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23 de septiembre de 2021
La semana pasada llegaron a Ceuta, ciudad autónoma española que se encuentra al norte del continente africano, más de 5000 personas cruzando la frontera desde Marruecos...
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Amanda Vega Hidalgo

Un aspecto que se estudia poco desde la economía, por razones obvias desde mi punto de vista, es la cuestión del mercado laboral. Pero incluso dentro de los trabajos sobre mercado laboral, el aspecto concreto de la inmigración o los flujos migratorios en general, apenas sí son abordados desde la ortodoxia.

Ni que decir tiene la importancia que ostenta la inmigración latinoamericana y, sobre todo, la mexicana, en el mercado de trabajo estadounidense, donde esta actúa como un claro ejército industrial de reserva para el país hegemónico. De sobra son también conocidos los dramas humanos que hay detrás de estos intercambios de mano de obra. Sin embargo, muy lejos de pretender ser frívola, lo que hay detrás de la mayoría de los grandes flujos migratorios a nivel mundial bajo el prisma del capitalismo es, precisamente, un intercambio de mercancías, la mercancía fuerza de trabajo.  Probablemente, si se profundizara más en las investigaciones económicas sobre esto, acabaríamos encontrándonos con la profunda contradicción que supone verificar que las terribles consecuencias personales que suceden día a día alrededor de la cuestión migratoria no son evitables puesto que obedecen en última instancia a las necesidades de la rentabilidad cuyo campo de expansión alcanza el ámbito mundial. 

La semana pasada llegaron a Ceuta, ciudad autónoma española que se encuentra al norte del continente africano, más de 5000 personas cruzando la frontera desde Marruecos. Esto, si no ocurre todos los días, es, evidentemente, porque existe un compromiso por parte del país africano de vigilar que no sea así y ese día, se incumplió. Como resultado, vulnerando por cierto el principio fundamental de derecho internacional de non-refoulement, se llevó a cabo la devolución de todos aquellos miles que no eran menores de edad.

Desde hace varios años, la relación diplomática entre España y Marruecos ha sido estable e incluso, se han estrechado lazos. ¿Por qué ese día se dejó la valla (aquí no tenemos muros, pero sí vallas) sin vigilancia? Al margen de la crueldad que supone brindar una esperanza falsa a tantas personas que desesperadamente buscan una vida mejor, porque muy probablemente se sabía cuál iba a ser el resultado (la vuelta forzada de la mayoría de ellos), la cuestión pasa a ser geopolítica. Desde hace unas semanas España acoge a Brahim Gali, jefe del Frente Polisario saharaui, que permanece hospitalizado en La Rioja por motivos de salud. El territorio de la actual República Árabe Saharaui Democrática, que fue colonizado por España en 1883 y que conforma una importante fuente de fosfato y pesca, ha sido conflictivo desde que en 1975 España decide ceder su control a Marruecos y Mauritania sin contar con el Frente Polisario, el grupo que había sido conformado en 1973 para luchar por la independencia del pueblo saharaui. Tras años de conflictos, finalmente, se firma la paz y la cesión del territorio en 1979 con Mauritania y en 1991 el alto al fuego con Marruecos, fecha en la que fue creada la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental (Minurso). Un referéndum que nunca llega. Mientras tanto, la ONU sigue considerando a España la potencia administradora del Sáhara Occidental a la vez que Donald Trump, siendo aún presidente de los Estados Unidos, reconoce a Marruecos como el país soberano sobre dicho territorio.

No obstante, las declaraciones por parte de España y la UE con respecto a lo ocurrido en Ceuta no señalan factores geoestratégicos, sino directamente económicos (una vez más, demostrándose que no es posible separar la economía del resto de las ciencias sociales). En este sentido, se alude al interés que debería tener Marruecos por la red comercial de la UE de cara al “interés mutuo” y a los recursos que la institución europea otorga al país africano, tanto en materia de cooperación como en materia de control de sus fronteras (para que haga bien su trabajo de guardián).

Todo esto ocurre cuando España presenta por primera vez en su historia como país democrático un plan estratégico a largo plazo, España 2050, donde uno de los principales puntos que menciona a la hora de tratar cómo “resolver las deficiencias del mercado de trabajo y adaptarlo a las nuevas realidades sociales, económicas y tecnológicas” es la necesidad de acoger a un número mayor de inmigrantes, hablando de un saldo migratorio medio anual de 191000 personas. Volvemos así al punto inicial y se nos presenta de forma bastante nítida esta necesidad de la rentabilidad ya mencionada y, ahora sí, lo frívolo que es “dejar pasar cuando a mi rentabilidad le interese” mientras se atiende impasiblemente a la muerte de tantas personas en las fronteras entre el centro y la periferia mundial.

Presentar las necesidades del mercado como totalmente ajenas a la realidad social, objetivas, pulcras, cuya posibilidad de resolución no implica más que hacer dos cálculos acertados, no se llama economía. Se llama capitalismo.

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