23 de octubre de 2026

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El Mundial no puede tapar al México real

El Mundial 2026 puede proyectar una gran imagen de México, pero no debe servir para maquillar inseguridad, desigualdad, servicios deficientes y falta de rendición de cuentas.

México volverá a estar en el centro del mundo futbolístico. El 11 de junio de 2026, la Selección Mexicana abrirá el Mundial contra Sudáfrica en el Estadio Azteca, hoy llamado Mexico City Stadium para efectos del torneo. Además, México será sede junto con Estados Unidos y Canadá de la edición más grande en la historia de la Copa del Mundo, con 104 partidos repartidos en 16 ciudades. En nuestro país, las sedes serán Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.

Hasta ahí, todo suena histórico. México será el primer país en recibir tres Copas del Mundo. La imagen es poderosa: estadios llenos, turistas, camisetas, himnos, cámaras internacionales y discursos oficiales sobre orgullo nacional. Pero justamente ahí empieza el problema. El Mundial puede ser una fiesta deportiva, pero no debería convertirse en una cortina para esconder lo que el país no ha querido resolver.

Porque México no necesita demostrar que sabe organizar eventos grandes. Eso ya lo ha hecho. Lo que necesita demostrar es que puede construir ciudades más seguras, más ordenadas y más justas para quienes viven aquí todos los días, no solo para quienes vienen tres semanas a ver futbol. La pregunta incómoda no es si el país está listo para recibir al mundo. La pregunta es si el país está listo para responderle a sus propios ciudadanos.

Durante los próximos meses veremos calles arregladas, zonas turísticas vigiladas, aeropuertos adornados, campañas de promoción y un discurso casi obligatorio de entusiasmo. Se hablará de derrama económica, de ocupación hotelera, de visitantes internacionales y de la oportunidad de mostrar “lo mejor de México”. Pero ese lenguaje suele olvidar algo básico: un país no mejora porque lo miren desde fuera. Mejora cuando sus instituciones funcionan hacia adentro.

El riesgo es que el Mundial termine siendo usado como una escenografía. Se pinta lo visible, se limpia lo fotografiable y se invierte en lo que puede aparecer en televisión. Mientras tanto, muchos problemas siguen igual: transporte público saturado, inseguridad, desigualdad urbana, informalidad, servicios deficientes y una brecha enorme entre las zonas que se preparan para recibir turistas y las colonias que seguirán viviendo con carencias después del último partido.

No se trata de estar en contra del Mundial. El futbol importa. Une, emociona y forma parte de la identidad de millones de mexicanos. El problema es cuando la emoción se usa para evitar la crítica. Celebrar el Mundial no debería exigir apagar el juicio. Al contrario, un evento de esta magnitud debería obligarnos a preguntar quién gana, quién paga, quién queda fuera y qué quedará cuando se vayan los visitantes.

También conviene desconfiar de la idea de que todo gran evento trae desarrollo por sí solo. La derrama económica puede existir, pero no necesariamente se reparte de forma justa. Hoteles, aerolíneas, patrocinadores, constructoras, restaurantes y plataformas de hospedaje suelen capturar buena parte del beneficio. Para muchos trabajadores, en cambio, el Mundial puede significar empleos temporales, jornadas más pesadas, precios más altos y una ciudad más cara.

Ahí está una de las contradicciones más claras. Se vende el Mundial como una oportunidad nacional, pero muchas veces sus beneficios son privados y sus costos son públicos. Si hay inversión en infraestructura, seguridad o promoción, debe explicarse con transparencia. Si se gastan recursos públicos, debe decirse cuánto, en qué y para beneficio de quién. El entusiasmo no puede sustituir la rendición de cuentas.

México tiene derecho a celebrar. Pero también tiene derecho a exigir. El Mundial debería ser una oportunidad para mostrar cultura, hospitalidad y pasión, sí, pero también para discutir el tipo de país que queremos ser. Uno que maquilla sus problemas para verse bien ante las cámaras, o uno que aprovecha la atención internacional para mejorar de verdad.

El futbol puede llenar estadios, pero no puede llenar los vacíos institucionales. Puede emocionar a un país, pero no puede resolver la inseguridad, la desigualdad ni la falta de planeación urbana. Puede darnos una imagen poderosa por unas semanas, pero no puede reemplazar un proyecto serio de desarrollo.

Por eso, antes de repetir que “el mundo tendrá los ojos puestos en México”, habría que completar la frase: también México debería ponerse los ojos encima a sí mismo. Porque el Mundial pasará. Las cámaras se irán. Los turistas regresarán a sus países. Y cuando eso ocurra, lo único que realmente importará será si quedó algo más que fotos, discursos y estadios llenos.

Columnas de opinión

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