20 de octubre de 2026

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Sustentabilidad en el Mundial 2026: Estrategias y huella de carbono

Descubre cómo la FIFA y las sedes de Norteamérica buscan mitigar la huella de carbono en el torneo de 2026 mediante clústeres regionales y energías renovables este 19 de mayo.

El Mundial de 2026 será el torneo más grande en la historia de la FIFA, pero también uno de los más incómodos desde el punto de vista ambiental. Tendrá 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades sede repartidas entre México, Estados Unidos y Canadá. En términos deportivos suena espectacular; en términos climáticos, parece diseñado por alguien que confundió sustentabilidad con acumular millas de viajero frecuente.

La Copa del Mundo siempre ha implicado una enorme movilización de personas, mercancías, transmisiones, patrocinadores y servicios. La diferencia en 2026 es la escala. El torneo no se jugará en un solo país ni en una región compacta, sino a lo largo de Norteamérica, con distancias enormes entre sedes como Vancouver, Ciudad de México, Miami, Los Ángeles, Toronto o Nueva York/Nueva Jersey. Esa amplitud convierte al transporte aéreo en el gran villano ambiental del evento.

El principal problema no será la construcción de estadios nuevos, como ocurrió en otros mundiales, sino la movilidad. El uso de infraestructura ya existente reduce parte del impacto asociado al acero, concreto y grandes obras, pero no elimina la huella generada por vuelos internacionales, traslados internos, hospedaje, consumo energético, alimentos, residuos y operación de los estadios.

Las principales fuentes de emisiones serán:

  • vuelos internacionales de aficionados, selecciones, prensa y personal operativo;
  • traslados internos entre ciudades sede;
  • hospedaje y operación hotelera;
  • consumo energético en estadios, centros de prensa y fan festivals;
  • producción, transporte y venta de alimentos y mercancía;
  • residuos generados por millones de asistentes;
  • operación de seguridad, logística y transmisiones.

La propia FIFA sostiene que su estrategia de sustentabilidad busca medir y mitigar el impacto climático del torneo, además de trabajar en eficiencia energética, manejo de residuos, infraestructura sostenible y acciones alineadas con objetivos ambientales. Su discurso institucional va por el camino correcto: medir, reducir y reportar. El problema, como siempre, será demostrarlo con resultados y no solo con comunicados bien planchados.

Ahí aparece la crítica más fuerte. Un análisis de Scientists for Global Responsibility, junto con otras organizaciones ambientales, estimó que el Mundial 2026 podría generar alrededor de 9.02 millones de toneladas de CO₂ equivalente, casi el doble del promedio de los mundiales entre 2010 y 2022. El mismo informe señala que el transporte aéreo sería el mayor componente, con aproximadamente 7.72 millones de toneladas.

La estimación es superior a los cálculos más antiguos usados durante la candidatura conjunta, que hablaban de alrededor de 3.7 millones de toneladas de CO₂, con el transporte como responsable de cerca del 85% de las emisiones. La diferencia muestra un punto clave: medir la huella ambiental de un megaevento no es sencillo, y los cálculos cambian según metodología, alcance y supuestos incluidos.

Las estrategias ambientales más relevantes rumbo a 2026 se concentran en cinco frentes:

  • Uso de estadios existentes. La mayoría de sedes ya estaban construidas, lo que reduce la necesidad de levantar recintos nuevos y evita parte de las emisiones asociadas a grandes obras.
  • Regionalización del calendario. La organización ha buscado agrupar partidos por zonas para reducir traslados innecesarios, aunque el tamaño del torneo hace imposible eliminar los vuelos de larga distancia.
  • Transporte público y movilidad local. Las ciudades sede deberán fortalecer rutas, accesos, conexiones con estadios y alternativas al automóvil privado.
  • Gestión de energía y residuos. Estadios, fan festivals y zonas operativas tendrán que demostrar eficiencia energética, separación de residuos, reciclaje y reducción de plásticos de un solo uso.
  • Medición y compensación de emisiones. FIFA mantiene una estrategia climática basada en medir, reducir y compensar emisiones, aunque las compensaciones de carbono siguen siendo uno de los puntos más cuestionados por organizaciones ambientales.

El gran riesgo reputacional será el greenwashing, es decir, vender como “verde” un evento que en la práctica puede generar una huella ambiental gigantesca. La crítica no es menor. FIFA ya enfrentó cuestionamientos por sus afirmaciones de neutralidad de carbono en Qatar 2022, y organizaciones ambientales han advertido que las compensaciones no sustituyen reducciones reales de emisiones.

Además del carbono, el Mundial enfrentará otro desafío ambiental: el calor extremo. Un análisis citado por Reuters advirtió que cerca de una cuarta parte de los 104 partidos podría disputarse en condiciones superiores a los límites de seguridad recomendados por FIFPRO, el sindicato global de futbolistas. FIFA ha respondido con medidas como pausas de hidratación, infraestructura de enfriamiento, atención médica reforzada y ajustes operativos según condiciones en tiempo real.

Los riesgos ambientales más relevantes para jugadores y aficionados serán:

  • golpes de calor y estrés térmico;
  • menor rendimiento físico en partidos de alta temperatura;
  • exposición prolongada de aficionados en filas, transporte y fan festivals;
  • presión sobre consumo de agua y energía;
  • tormentas, mala calidad del aire o eventos climáticos extremos;
  • saturación de servicios urbanos en días de partido.

En este contexto, la sustentabilidad del Mundial 2026 no se medirá solo por cuántos árboles se prometan plantar después del torneo. Se medirá por decisiones concretas: cuántos traslados se evitaron, cuánta energía limpia se usó, cuántos residuos se redujeron, qué tan accesible fue el transporte público, cómo se protegió a trabajadores y aficionados, y qué tan transparente fue el reporte final de emisiones.

Para que el torneo no termine como otro monumento al discurso ambiental de utilería, las ciudades sede deberán enfocarse en acciones prácticas:

  • ampliar horarios y capacidad del transporte público;
  • habilitar rutas seguras para peatones y ciclistas;
  • garantizar agua potable gratuita en zonas de concentración;
  • reducir plásticos de un solo uso;
  • exigir proveedores con estándares ambientales verificables;
  • publicar datos de emisiones antes y después del torneo;
  • evitar que las compensaciones sustituyan reducciones reales.

La Copa del Mundo de 2026 tendrá una paradoja difícil de esconder: usará muchos estadios ya construidos, pero obligará a mover a millones de personas por una de las regiones más extensas del planeta. Será una fiesta deportiva monumental, sí, pero también una prueba de honestidad ambiental para FIFA, los gobiernos locales y los patrocinadores.

El futbol moderno quiere venderse como incluyente, global y sustentable. El problema es que, cuando una pelota necesita miles de vuelos para rodar, la épica empieza a oler menos a pasto mojado y más a turbosina.

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