22 de abril de 2024 7:11 pm
OPINIÓN

Cultura de la imagen

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Por María Elizabeth de los Rios Uriarte


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Una de las mayores revoluciones del siglo XX fue, sin duda, el surgimiento del cine y lo fue porque permitió expresar con imágenes lo que antes eran palabras dando paso, con ello, a la cultura de la imagen que prima hoy en día.

La imagen tiene el poder de cautivarnos desde el principio pues apela directamente a la emoción dejando en un segundo plano a la razón. De esta manera, la imagen permite la identificación inmediata del espectador y hasta la imitación de conductas o modos de ser.

Desde la pantalla grande hasta las tablets, teléfonos móviles, ordenadores portátiles, pantallas de televisión, etc. las imágenes, hoy, tienen primacía por encima de los mensajes o escritos que usan palabras para expresar una idea. Un ejemplo de lo anterior se encuentra en las películas de Charles Chaplin. El llamado “cine mudo” despierta lo mismo una lágrima que una carcajada y ambas, sin la necesidad ni la mediación de la palabra. Otro ejemplo es la aclamada película “La strada” de Fellini que, con muy poco diálogo, hace que el autor sienta compasión inmediata por Gelsomina y odiar a Zámpano. Sólo con las escenas, sólo con los gestos de los personajes, sólo con eso, el espectador se siente parte de la trama.

En nuestro tiempo, el poder de las imágenes se advierte con facilidad en las redes sociales. Los muros de Facebook ya no tienen el impacto de los contenidos de Tik Tok a menos que en lugar de compartir ideas o textos, compartan imágenes de fotos, paisajes, monumentos o cualquier otro que apele más a la emoción y que logre que, quienes las ven, den, cas de inmediato, un like o, a su vez, compartan en sus respectivos muros. Poco o nada importa la descripción o el sentir que acompañe la imagen, sólo ésta, logra conectar y empatizar. Por eso es que las redes sociales pueden ser un espacio creativo y comunitario sano o bien uno incendiario que, ante la menor provocación percibida, haga que se enciendan las emociones y se “linche” al enemigo.

En cualquier caso, un contenido, en la red social que sea, que muestra imágenes siempre tendrá más likes y seguidores que uno que adolece de estas o que las elimina por completo.

Un ejemplo más lo vemos en las figuras políticas. Hoy, convence más una imagen fresca, juvenil, un tanto rebelde incluso que una acartonada y clásica. El discurso, las ideas y propuestas de cambio no importan, la preparación, trayectoria y experiencia menos aún. Lo que atrae es el vitalismo, la espontaneidad, la capacidad para reinventar al país y reinventarse saliéndose del molde que sólo genera repulsión. Un candidato sin corbata y con tenis genera más atracción que uno con traje y zapatos lustrados, aunque el segundo tenga mejores propuestas y más solidez en su plan de trabajo. El primero conecta, el segundo aleja, el primero divierte, el segundo aburre .

Vivimos en una cultura de la imagen, donde lo visual es lo más rápido y que ha ido desplazando al raciocinio. La palabra exige entenderla, lleva detrás un contenido que requiere la ardua tarea de pensar; es entonces, como si el tiempo actual pidiera más forma que fondo y se empeñara en mandar al exilio el mundo de la narrativa y la expresión oral y escrita para sustituirla por emojis. Nos hemos, en resumen, olvidado de la palabra como expresión humana y la hemos enterrado para dar paso a la imagen que puede conectar de inmediato pero también que es altamente ambigüa.

La imagen no es clara ni unívoca, no expresa sólo una idea sino que puede expresar muchas y, por eso mismo, invita a la pluralidad de interpretaciones que a menudo provocan malos entendidos, discrepancias innecesarias, quiebres familiares o hasta imitaciones erróneas de la verdad.

El poder de la imagen puede hacer que nociones como el amor, el honor, la disciplina, la familia, la educación, la amistad, etc se distorsionen y el contenido sea aceptado sin más, sólo porque así lo muestran películas, series, videos de influencers, sitios web, redes sociales, etc.

Ante esto, también existe la posibilidad de aprovechar el impacto de las imágenes para mostrar contenidos apegados a la verdad, que inviten a vivir sanamente, a buscar condiciones de paz y justicia, etc.

De igual modo, recuperar la palabra, su importancia para nombrar y comunicar, su trascendencia en la cultura humana y su capacidad para generar nuevas posibilidades es una tarea que debemos emprender a la par. No olvidemos que somos seres comunicativos. Simbólicos como afirmaba Ernst Cassirer y Narrativos como pensaba Walter Benjamin. Necesitamos tanto de la imágenes como de la palabra para comunicarnos, prescindir de alguna de ellas seria asistir a lo más rico y fundamental que tenemos: nuestra natural sociabilidad.

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