Coyuntura económica y algo más
La economía aguanta… hasta que el miedo cobra intereses.
Macraf
Iniciamos el año y retomamos el análisis, con una pregunta que no suena bonita, pero es la que manda: ¿con qué ánimo llega México a 2026? Porque los discursos siempre llegan motivados; el problema es que los indicadores, esos ingratos, no aplauden. Y si algo deja claro el arranque del año es esto: la inflación se empieza a comportar, sí, pero la confianza —la de familias y empresas— sigue comportándose como si ya hubiera visto la película completa… y no le gustó el final.
Arranquemos por el dato que muchos van a querer usar como bandera: en diciembre de 2025 la inflación general anual fue 3.69%. Suena a alivio y, en parte, lo es. Pero el detalle que separa la realidad del aplauso es la inflación subyacente: 4.33% anual. Es decir, lo que más refleja la dinámica persistente de precios sigue arriba. No es poca cosa: para el hogar promedio, la subyacente es el “costo de vida” que no se negocia con narrativa. En el mismo diciembre, la inflación mensual fue 0.28%; la subyacente subió 0.41% y la no subyacente cayó -0.16%. En español: lo volátil dio tregua, pero lo que se queda pegado al bolsillo todavía no cede del todo.
Y mientras el consumidor respira por un lado, el productor está leyendo otra historia: el INPP total (incluido petróleo) creció 2.06% anual en diciembre de 2025, con un avance mensual de 0.47%. Esto importa porque revela presiones en la cadena de costos: aunque el productor no está “incendiado” como en episodios anteriores, tampoco está en modo “todo barato”. Traducido a economía real: si a los costos les da por rebotar —por logística, por energía, por insumos—, parte de esa presión termina intentando colarse a precios finales o, si no puede, se convierte en márgenes más delgados, menos inversión y más cautela para contratar.
Ahora, el segundo eje del arranque 2026: el crecimiento esperado. Aquí no hay maquillaje que aguante. El consenso de analistas mantiene una expectativa de crecimiento del PIB de 0.4% para 2025 y proyecta 1.3% para 2026. En una economía como México, 1.3% no es “avance”: es supervivencia administrada. Es el tipo de crecimiento que no alcanza para cerrar brechas de productividad, ni para reducir informalidad, ni para mejorar competitividad. Y si el país no acelera inversión —pública y privada—, 2026 se vuelve ese año donde todo “sigue funcionando”… pero nada mejora.
En política monetaria, el mercado ya se acomodó a la idea de recortes graduales. El consenso prevé el próximo recorte de 25 pb a la tasa de Banxico en mayo y ubica la tasa de política monetaria para el cierre de 2026 en 6.50%. El tipo de cambio esperado para el cierre de 2026 se mantiene en 19.00 pesos por dólar. Estos dos números juntos son el termómetro del riesgo: el mercado no está anticipando un derrumbe, pero tampoco una fiesta. Está anticipando un México con tasas aún relativamente altas para “cuidar” la inflación y con un peso estable, sí, pero estable bajo vigilancia: si el entorno global se complica o si aquí se insiste en meter incertidumbre institucional, esa estabilidad se cobra con prima.
Y aquí entra la parte incómoda (sin convertirla en mitin): la confianza es la gasolina de la inversión, y 2026 está arrancando con olor a tanque medio vacío. Las familias no se sienten holgadas y las empresas no se sienten seguras. La confianza del consumidor cerró diciembre de 2025 en 44.7 puntos: subió 0.6 respecto a noviembre, pero cayó -2.4 anual. Es el clásico “mejor tantito, pero peor que antes”. Y dentro del mismo indicador, el componente sobre la situación económica esperada del país está en 44.4 puntos, con una caída anual mucho más dura. Cuando el consumidor cree que el país viene peor, se vuelve conservador: gasta menos, pospone compras grandes, se endeuda con miedo o se endeuda caro.
Del lado empresarial, el mensaje también es claro: el Indicador Global de Opinión Empresarial está en 48.5 puntos y acumula 10 meses por debajo del umbral de 50.0. Eso, en términos sencillos, es un “no estoy convencido” sostenido. Y no se trata de pesimismo caprichoso: construcción, comercio y servicios traen lecturas igualmente débiles; incluso en sectores donde debería notarse dinamismo, la lectura dominante es cautela. La inversión no se decreta; se decide. Y se decide con reglas claras, instituciones confiables y costos predecibles.
Ahora, añade un elemento que muchos prefieren ignorar porque es políticamente útil: las remesas ya no están creciendo como si fueran garantía eterna. En noviembre de 2025 entraron 5,125 millones de dólares por remesas, una reducción anual de -5.7%. En el acumulado enero–noviembre de 2025 sumaron 56,469 millones, -5.1% anual. Para miles de hogares, esto no es estadística: es el margen con el que se paga renta, escuela o comida. Si ese flujo se enfría, el consumo en regiones receptoras pierde piso. Y cuando el consumo pierde piso, el comercio local, los servicios y parte del empleo informal sienten el golpe antes que nadie.
Con este tablero, 2026 no se ve como el año del “despegue”, sino como el año de las decisiones costosas. La moradora de palacio puede elegir entre dos rutas: la fácil (más narrativa, más control, más parches) o la que duele pero sirve (certeza institucional, reglas estables, señales pro-inversión, respeto a contrapesos y una agenda seria de productividad). Porque el aumento salarial por sí mismo puede ser justicia en el papel, pero si no viene acompañado de inversión y productividad, también puede convertirse en presión para el empleo formal, para precios de servicios y para la competitividad de sectores que compiten centavo a centavo.
El punto es simple: México arranca 2026 con inflación más contenida, sí, pero con crecimiento chiquito, confianza frágil y señales de enfriamiento en ingresos clave de hogares. Eso no significa desastre inevitable; significa advertencia clara. Y las advertencias, cuando se ignoran, suelen regresar convertidas en factura… con intereses.
“Así, así los tiempos estelares del segundo piso, de la transformación de cuarta.”
✒️ El apunte incómodo.
Las amenazas de Trump de “hacer algo” contra los cárteles no nacen de la nada. Nacen de un vacío. Y el vacío no es diplomático: es de Estado. La moradora de palacio repite, una y otra vez, que no hay subordinación, que no es cierto que la delincuencia gobierne México, que aquí manda el gobierno. El problema es que la realidad no se disciplina con conferencias. Y mientras desde Palacio se insiste en tapar el sol con un dedo, los escándalos siguen saliendo como si fueran boletines: nexos, personajes, cercanías, silencios sospechosos, y una camarilla de Morena a la que siempre le “tocó” alguien equivocado, casualmente, demasiadas veces.
Lo más grotesco es el argumento “técnico” con el que intentan evadir el tamaño del desastre: que lo de México no es terrorismo, que los cárteles no son terrorismo, porque sus acciones “no van contra el gobierno”. De verdad hay que explicarlo así de básico: los actos terroristas buscan desafiar al gobierno sembrando miedo en la población. Su objetivo directo es la gente para doblegar al Estado. Y si alguien cree que eso no pasa en México, que salga del discurso y se asome a la calle: extorsión, control territorial, cobro de piso, desplazamientos, ejecuciones, reclutamiento, y comunidades enteras que solo buscan sobrevivir sin meterse en problemas… aunque el problema viva ahí mismo.
Más vale que la corcholata mayor lo entienda —y rápido—: no se puede gobernar negando. No se puede combatir lo que primero se minimiza. No se puede exigir respeto internacional cuando por dentro el país huele a miedo y a complicidades. Y no, nadie en su sano juicio quiere una invasión, ni celebrar que otro país venga a “arreglar” lo que nosotros no hemos podido o no hemos querido arreglar. Pero ojo: tampoco hay un solo mexicano decente dispuesto a festejar la parálisis. Nadie está pidiendo bandera extranjera; lo que se exige es Estado. Lo que se exige es acción real, inteligencia, coordinación, castigo, ruptura de pactos, y una estrategia que deje de proteger narrativas y empiece a proteger personas. Porque si el gobierno insiste en fingir que “no pasa”, el mundo —y Trump en particular— no lo va a leer como dignidad. Lo va a leer como debilidad. Y en geopolítica, la debilidad siempre tiene quien la “aproveche”.



