24 de octubre de 2026

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6 de julio de 2026

Soberbia cismática

La soberbia cismática de Lefebvre convirtió el apego a la tradición en desobediencia al Papa. El texto explica por qué Vaticano II no rompió la fe, sino su forma histórica.

Para Santo Tomás de Aquino, la soberbia está ligada a un excesivo amor a sí mismo, que puede distorsionarse de tres maneras: 1) respecto del bien mismo, atribuyéndose lo que no se posee; 2) respecto a las causas del mismo: atribuyéndose lo que se deriva de Dios, es decir, a los propios méritos y; 3) respecto al modo de poseerlo: aspirando a la singularidad con desprecio del prójimo.”

Convocado por San Juan XXIII y clausurado por San Pablo VI, el Concilio Vaticano II se llevó al cabo del 11 de octubre de 1962 al 8 de diciembre de 1965. Su objetivo principal fue modernizar y adaptar la Iglesia Católica al mundo contemporáneo.

Mons. Marcel Lefebvre fue un arzobispo francés muy respetado en la Iglesia preconciliar. Ante el Concilio, su postura fue de rechazo progresivo y articulado, sobre la libertad religiosa, el ecumenismo y la reforma litúrgica.

A pesar de que Lefebvre reconoció como acto jurídico válido el Concilio, nunca aceptó formalmente la autoridad magisterial del mismo. Esto lo llevó a construir una jerarquía episcopal propia sin mandato pontificio, lo que llevó a la consagración de cuatro obispos el 1 de julio de 2026.

El cisma está definido en el canon 751 del Código de Derecho Canónico de 1983 como “el rechazo de la sujeción al Romano Pontífice, o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometida.”

La premisa lefebvrista fundamental es que “el Concilio no puede ser interpretado en continuidad con la Tradición porque introdujo principios filosóficos – libertad, igualdad y fraternidad – provenientes de la Revolución francesa y del liberalismo ilustrado” que él entiende incompatibles con el catolicismo. Lefebvre no negaba que el Papa pudiese enseñar, sino qué, para él, había enseñado mal.

La Declaración Conciliar Dignitatis Humanae reconoce la libertad religiosa, fundada en la dignidad de la persona humana, independientemente de la verdad objetiva de la religión. El Magisterio se refiere a la libertad reconocida por el Estado, es decir, a que la autoridad civil no puede coaccionar a un ciudadano a creer o a no creer.

Respecto del Decreto Unitatis Redintegratio que promueve el diálogo con las comunidades cristianas separadas y reconoce en ellas elementos de santificación y de verdad, el Magisterio establece que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica, aunque hay elementos de santificación fuera de ella. La unidad de los cristianos es algo que se puede construir desde un plano de igualdad.

La Declaración Nostra Aetate reconoce los valores espirituales de religiones no cristianas. Evidentemente no podemos hablar de libertad religiosa y de libertad de conciencia si no se reconocen los elementos de verdad que contienen las enseñanzas del judaísmo, el islam, y el budismo y el hinduismo. Sólo así, es posible el diálogo entre los hombres.

La Constitución Lumen Gentium introdujo la doctrina de la colegialidad episcopal: el Colegio de Obispos, junto con el Papa y nunca sin él, son la autoridad suprema de la Iglesia. El Pueblo de Dios tiene una igualdad bautismal con los miembros de la jerarquía. El bautismo nos da personalidad jurídica dentro de la Iglesia y nos hace a todos, hijos de Dios.

Gadium et Spes adopta una visión positiva de la condición humana, sin negar la realidad del pecado original. La Iglesia acompaña el proceso histórico y reconoce la autonomía de las realidades temporales. Condena la guerra y las armas de destrucción masiva, lo que hace incompatible la doctrina de la guerra justa.

El cambio en la liturgia, el Novus Ordo Missae es la objeción más visceral y prácticamente más significativa para los lefebvristas, ya que para ellos implica una protestantización de la liturgia.

La Revelación sigue dándose en la historia. Cristo se revela en el día a día de la humanidad. Es importante entender que una cosa es el depósito de la fe y otra la forma en la que se enuncia. Trento y Vaticano II defienden el mismo depósito, aunque sus formulaciones se adaptan a contextos históricos distintos.

La paradoja irresuelta es que Lefebvre murió invocando obediencia al Papa de todos los siglos, para justificar su desobediencia al Papa de su tiempo. Lo mismo han hecho sus seguidores, al desconocer los múltiples llamados de León XIV previo a la pena de excomunión.

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