Coyuntura económica y algo más
Cuando el gobierno dice que no pasa nada, conviene revisar quién ya empezó a esperar…
Macraf
El anuncio de que Estados Unidos no buscaría renovar el T-MEC por un plazo amplio de 16 años, sino mantenerlo sujeto a revisiones anuales durante los próximos 10 años de vigencia, no significa que mañana se derrumbe la economía mexicana. Hay que decirlo sin exageraciones: no estamos frente a una crisis como la de 1994, no se va a caer de golpe la relación comercial de América del Norte y no veremos, de un día para otro, un colapso de exportaciones, inversión o empleo.
Pero que no venga una crisis no significa que no haya problema.
El riesgo real no es el derrumbe inmediato. El riesgo real es una economía más lenta, con capital más cauteloso, decisiones postergadas y sectores productivos operando bajo una incertidumbre anual que no ayuda a planear, invertir ni crecer. El tratado sigue, sí. El comercio continúa, también. Pero la certidumbre de largo plazo que México necesitaba para empujar una nueva etapa de inversión quedó debilitada.
Y eso importa mucho más de lo que el gobierno quiere aceptar.
Hoy, desde el discurso oficial, han repetido una y otra vez que “no pasa nada”, que la inversión no se detendrá y que, por lo menos durante los siguientes 10 años, no habría motivo para preocuparse. En parte tienen razón: el T-MEC no desaparece. Pero esa explicación está incompleta y, como casi siempre en la T de cuarta, lo incompleto sirve para maquillar lo incómodo.
La pregunta no es si seguirá llegando inversión. La pregunta correcta es: ¿qué inversión seguirá llegando?
Porque México presume récords de Inversión Extranjera Directa, pero cuando se revisa la composición del dato aparece la letra pequeña: alrededor del 93% corresponde a reinversión de utilidades y apenas cerca del 7% a nueva inversión. Es decir, en buena medida no estamos viendo una avalancha de capital nuevo que llega emocionado a construir el futuro mexicano; estamos viendo empresas que ya están aquí y reinvierten parte de lo que ya generaron.
Eso no es malo. La reinversión importa. Significa que muchas empresas no se han ido y que siguen encontrando razones para permanecer. Pero no alcanza. No alcanza para transformar la estructura productiva, no alcanza para elevar de manera sostenida la productividad, no alcanza para detonar el nearshoring que se prometió como si fuera lluvia automática de dólares y no alcanza para compensar un país que crece poco, invierte poco y desperdicia ventajas.
Entonces, cuando el gobierno dice que “la inversión no se va a detener”, habría que responder: perfecto, pero ¿seguiremos dependiendo de que reinviertan los que ya están? ¿Dónde está el capital nuevo? ¿Dónde están los proyectos grandes? ¿Dónde está la confianza suficiente para que una empresa decida construir una planta, ampliar una cadena de proveedores, traer tecnología, contratar personal y comprometerse con México durante los próximos 15 o 20 años?
Ahí es donde las revisiones anuales del T-MEC pesan. Una empresa no decide inversiones de largo plazo con el tratado bajo observación permanente. Una planta industrial no se construye pensando en el boletín de mañana. Una cadena regional no se integra con la duda de qué pasará en la siguiente revisión. El capital puede tolerar muchas cosas, pero no le gusta caminar sobre un piso que cada año puede moverse.
No se trata de pánico. Se trata de cálculo.
Y cuando el cálculo se llena de dudas, todo se vuelve más lento. La inversión se divide en etapas. Los proyectos se aplazan. Los comités de riesgo piden más información. Las matrices esperan señales. Algunos sectores aguantan mejor, pero otros —automotriz, autopartes, acero, aluminio, agroindustria, dispositivos médicos, electrónica y manufacturas altamente integradas con Estados Unidos— pueden operar con más cautela. No porque el tratado desaparezca, sino porque el horizonte ya no se ve tan limpio.
México necesitaba lo contrario: una señal fuerte de continuidad, estabilidad y confianza. Necesitaba decirle al mundo que América del Norte mantenía su integración productiva con reglas claras y largo plazo suficiente para aprovechar la relocalización de empresas. Pero en lugar de eso, el mensaje es más gris: el tratado sigue, pero cada año habrá revisión. No se rompe, pero se discute. No se cancela, pero se condiciona.
Y esa zona gris es peligrosa para un país que no crece lo que necesita.
El gobierno podrá insistir en que no hay crisis, y tendrá razón. Pero el problema de México no es solo evitar crisis. El problema es crecer lo suficiente para generar desarrollo, empleo formal, mejores salarios, mayor productividad y capacidad fiscal para sostener servicios públicos. Y ahí la incertidumbre sí pega, porque reduce el apetito por nuevas apuestas productivas.
Más aún cuando el país llega a este momento con la casa interna desordenada. La inversión no solo mira el T-MEC; también mira seguridad, energía, infraestructura, permisos, justicia, Estado de derecho, costos logísticos, calidad educativa, salud laboral y estabilidad regulatoria. Si afuera hay incertidumbre y adentro también, el atractivo de México se reduce, aunque sigamos teniendo ubicación geográfica, tratado comercial y cercanía con el mercado más grande del mundo.
Hoy más que nunca el reto lo tiene el gobierno mexicano. Si el entorno externo se vuelve menos claro, la obligación interna debería ser construir confianza. Pero la T de cuarta nunca ha entendido la economía más allá de las transferencias. Para ellos, el desarrollo parece reducirse a entregar apoyos, repetir que primero los pobres y presumir cifras desde el micrófono. Lo demás —productividad, inversión, competencia, formalidad, educación, salud, energía, seguridad jurídica— suele quedar subordinado a la narrativa.
Y esa es la contradicción más grave.
El gobierno quiere inversión, pero desconfía del inversionista. Quiere crecimiento, pero maltrata la productividad. Quiere competir en América del Norte, pero gobierna como si bastara con repartir dinero y culpar al pasado. Quiere presumir bienestar, pero el gasto desmedido en transferencias y caprichos pone en jaque sectores fundamentales como salud, educación, infraestructura y seguridad. Quiere desarrollo, pero utiliza el presupuesto para sostener clientelas antes que capacidades.
Si México quiere aprovechar el T-MEC incluso bajo revisiones anuales, la T de cuarta tendría que tirar mucho de lo que defiende. Tendría que aceptar que la empresa no es enemiga. Que el capital no es pecado. Que la certidumbre no es privilegio neoliberal. Que la productividad no se decreta. Que la energía debe ser suficiente y competitiva. Que los contratos se respetan. Que el Estado de derecho no estorba: sostiene. Que la política social no puede devorar el futuro productivo del país.
La pregunta es si lo harán o si pesará más la ideología de Palacio y Palenque.
Porque no estamos en 1994, y conviene repetirlo para no caer en dramatismos baratos. México tiene hoy un banco central autónomo, tipo de cambio flexible, reservas internacionales, mayor profundidad financiera y una integración comercial mucho más robusta. No es el mismo país ni la misma vulnerabilidad.
Pero tampoco se vale usar esa comparación para decir que todo está bien. Un país puede no colapsar y, aun así, perder oportunidades. Puede no entrar en crisis y, aun así, crecer poco. Puede no hundirse y, aun así, quedarse atrapado en la mediocridad. Ese ha sido demasiadas veces el drama mexicano: no nos caemos de golpe, pero avanzamos tan lento que el rezago se vuelve costumbre.
El T-MEC no se cae. La economía no se derrumba. No estamos cerca de una crisis como la de 1994. Pero tampoco hay el desahogo que México necesitaba para crecer más, atraer inversión nueva y construir desarrollo.
Lo que viene, si el gobierno no corrige, es una economía que camina con freno de mano: comercio que sigue, capital que duda, proyectos que esperan, sectores que calculan y oportunidades que se pierden sin hacer ruido.
Y cuando el capital fluye lento, el país también avanza lento.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.
✒️ El apunte incómodo
En estos días mundialistas se puso de moda una frase que resume ilusión, deseo y posibilidad: ¿y si sí?
¿Y si sí le ganamos? ¿Y si sí pasamos a la siguiente ronda? ¿Y si sí hacemos historia? La frase no nace de la certeza absoluta, sino de una esperanza posible. De mirar lo que tenemos, lo que somos, lo que falta y aun así animarnos a pensar que algo mejor puede ocurrir.
Pues bien, quizá deberíamos llevar ese “¿y si sí?” más allá del futbol.
¿Y si sí nos involucramos? ¿Y si sí empezamos a poner atención a lo que dice y hace el gobierno? ¿Y si sí nos importa el presupuesto, la educación, la salud, la seguridad, el T-MEC, la inversión, la deuda y el futuro del país? ¿Y si sí dejamos de vivir la política como pleito ajeno y entendemos que cada mala decisión termina llegando al bolsillo, a la escuela, al hospital, a la calle y al empleo?
Porque no basta con soñar que la selección avance. También habría que soñar —y trabajar— para que México avance. Y eso exige ciudadanos menos distraídos, menos resignados y menos dispuestos a comprar cualquier cuento oficial envuelto en bandera, pueblo y mañanera.
¿Se imaginan? ¿Y si sí logramos construir un país productivo, competitivo, educado, seguro y próspero? ¿Y si sí dejamos de conformarnos con no caer y empezamos a exigir despegar? ¿Y si sí ponemos a México entre las grandes potencias del mundo?
El problema es que eso no se gana en penales. Se gana involucrándonos.







