Durante el último partido de la Selección Mexicana en este Mundial 2026, viví como muchos momentos cardiacos al querer que llegará el gol del empate. De un momento a otro, mi hijo de 10 años comenzó a llorar ante la frustración de que eso no sucediera. “Ya perdimos” afirmaba en lágrimas, y yo le decía que todavía no, pues faltaba el tiempo de compensación. Vimos a la Selección en su punto de máxima presión: el estadio lleno, anfitrión local, expectativas inmensas y la necesidad de armar la jugada decisiva. Al final nos quedamos con sentimientos encontrados: la tristeza de la derrota con el orgullo de la valiente perseverancia.
Todo este escenario me pareció una metáfora de lo que, curiosamente, nuestros hijos enfrentan diariamente en su desarrollo: el juego de la vida los pone en partidos difíciles, y nuestro trabajo como padres y madres es prepararlos para que puedan jugar con inteligencia, equilibrio emocional y resiliencia.
En el fútbol, cuando un jugador pierde la calma tras recibir una falta y reacciona agresivamente, sale de su «ventana de tolerancia» emocional y entra en la «Zona Roja» de la hiperexcitación, que es un estado de ánimo sobre estimulado de alerta, impulsividad y hostilidad. Lo mismo nos pasa a todos, y lo que podemos aprender con nuestros hijos es que tenemos un cerebro capaz de volver a la «Zona Verde» de tolerancia, que es un estado de calma, claridad mental, flexibilidad y capacidad de respuesta. Cuando un niño hace un berrinche o se bloquea porque está desregulado emocionalmente, nuestro papel no es penarlo con la tarjeta roja, sino ser la persona que le ayuda a tranquilizarse y a volver a la cancha de la tolerancia, tal como un director técnico calma y da seguridad a un jugador estrella antes de una tanda de penales. A esto le llamamos corregulación.
Tal vez uno de los mayores retos para nosotros es decidir cómo y cuándo intervenir. Un técnico rara vez entra a la cancha, pero sí vimos al director técnico de la selección brasileña, levantando del pasto y consolando a Vinícius Júnior luego de la eliminación de su selección. Esta es la esencia de la resiliencia: saber cuándo dar un «empujón» para que el otro tome decisiones y cuándo ser un «amortiguador» que sostiene.
Según Siegel y Payne, autores del Cerebro afirmativo del niño, el rol deamortiguador lo tomamos cuando nuestro hijo atraviesa una derrota escolar o una decepción, para estar presentes emocionalmente, validar su dolor y ofrecer consuelo, permitiéndoles sentir la frustración para que aprendan que son capaces de superarla. Amortiguar no es eliminar la dificultad, y nuestro rol no debería ser evitarles la frustración o las derrotas.
El rol de empujónlo tomamos cuando el niño necesita un impulso para arriesgarse: hablar con un maestro, pedir una disculpa o intentar una actividad nueva. Fomentar que lo intenten, que tomen el riesgo con nuestro apoyo detrás, construye la confianza necesaria para que descubran su propia capacidad.
Con ambos roles en el acompañamiento les enseñamos a integrar sus emociones. Al igual que la conexión entre compañeros en la cancha determina el resultado del partido, la calidad de nuestra relación con ellos es el determinante principal de su bienestar físico, emocional y social.
También podemos explicarles de una manera sencilla, que su cerebro tiene dos niveles que trabajan juntos, uno emocional que reacciona de manera impulsiva y otro racional por el que tomamos decisiones conscientes. Cuando en un equipo los delanteros atacan sin estrategia o los defensas cometen faltas, están actuando desde el nivel emocional. En cambio un cerebro emocionalmente integrado con la razón es como un equipo bien coordinado capaz de adaptarse a los retos posibles de lograr.
Recuerda: tú eres su base de seguridad; cuando ellos saben que siempre pueden volver a ti para recuperar su equilibrio y recargar fuerzas, se sentirán lo suficientemente seguros para volver a entrar al campo y seguir jugando.



