Coyuntura económica y algo más
Quien confunde competitividad con suerte, termina llamando milagro a lo que otros construyeron con método…
Macraf
La reflexión de mi colaboración de la semana pasada puede resumirse en una pregunta incómoda: ¿podría México moverse hacia una socialdemocracia seria o estamos condenados a seguir confundiendo transferencias con desarrollo? La respuesta, por supuesto, es un no rotundo en las condiciones actuales. Pero hay una idea que conviene colocar al centro de la discusión: ningún modelo social funciona si antes no existe una economía competitiva que lo sostenga. Sin productividad, sin empresas fuertes, sin instituciones confiables, sin infraestructura y sin Estado capaz, la justicia social se convierte, como ya lo he dicho en otras ocasiones, en promesa; la redistribución, en clientelismo; y el bienestar, en discurso de temporada.
Por eso, quiero en esta ocasión ver qué está pasando en otros lados del mundo. Específicamente, quiero mirar a Singapur, que acaba de ser reconocido como el país más competitivo del mundo en el ranking internacional de competitividad del IMD 2026. Y no, no se trata de decir que México debe copiar a Singapur como si los países fueran recetas de cocina. Sería absurdo. Singapur es una ciudad-Estado, con una escala territorial, población, historia, ubicación geográfica e instituciones muy distintas a las nuestras. Y esas diferencias son justamente las que sirven para entender qué cosas sí importan cuando un país decide competir en serio.
Singapur no llegó ahí por ocurrencia, por aplauso o por conferencias mañaneras. Llegó porque entendió algo que en México seguimos evadiendo: la competitividad no es un lujo tecnocrático, es la base material del bienestar. Un país competitivo no es solo el que exporta más o atrae más inversiones; es el que crea un entorno donde producir, invertir, trabajar, innovar y planear a largo plazo resulta razonable. Eso exige gobierno eficiente, empresas dinámicas, infraestructura funcional y reglas claras. Exactamente lo contrario de la improvisación permanente en que vive la supuesta economía humanista de la T de cuarta.
Aquí aparece la primera lección para México: un Estado fuerte no es un Estado gritón. Un Estado fuerte no es el que amenaza empresarios, destruye instituciones, concentra poder o presume programas sociales como si fueran trofeos personales. Un Estado fuerte es el que funciona. El que regula bien. El que cobra bien. El que gasta bien. El que da certidumbre. El que construye infraestructura útil. El que no cambia las reglas cada vez que se le atraviesa una ocurrencia política. El que entiende que el desarrollo económico no se decreta: se construye.
Así lo entendió Singapur y, como resultado, generó un Estado capaz, profesional, predecible y obsesionado con resultados. México, en cambio, lleva años confundiendo Estado fuerte con Estado metiche, y soberanía con berrinche. La T de cuarta ha querido vender la idea de que basta con “poner primero a los pobres” para transformar al país. Pero si al mismo tiempo debilitas la salud, deterioras la educación, ahuyentas inversión, castigas la formalidad y conviertes los apoyos sociales en maquinaria política, no estás construyendo bienestar: estás administrando precariedad.
La segunda lección es que la competitividad exige confianza. Singapur ha hecho de la certeza institucional una ventaja. Quien invierte necesita saber que las reglas serán respetadas, que los contratos valen, que la regulación no dependerá del humor del gobernante y que el aparato público no actuará como extorsionador con sello oficial. En México, por el contrario, hemos normalizado que la inversión tenga que adivinar el ánimo del poder. Hoy una empresa puede estar en el discurso como aliada del desarrollo y mañana ser tratada como enemiga del pueblo si no aplaude lo suficiente.
Ese ambiente destruye competitividad. Y si bien nuestro país tiene ventajas enormes, como la ubicación geográfica, el tratado comercial de América del Norte, la base manufacturera, el talento joven y sectores exportadores consolidados, nada de esto puede reemplazar una estrategia de desarrollo. Estar cerca del mayor mercado del mundo ayuda; no saber aprovecharlo cuesta.
La tercera lección es que la infraestructura importa, pero la infraestructura útil, no la infraestructura de culto y por berrinche. Singapur convirtió su ubicación en una plataforma logística, comercial y financiera. Pensó puertos, aeropuertos, conectividad, educación, tecnología y servicios como parte de una misma estrategia. En México, en cambio, hemos gastado fortunas en obras faraónicas sin sentido y sin rentabilidad, solo por la nostalgia de alguien que vive en el pasado.
La cuarta lección es brutal para la 4T: la política social necesita una economía que la financie. Singapur no es una socialdemocracia nórdica, pero sí demuestra que un Estado puede intervenir, orientar, planear y construir capacidades sin destruir el mercado. Ahí está el punto. Un Estado inteligente no sustituye la creación de riqueza; la impulsa. No persigue a la empresa; la obliga a competir. No reparte para controlar; invierte para elevar capacidades. No usa a los pobres como escenografía electoral; entiende que la movilidad social exige educación, vivienda, salud, ahorro, empleo formal y productividad.
México ha hecho lo contrario demasiadas veces. Se presume “humanismo” mientras se deterioran servicios públicos. Se presume redistribución mientras se abandona la productividad. Se presume soberanía mientras se depende de Estados Unidos para exportar, recibir remesas, sostener cadenas industriales y contener presiones externas. Se presume bienestar mientras millones trabajan en la informalidad. Se presume transformación mientras el país cae en competitividad.
Y ahí está el dato que debería incomodar más que cualquier discurso: mientras Singapur encabeza el ranking mundial de competitividad, México se hunde en posiciones rezagadas. No porque nos falte potencial, sino porque desperdiciamos ventajas y el gobierno se empecina en una política económica que se pelea con la realidad un día sí y otro también.
La competitividad no se construye con frases épicas. Se construye cuando abrir una empresa no es un viacrucis; cuando contratar formalmente no es un castigo; cuando pagar impuestos trae servicios; cuando la escuela forma talento; cuando la policía protege; cuando los jueces resuelven; cuando los puertos funcionan; cuando la energía alcanza; cuando el gobierno no improvisa; cuando la inversión siente que puede quedarse.
Singapur no es perfecto. Ningún país lo es. También tiene tensiones, desigualdades, controles políticos y retos propios. Pero en términos de competitividad deja una enorme enseñanza: el desarrollo no ocurre por accidente. Se diseña, se administra, se evalúa y se corrige. Requiere disciplina, instituciones y una obsesión casi aburrida por hacer que las cosas funcionen.
México, en cambio, parece fascinado con la épica del discurso. Le encanta hablar de transformación, de pueblo, de soberanía, de justicia y de futuro. Pero cuando se revisan las bases de la competitividad, aparece el país real: inseguro, informal, burocrático, desconfiado, mal conectado, fiscalmente limitado y políticamente atrapado en ocurrencias.
La diferencia entre Singapur y México no es que allá tengan magia y aquí mala suerte. La diferencia es que allá entendieron que el Estado debe servir para construir capacidades, mientras aquí la T de cuarta ha usado al Estado para construir clientelas. Allá compiten con método; aquí improvisamos con propaganda. Allá diseñan futuro; aquí administramos resentimiento.
Antes de copiar modelos europeos o presumir transformaciones tropicalizadas, México tendría que aprender una lección mucho más básica: el progreso no se reparte por decreto; se construye con instituciones, trabajo, inversión, talento y reglas.
Singapur no improvisó. México tampoco debería hacerlo. Pero ¿qué se puede esperar de un gobierno que tiene como mantra fijo decir: “que no me vengan con el cuento de que la ley es la ley”?
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.
✒️ El apunte incómodo
No cabe duda de que el circo, el espectáculo llamativo, es el pilar favorito del populismo. Para muestra, basta ver qué ha sucedido en el show cómico-mágico-musical de cada mañana en Palacio, donde la corcholata mayor ha dejado claro en las últimas semanas que siempre habrá formas de aventar culpas, hacerse la víctima y, sobre todo, desviar las miradas.
Ella ya dejó claro que hay niveles en su gobierno. Que no se desgastará en mesas y reuniones sin sentido, como con la CNTE, por revoltosos —cuando no es época electoral, porque de lo contrario son aliados—, o con las madres buscadoras, porque, según la narrativa oficial, buscan desestabilizar al gobierno. Para eso están sus achichincles, perdón, sus floreros, perdón, sus secretarios de Estado.
¡Ah! Pero eso sí: si los señalamientos suben y son directos a ella, entonces hay que hacer control de daños y reconfigurar la narrativa. Ahí sí es importante que en el show salga la moda, la tendencia social y qué mejor forma de hacerlo que con la figura y el evento del momento: un pato, una inocente criatura que, por azares del destino y la vida, hoy se ha vuelto un símbolo.
Gracias a él, su familia hoy puede tener un poco más de ingreso. Increíble, sin duda, el gran cambio que pueden tener gracias a ese noble animal. Y eso es justamente lo que hay que poner en cámaras y reflectores oficiales, porque eso sí “vende”, eso la “humaniza”. Sentarse con una madre que no sabe si su hijo está o no vivo no deja nada: solo incomodidad y descontento. Para ella, por supuesto. Mejor que siga la fiesta y que gane la selección. Total, el país puede esperar…







