30 de octubre de 2026

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Dos Ave María que nunca lo fueron

La verdad sobre el Ave María de Schubert y la de Gounod: nunca fueron oraciones. Fue un negocio de partituras el que las volvió plegaria.

Hasta hace no mucho tiempo había un piano en la sala de todas las casas. No había televisión, ni radio, ni internet. La gente tenía que hacer su propia música. Y eran sobre todo las hijas de la casa quienes la hacían. Bordaban, leían, pero tocar el piano era parte central de su educación.

Eso generó un mercado enorme: había que proveer a esas jóvenes de partituras. Piezas no muy difíciles, de mediana dificultad, que sonaran bonito en una tarde de visitas. Los grandes compositores lo entendieron. El propio Bach compiló para su segunda esposa, Anna Magdalena, un librito con piezas fáciles. Y esa necesidad comercial es la que explica la historia de las dos Ave María más famosas de la humanidad, que nunca fueron Ave María.

    I. El himno de la cueva.

La primera es la de Franz Schubert. En abril de 1825, Schubert compone siete canciones sobre el poema épico La Dama del Lago, de Walter Scott. Se publican un año después como su Opus 52. La sexta de ese ciclo es Ellens Gesang III. La escena es esta: Ellen Douglas, la protagonista, vive escondida con su padre proscrito en una cueva de las Highlands escocesas, huyendo del Rey. No puede ir a la iglesia y le canta un himno a la Virgen para que la proteja.

Schubert no usa el inglés de Walter Scott. Usa la traducción alemana de Adam Storck. Y la letra empieza así: “Ave Maria! Jungfrau mild, erhöre einer Jungfrau Flehen…” Es decir: “¡Ave María! ¡Doncella clemente, escucha el ruego de una doncella!” Él mismo le escribe a su padre entusiasmado: “Expresé mi piedad en un himno a la Virgen y parece tomar cada alma y llevarla a la devoción”. Ese texto alemán es el original. No tiene nada que ver con la oración católica en latín “Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum…”. Solo coincide en las dos primeras palabras, por eso la confusión.

Schubert muere en 1828, a los 31 años. Y es después de muerto cuando viene el negocio. Como su melodía ya era famosísima y empezaba con “Ave María”, los editores de música religiosa de la época victoriana vieron la oportunidad de oro: si le cambiamos la letra alemana por la letra oficial del Ave María en latín, ya no la vendemos solo para el salón burgués, la vendemos para todas las iglesias, bodas y funerales del mundo católico. El arreglo se consolida entre 1830 y 1850. Y por eso se nota que no encaja bien la letra. Es un zapato de otro número metido a martillazos. Schubert compuso cada melisma y cada respiración para decir “Jungfrau mild”. Cuando le metes a la fuerza “Benedicta tu in mulieribus”, tienes que estirar una sílaba dos compases o comprimir cinco palabras donde él previó dos. Suena hermoso porque la melodía es divina, pero la letra va cojeando.

    II. La improvisación del suegro.

La segunda historia ocurre treinta años después, en París. En 1722, Bach había escrito para su hijo Wilhelm Friedemann «El Clave Bien Temperado», 48 preludios y fugas de máxima dificultad. Pero el primero de todos, el Preludio No.1 en Do Mayor, BWV 846, es el más sencillo y uno de los más bellos. Son solo arpegios quebrados para soltar los dedos. En 1852, Charles Gounod, el famoso compositor francés de las óperas «Fausto» y «Romeo y Julieta» está de visita en casa de su futuro suegro, Pierre Zimmerman, profesor de piano del Conservatorio de París. Zimmerman está en la sala tocando ese preludio de Bach. Gounod lo escucha y empieza a improvisar encima una tierna melodía, dulcísima, que parece haber estado ahí desde siempre. La titula «Méditation sur le Premier Prélude de Bach». La primera edición, de 1853, lleva un texto del poeta Alphonse de Lamartine. No tiene nada de religiosa. Pero su editor, Jacques Heugel, le ve el mismo negocio que a Schubert: “Quítale a Lamartine y ponle el Ave María en latín. Esto lo cantamos en todas las bodas del mundo”. En 1859 sale la edición definitiva con el texto de Ave Maria, gratia plena… Fue un bombazo planetario que dura hasta hoy.

Dos piezas convertidas en plegaria por razones comerciales. Un lied para una doncella escondida en una cueva escocesa y una improvisación en la sala del suegro, vestidas de iglesia para poder vender más partituras. 

Ni Bach ni Schubert se enteraron cuándo su música se volvió la oración católica más famosa del mundo.Ya hacía tiempo habían muerto.

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