
Eduardo López Chávez
Economista y consultor experto en economía, política y administración pública, fundador de El Comentario del Día.
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Si gastar sin control resolviera los problemas, la pobreza ya sería historia…
Macraf
Así lo dijo la corcholata mayor: “Ese es un gran principio y saben que ahora que estamos con esta nueva situación frente al gobierno de los Estados Unidos que puede poner aranceles y todo esto que ya sabemos, saben qué va a salvar a México, que hay Cuarta Transformación y que el principio es por el bien de todos, primero los pobres. Y cómo hacemos eso, pues evidentemente con los programas de bienestar. Primero, sin los programas de bienestar no tendríamos la situación económica que tiene México.”
Y según afirmó, los programas sociales equivalen a más de 800 mil millones de pesos. La pregunta obligada es: ¿sabe la pseudo emperatriz de dónde viene el dinero? ¿O acaso cree que surge por generación espontánea y es infinito? Una vez más queda claro que, si hay alguien que ignora cómo funciona la economía, está en Palacio Nacional.
Es cierto que los programas sociales han sido una de las banderas más importantes de la autodenominada “transformación”. También es cierto que son completamente deficitarios: dependen enteramente del presupuesto anual, lo que significa que su financiamiento proviene de dos fuentes ineludibles: los impuestos o la deuda.
El tabasqueño juró y perjuró que no aumentaría la deuda, pero la realidad contó otra historia: el endeudamiento creció significativamente durante su sexenio. Ahora, si no se quiere recurrir nuevamente a los mercados financieros para seguir gastando sin freno, el dinero tiene que venir de la recaudación.
Aquí entra el problema: la pseudo emperatriz no parece haber entendido cómo funciona la economía. Cree que los aranceles impuestos por Estados Unidos solo dañarán a los consumidores de aquel país, pero ignora que también impactarán de este lado del río Bravo. Si las empresas mexicanas pierden competitividad, venden menos, producen menos y, por lo tanto, pagan menos impuestos.
Menos impuestos significan menos dinero disponible para programas sociales. Y si las empresas comienzan a recortar costos, habrá despidos y más desempleo, reduciendo aún más la base de contribuyentes cautivos. En otras palabras, el gobierno perderá recursos mientras la economía se desacelera.
Cuando analizamos el ciclo que está por venir, solo encontramos más deuda, menor recaudación, más desempleo y un problema económico agravado. Es decir, para que lo entienda la moradora de Palacio: el impacto de los aranceles afecta directamente la sostenibilidad de los programas sociales.
Pero claro, el florero de Hacienda tampoco parece tenerlo claro. Y cuando la política económica se basa en gastar a ojos cerrados sin importar el día de mañana, lo único que queda es aceptar que en el corto plazo se avecina una crisis de deuda. Pero poco se puede esperar de ellos, cuando el gran intelecto de la Transformación de Cuarta dicta la necesidad de gastar sin límite, con el único objetivo de mantener el populismo vivo, sin importar que el país se ahogue en obligaciones impagables.
Ya estamos en un nivel de deuda superior al 50% del PIB, con un margen de maniobra limitado. Pero antes que todo está el populismo, antes que todo está el poder. Antes que el bienestar y la calidad de vida de los ciudadanos, está el movimiento político que los llevó a la silla presidencial en Palacio.
Eso sí, hay que reconocerles algo: su eslogan nunca tuvo tanto sentido. “Por el bien de todos, primero los pobres”, efectivamente, porque serán los primeros en pagar las consecuencias.
Así, así los tiempos estelares del segundo piso de la transformación de cuarta.