La guerra en Oriente Medio volvió a mover el tablero económico global y obligó al Fondo Monetario Internacional a replantear sus previsiones. El organismo advirtió que el conflicto ya frenó el impulso con el que arrancaba 2026 y que, incluso en un escenario relativamente benigno, la economía mundial crecerá menos, enfrentará más inflación y navegará con mayores tensiones financieras.
Antes del estallido bélico, el entorno apuntaba a una mejora del crecimiento global hasta 3.4%. Esa expectativa ya quedó atrás. El nuevo escenario base del FMI, construido bajo la hipótesis de un conflicto de corta duración y un aumento moderado de 19% en los precios de las materias primas energéticas durante 2026, coloca el crecimiento mundial en apenas 3.1% este año y la inflación general en 4.4%. Es una desviación clara respecto de la trayectoria desinflacionaria que venía observándose en los últimos años.
El problema central está en la energía. El cierre del estrecho de Ormuz y los daños a instalaciones clave de hidrocarburos en la región abrieron la posibilidad de una crisis energética de mayor escala si las hostilidades se prolongan. El golpe económico opera, en esencia, por tres vías: encarecimiento de materias primas, deterioro de expectativas inflacionarias y endurecimiento de condiciones financieras.
El primer canal es el más inmediato. Cuando suben los precios de la energía, aumentan también los costos de producción y transporte, se tensan las cadenas de suministro y se erosiona el poder adquisitivo de hogares y empresas. El segundo canal es más delicado: si trabajadores y empresas intentan recuperar lo perdido, puede activarse una espiral de precios y salarios. El tercero pasa por los mercados: activos más baratos, primas de riesgo más altas, salidas de capital y un dólar fortalecido, todo lo cual enfría todavía más la demanda.
El FMI dibuja tres posibles rutas para la economía mundial:
- Escenario base: crecimiento de 3.1% e inflación de 4.4%
- Escenario adverso: crecimiento de 2.5% e inflación de 5.4%
- Escenario grave: crecimiento de 2.0% este año y el próximo, con inflación por encima de 6%
La diferencia entre un escenario y otro depende de la duración del conflicto, de la rapidez con la que se normalicen la producción y el transporte de energía, y de si las expectativas de inflación logran mantenerse bajo control. Aun con un cese al fuego temporal, el organismo advierte que parte del daño ya está hecho y que los riesgos siguen claramente cargados a la baja.
El impacto tampoco será parejo. Los países importadores de energía quedan más expuestos, sobre todo las economías de ingreso bajo y en desarrollo con reservas limitadas y mayor fragilidad financiera. Pero el golpe no se limita a ellos. Los exportadores del Golfo también resentirán daños por infraestructura afectada, interrupciones productivas, restricciones a la exportación y menor actividad turística y empresarial. A eso se suma un efecto indirecto que suele pasar menos al frente: la caída potencial de remesas hacia países que envían trabajadores migrantes a la región.
El análisis también introduce una diferencia importante respecto de la crisis energética de 2022. En aquel momento, la inflación ya venía inflada por desequilibrios entre oferta y demanda, escasez de mano de obra y abundante liquidez. Hoy, las presiones subyacentes son más moderadas, pero el problema no ha desaparecido. Los niveles de precios más altos dejaron una sensibilidad mayor al costo de vida, y eso vuelve más vulnerable el anclaje de expectativas ante nuevos choques.
De ahí que la respuesta de política económica exija más precisión que reflejo. En política monetaria, el FMI considera que los bancos centrales pueden evitar reaccionar de inmediato a un alza de energía, pero solo mientras las expectativas inflacionarias permanezcan bien ancladas. Si comienzan a deteriorarse de forma visible, la prioridad vuelve a ser restaurar la estabilidad de precios, incluso a costa de un crecimiento más débil en el corto plazo.
En política fiscal, el mensaje es todavía más directo: evitar subsidios generalizados, topes de precios y medidas amplias que terminan siendo caras y poco eficaces. La recomendación es ofrecer apoyos focalizados y temporales, con salida clara, sin chocar con la política monetaria ni deteriorar más el ya limitado margen fiscal. El organismo también insiste en preservar la señal de precios, porque esconder la escasez con controles o restricciones solo desplaza el problema y puede agravarlo.
El fondo del mensaje es incómodo, pero bastante claro. La guerra no solo ensombreció las perspectivas económicas mundiales; también recordó que la economía global sigue siendo altamente vulnerable a los choques geopolíticos y energéticos. El daño puede mantenerse acotado, sí, pero solo con políticas acertadas, cooperación internacional y una desescalada real que permita reabrir rutas clave para el suministro energético. Mientras eso no ocurra, el crecimiento global tendrá menos impulso y más sombras.



