México enfrenta una combinación cada vez más incómoda para su política económica: una economía que ya se contrajo al arranque de 2026, un nuevo choque energético externo y una inflación que podría tardar más en ceder. En ese contexto, Goldman Sachs advirtió que el país entra en una especie de “tormenta perfecta”, porque el deterioro interno coincide con un repunte del petróleo que no necesariamente juega a favor de la economía mexicana.
El punto de partida ya era frágil. En el primer trimestre de 2026, el PIB cayó 0.8% trimestral y apenas avanzó 0.2% anual. La debilidad, además, fue amplia: las actividades primarias retrocedieron 1.4%, las secundarias 1.1% y las terciarias 0.6% frente al trimestre previo. Es decir, México no llegó debilitado a este nuevo episodio petrolero por accidente; ya venía perdiendo tracción antes del nuevo encarecimiento energético.
Sobre esa base, Goldman Sachs proyecta para México una inflación de 4.5% en 2026, con riesgos al alza si el choque petrolero sigue trasladándose a otros eslabones productivos. El banco parte de una idea sencilla: cuando una economía ya está creciendo menos y, al mismo tiempo, enfrenta más presión por energía, combustibles e insumos, el margen para reaccionar con política monetaria o con apoyos fiscales se estrecha.
El problema no se limita al precio de la gasolina. El encarecimiento del crudo derivado de la tensión en Ormuz también presiona fertilizantes, químicos, petroquímicos, plásticos y otros insumos industriales. Eso termina filtrándose al campo, a la manufactura y al consumo. El riesgo, por tanto, no es solo un petróleo caro, sino una cadena de costos más pesada para sectores productivos que ya venían resentidos por el enfriamiento económico.
Ahí está la parte más incómoda para México. El país exporta petróleo, sí, pero también importa combustibles y depende de derivados energéticos para buena parte de su actividad productiva. Por eso el alza del crudo no opera como una ganancia automática. La lectura de Goldman Sachs es que México queda atrapado en un escenario mixto: puede recibir algo de alivio por precios más altos en la mezcla, pero al mismo tiempo enfrenta más inflación, mayores costos industriales y menor margen de maniobra macroeconómica.
La comparación con otros países de la región ayuda a entender mejor esa diferencia. Economías como Brasil, Colombia y Argentina pueden beneficiarse más claramente del repunte energético porque su perfil exportador les permite capturar una parte mayor de ese choque favorable. México, en cambio, no entra limpio en ese grupo. Su posición energética es más ambigua y por eso el alza del petróleo puede terminar pesando más en precios y actividad que en una mejora neta del panorama.
El mercado local ya empezó a reflejar ese deterioro. En la encuesta de abril, los especialistas del sector privado recortaron su expectativa de crecimiento para 2026 de 1.44% a 1.35% y elevaron la inflación general esperada de 4.22% a 4.37%. Es decir, incluso fuera de Goldman Sachs, el ajuste de expectativas ya va en la misma dirección: menos crecimiento y más presión inflacionaria.
Ese es el fondo de la advertencia. La “tormenta perfecta” no describe solo un petróleo más caro. Describe una economía que ya tropezó, una inflación que puede contaminar más sectores y una política económica obligada a reaccionar con menos espacio. Para México, el problema no es únicamente que suba el crudo; el problema es que ese aumento llegó cuando el crecimiento ya estaba perdiendo piso.



