31 de octubre de 2026

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La mirada de las víctimas como pilar de una nueva civilización

Más allá de la IA, la encíclica de León XIV propone recuperar la mirada de las víctimas como camino para construir una civilización del amor y redimir la historia.

Un tanto provocador es decir que la encíclica Magnifica Humanitas no versa sobre la inteligencia artificial como los lugares comunes han apuntado, al menos no única ni centralmente. Propongo entonces verla como una invitación a trascender la cosa nueva y a fijar la mirada en el modo en el que ésta es acogida y puesta en diálogo con valores humanos como la dignidad, el bien común, la justicia y la paz.

Lo anterior significa ir más allá de lo aparente y observar como el papa León XIV nos coloca frente al reto de permanecer en el mundo y en lo humano de éste, a pesar de ser constantemente arrastrados hacia la vorágine tecnológica y deshumanizante, es decir, no se trata de confrontar sino de encontrar aquello que aún puede ser defendido.

En la propuesta que nos hace, León XIV habla sobre la construcción de la civilización del amor mediante la recuperación de la mirada de las víctimas entre otras cosas, y resulta del máximo interés esta idea ya que muchos filósofos han centrado en ella la posibilidad de una redención de la historia o, al menos, de un giro epistemológico para comprender la realidad y aproximarse a ella.

Tal es el caso de Walter Benjamin para quien, la historia sólo tiene sentido cuando en ella se detecta la semilla de lo que no fue pero que insiste en ser. Es decir, el pasado frustrado, para el filósofo alemán es aún más fuerte y edificante que la historia que transcurre en el presente pero sólo desde éste, el presente, puede uno dejarse interpelar por lo que nunca fue. Mirar a las víctimas y escuchar su voz contiene en sí mismo, la única real posibilidad de cambio y viraje de la historia, pues, al hacerlo, la redimimos.

Cuando en la encíclica se lee recuperar la mirada de las víctimas es inevitable pensar en que el por qué de esa exhortación hunde sus raíces hasta los cimientos de varios momentos en la historia en que no sólo se han acallado las voces de muchos sino que se les ha instaurado un nuevo relato o impuesto una nueva verdad que termina contándose como la oficial con tal de justificar el silencio y las muertes.

Las víctimas suelen ser invisibles, quedan en un segundo plano ante el paisaje triunfalista de las narraciones oficialistas, regresar a verlas y dejarse interpelar no sólo por su dolor sino por sus esperanzas fallidas es comprender que otra historia es posible y comenzar a construirla.

Byung Chul Han ha afirmado que la I.A. no crea nada nuevo pues trabaja con datos del pasado, con lo dado, con ello predice y calcula, pero no puede imaginar y menos, crear el futuro porque eso sólo es posible con el corazón humano. Esto abre un debate importante sobre el papel de la I.A. en procesos de recuperación de la memoria histórica pues si ésta sólo trabaja con lo que hay, con las piezas de relatos que ya fueron contados y aceptaos, jamás detectará esos vestigios ocultos que guardan dentro de sí el fermento de una nueva dirección. La I.A., diría Benjamin jamás redimirá ni a la historia ni a sus víctimas.

En cambio, mirar a las víctimas contiene la posibilidad de comenzar a edificar la civilización del amor pues permite profundizar en aquello que ellas guardan en su corazón y dejarse doler e interpelar por ello.

Las víctimas son el camino, no el efecto colateral. El cambio no es sólo reparación sino esperanza de un futuro sin violencia; se recuerda no para que no se olvide sino para que no se repita. De ahí nace la fuerza de la recuperación de la memoria contada a partir de quienes no tuvieron oportunidad de ser narrados como protagonistas. En este sentido, decía Benjamin hay que “cepillar la historia a contrapelo” para ser capaces de encontrar en el sentido contrario, aquello que pasó por alto, que se dejó de lado, que se enterró, que nunca fue visto.

El trasfondo de la invitación que nos hace la encíclica y que constituye la posibilidad de siempre estar atentos a los signos de los tiempos y ser capaces de dialogar con los acontecimientos se manifiesta más claramente cuando somos capaces de escuchar, con y desde el corazón, a los que sufren y se vuelven víctimas de la indiferencia y del odio. La forma de dialogar con el presente es entonces una capacidad para penetrar en éste y ver lo que no es evidente para, después, imprimir en ello, la posibilidad de ser aquí y ahora. Este es el reto de vivirnos en el momento presente.

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