El mayor dilema ético al que no sólo la UNAM sino todas las escuelas y universidades se enfrentan no es sobre si la presencialidad es mejor que la virtualidad sino si la I.A. nos hace mejores o peores personas porque antes de formar filósofos, abogados o ingenieros, las universidades forman personas y esto incluye una metodología que dista mucho de los algoritmos y de los prompts.
El escándalo y la indignación resultantes de los altos índices de “aprobados” en el examen de admisión de la UNAM asomó apenas la punta del iceberg de un problema mayúsculo donde la I.A. es uno secundario y la ética del rostro humano, el principal.
¿Qué hacer cuando se ha reconocido que las cifras de admitidos son exorbitantemente altas? ¿dar marcha atrás, anular y rehacer? ¿cómo calibrar ek impacto de la I.A. en el conocimiento medible, teórico, metodológico y memorístico? ¿será que necesitamos aprender a enseñar y medir el aprendizaje de otros modos más afines a la realidad y menos a los textos? Todas estas preguntas carecen de respuesta y conviene que sea así, porque versan sobre conceptos o nociones sobre el deber ser, el ideal, lo esperado, lo universalmente válido… pero en la vida nada es ideal y las cosas no salen como nos las imaginamos, ¿cómo enfrentar entonces un problema de semejantes dimensiones?, es acaso realmente ¿un problema?
Después de años de debatir en consejos, aulas, salones de juntas y pizarrones los beneficios y los riesgos de la I.A. en la educación, las predicciones no sirvieron de mucho y la realidad se impuso como suele hacerlo.
Si algo podemos hacer ahora es sólo aprender de lo sucedido. Personalmente me resisto a llamarlo como un “error” de la Universidad y sus autoridades, pienso que más bien fue la consecuencia directa de tanto pensar la I.A. y no verla en operación.
La primera lección que este caso debe dejarnos consiste, pues, en asumir que los cálculos no son exactos y menos cuando irrumpe la novedad en la vida diaria. Lo que antes era no lo es más, como se concebía la vida otrora tampoco, lo que queda es mirar de nuevo y desde cero la realidad y aprender a que la vida está abierta siempre y es dinámica por esencia. En tiempos del “no va a pasar”, las cosas pasan, por más inverosímiles que parezcan y ante ello, lamentarnos es inútil, hay que ponerse a la par y hacer frente a las situaciones nuevas con la misma novedad con la que ellas aparecen, con creatividad y valentía.
Lo sabio no es rehacer el examen porque presencial o no, el que quiere saltar del otro lado, encontrará el cómo. Tal vez la respuesta no sea haciendo “otro” examen, tal vez la respuesta esté en que la educación es un derecho humano y por ende, todos tienen acceso, habrá quienes lo aprovechen y habrá quienes no, pero ese será problema de quien en la vida siga pensando que las respuestas a sus desafíos las tiene Chat Gpt.
Una segunda lección que debemos aprender es que cuando algo está sospechosamente “bien” la duda tiene la última palabra. El poco margen de error en el examen levantó la duda sobre si los estudiantes habían acertado realmente o tomado la respuesta correcta de algún lugar. Los seres humanos no somos perfectos y, ¡qué bueno que sea así!
Recuperar la belleza de nuestra imperfección no sólo nos regula socialmente sino que nos descubre que es errando que vamos aprendiendo. Cada error es una oportunidad de vida, un camino para emprender algo nuevo y probar de otra forma.
El miedo al error es un tabú que hemos construido socialmente y por eso acudimos a la perfección como meta. Aceptar la inteligencia humana como limitada, en cambio, nos abre a la posibilidad de experimentar crecimiento y desarrollo. ¡Cuántos inventos útiles no se han descubierto “por equivocación”!. Dejemos de castigar el error y las tentaciones a la perfección irán disminuyendo también.
Una última lección que nos deja este caso es el hecho de que la I.A. cuando se usa para mal, homogeneiza y genera aún más injusticia, pero no es la I.A. por si misma sino los usos que hagamos de ella y, por ende, seremos nosotros mismos los que no seremos justos pues la I.A. no discierne, no descubre la novedad en la singularidad, por el contrario, uniforma y se olvida de circunstancias particulares que hacen que cada persona sea, en sí misma, única.
No se trata de encontrar al culpable y tampoco de que paguen justos por pecadores, se trata de recuperar formas y modos de impulsar el potencial único que cada quien tiene y por eso un examen no es suficiente, hay que integrar más elementos, esos que no vendrán de una respuesta elaborada con I.A. Esos que sólo el corazón humano entiende.



