de aranceles, México puede perder, por ejemplo, las ventajas que genera el costo relativamente bajo de su mano de obra calificada. El esquema de producción que Trump pretende implementar tiene como objetivo que las empresas que operen en territorio estadounidense tengan acceso a todos los insumos que requieran, en particular los recursos naturales y minerales necesarios para la industria militar y de alta tecnología. Después de la pandemia y de experimentar la enorme dependencia que tiene Estados Unidos de China, minimizar costos ya no es el principal objetivo. Sin embargo, Trump no ha explicado porqué una empresa debería mudarse a su país si los principales insumos que requiera están sujetos a aranceles, el costo de la mano de obra es mayor que en otros países e incluso no hay la cantidad necesaria de trabajadores que necesitan diversas industrias.
Ebrard fue descrito en el libro Never Give an Inch de Mike Pompeo, su contraparte cuando López Obrador lo envió a evitar que quienes buscaban asilo en Estados Unidos esperaran en territorio mexicano mientras se decidía su caso, como un gran diplomático, pero un negociador muy suavecito. Aceptar los aranceles de Estados Unidos refleja falta de argumentos para rebatir el proteccionismo de Trump y nos hace preguntarnos: qué hará México para mantener su ventaja competitiva, sobre todo cuando el 83% de nuestras exportaciones van a la Unión Americana y no existe una política para desarrollar mercados. Bajo este escenario, la renegociación del TMEC no tendrá mucho sentido si el gobierno mexicano no genera una política industrial que promueva el desarrollo de nuevos mercados y nuevas ventajas comparativas y competitivas para la industria.



