Normalmente creemos que un «buen padre» es sinónimo de trabajar para llevar dinero a casa, pasar tiempo con la familia y ocuparse, en vez de andarse preocupando, por resolver los problemas que se presentan en el hogar. Pero resulta contradictorio que para muchos hombres, ser un “buen padre” tiene un alto costo que se paga con estrés, ansiedad, conflictos familiares, y en muchos casos, depresión.
¿Qué nos pasa a los hombres que por tratar de ser una figura tan necesaria de sustento, protección y autoridad, tengamos tales consecuencias para la salud? Y spoiler, no son los roles en sí mismos los que generan depresión o ansiedad, sino la forma rígida o estricta en que buscamos cumplirlos. Llamémosla: una paternidad basada en el rendimiento .
Históricamente, como papás, hemos asumido el trabajo duro para sostener a la familia. Hoy seguimos valorando ese compromiso y el trabajo sigue siendo una fuente importante de identidad para los hombres. Sin embargo, la sociedad contemporánea por un lado, ha hecho precarias las condiciones laborales por falta de prestaciones, salarios bajos y horarios extenuantes; y por otro lado, ha añadido nuevas exigencias como ser exitoso, competitivo y sentirse realizado. El resultado no siempre es motivación para crecer, sino al contrario, vacío y agotamiento.
Como advierte el filósofo Byung-Chul Han en su libro “La sociedad del cansancio”, nos hemos vuelto individuos que se explotan a sí mismos creyendo que estamos persiguiendo la libertad y nuestros sueños. Aunque hay un riesgo: priorizar el cumplimiento de tales roles por sobre nuestras relaciones, aficiones o incluso sobre el descanso. Esto condiciona nuestro bienestar y genera la sensación permanente de insuficiencia: “No paso suficiente tiempo con mis hijos”, “No gano suficiente dinero”, “No soy suficientemente paciente”, “No soy suficientemente exitoso”, “No soy suficientemente buen compañero emocional para mi pareja”. Y si no puedo satisfacer estas expectativas, ¿qué valor tengo como pesona?
El candado se cierra cuando sentimos que no estamos a la altura, mientras callamos nuestras preocupaciones, dudas y frustraciones. Guardamos silencio porque no queremos agobiar a nuestra pareja o a la familia, porque nos cuesta hablar de lo que sentimos o porque es difícil mostrarse vulnerable. Sin embargo, las emociones que no se expresan a menudo se transforman en irritabilidad, enojo, insomnio, tristeza profunda y soledad. Lo peor es que paradójicamente terminamos desquitándonos con nuestros seres queridos porque estamos hostiles, psicológicamente ausentes, nos alejamos o les mandamos el mensaje de que no les queremos tener cerca.
También pasa que cuando nos abrimos a compartir lo que estamos cargando, muchas veces escuchamos: “Échale ganas”, Aguanta”, “No te rindas”, y eso nos hace sentir bien al momento, pero luego nos compramos la idea de que no sirve de nada porque nada ha cambiado o no sentimos realmente empatía y comprensión. Además, en nuestra cultura machista se premia la autosuficiencia, se castiga la “debilidad” y nos hace creer que los cuidados y las demostraciones de afecto son cosa de la mujer. Como resultado, muchos hombres no nos cuidamos, no expresamos nuestro cariño y no dejamos que nuestra familia nos dé el suyo. Y es algo extraño porque cuando tengo la oportunidad de acompañar a las familias y parejas en terapia, los mensajes suelen ser los mismos: “Somos tu familia y te apoyamos”, “Soy tu pareja y estoy contigo”, “Te queremos por lo que eres, tú eres importante para nosotros”.
Nuestro reto actual consiste en reconocer lo que sentimos, actuar íntegramente con ello y aprender a dialogarlo. La paternidad no deja de ser una tarea que requiere responsabilidad y esfuerzo, sí. Pero no olvidemos que la paternidad nace del vínculo con quien decidimos ser padres, nuestra pareja; y del vínculo con la persona que decidimos cuidar, nuestros hijos o hijas. La paternidad es la capacidad de amar y vincularnos emocionalmente con nuestra pareja y con nuestra familia. Más que volvernos una herramienta de eficacia y desempeño para resolver problemas; la paternidad basada en el vínculo nos da la oportunidad de convertirnos en personas que aprenden a amar y cuidar.
Quizá la herencia más valiosa que un padre puede dejar no sea la fama, una propiedad ni una cuenta bancaria. Quizá sea mostrarle a su familia que el valor de una persona no depende de lo que produce, sino sobre todo de cómo ama, cómo cuida, cómo disfruta convivir y madurar junto a los suyos.



