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OPINIÓN

Más allá de las páginas de los libros de texto

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Por María Fernanda Rubio Ruiz


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Una marea de titulares sobre el contenido de los libros de texto ha acaparado a los medios de comunicación y ha inundado el debate público. Un duelo en el que el gobierno y la oposición se han instaurado como los actores principales, y sin temor a equivocarme, con el principal objetivo de asegurar su futuro político con miras a las elecciones del 2024. El abanico de opiniones y discusiones tiñe la escena pública, pero a la sombra de este espectáculo político retumba un eco más profundo y urgente, como el latir apagado de un corazón olvidado: el bienestar de las y los niños de nuestro país. Por supuesto que las páginas de los libros de texto son vitrolas de conocimiento que alzan su voz y moldean la sociedad, y, por lo tanto, debemos prestar mucha atención a lo que en ellas se cuenta, pero ¿quiénes son los oídos que deben captar su melodía? Las infancias y adolescencias relegadas, silenciadas por la crudeza de la pobreza y la desigualdad, aquellas que lo perdieron todo con la pandemia, lo material y lo inmaterial, abandonando sus pupitres por la lucha interminable en sus hogares, donde el hambre acecha como un cazador sigiloso. No se trata, entonces, tan solo de la lucha por las palabras impresas, sino de centrar, de igual forma, en el debate público el recobrar la luz de aquellas vidas que han quedado desamparadas, recuperar las oportunidades robadas por la triste necesidad de subsistir. ¿De qué nos sirven las palabras si no hay lectores que las hagan revivir y que pongan en prácticas las enseñanzas entretejidas en los renglones de aquellos textos?

Los números ilustran los tonos grises de una realidad aún más lamentable: después de la crisis por COVID-19, en los países de ingreso bajo y mediano, el 70% de las y los niños se encontraban en pobreza de aprendizaje, incapaces a sus 10 años de leer y entender un simple texto. Estas mentes han quedado atrapadas en un torbellino de desesperanza educativa y un futuro que pinta sobre lienzos grises y sombríos. Los libros de texto, ¿acaso no deben ser herramientas para resarcir estas carencias, para iluminar sendas de esperanza? Mas, ¿cómo podemos hablar de sembrar palabras en terrenos donde el conocimiento yace estéril? ¿Cómo centrar el debate en el mero contenido, cuándo la pobreza infantil se consolida como un velo taciturno que asfixia los sueños y las esperanzas de las jóvenes generaciones, haciéndolas abandonar sus estudios para compensar sus carencias y desgracias? Más de la mitad de las y los niños en México viven bajo las garras de la cruel pobreza, despojados de oportunidades que se desvanecen como espejismos. Sumado a esto, más de un cuarto de la población menor de edad presentó carencias por acceso a la alimentación nutritiva y de calidad. Las flores no pueden prosperar en campos áridos, así como el conocimiento no puede prosperar en cuerpos desnutridos. El hambre y la educación están intrínsecamente conectadas, formando un tejido invisible donde la falta de una indudablemente perjudica a la otra. ¿Cómo abocarnos, únicamente, a un ferviente debate sobre las narrativas históricas contadas en los libros, sin antes alimentar las mentes que las conservarán por años?

En el escenario del mercado laboral en México, 3.3 millones de menores de edad, lejos de las risas del juego y cerca del peso de la responsabilidad, trazan su andar entre las sombras de la adultez prematura, al verse obligados a trabajar. En sus ojos inocentes y sus manos incipientes, podemos leer el retrato de quienes han visto sus sueños silenciados, y sus esperanzas abatidas. De ellos, 2 millones lo hacen en trabajos riesgosos, sirviendo en minas o transportando cargas pesadas. Otros 1.3 millones se entregan a tareas no adecuadas o no remuneradas, donde el anhelo de aprender y crecer es apagado por la triste necesidad de aportar. Es nuestro deber como sociedad dejar de ver estos números como meras cifras, y comenzar a poner rostros y nombres a estos niños y niñas que han quedado atrapados en olas de desamparo ¿Cómo, entonces, puede el debate público envolvernos por completo en el tema de los libros de texto si las manos de quiénes ansían hojear esas páginas están ocupadas con herramientas de trabajo? ¿Será que hemos intercambiado sueños por obligaciones?

Cada año, miles de niñas en nuestro país se ven obligadas a abandonar su niñez, a soltar los hilos de inocencia, en el eclipsado escenario del matrimonio infantil. Como un colibrí, lleno de vida, atrapado en una vasija de cristal, estás niñas son forzadas a compartir sus alas con hombres, usualmente de mayor edad que ellas, entrelazando sus destinos en un pacto que arrastra consigo la oleada de dote y la brisa de embarazos tempranos. ¿Podemos acusar a los padres y madres que, en su lucha por sobrevivir, pactan estas alianzas? El lienzo de estas uniones es un tapiz de oportunidades negadas, un enredo de sueños rotos que tiene como consecuencia inevitable la deserción escolar. Las tareas escolares son reemplazadas por las tareas domésticas, los libros son olvidados en estantes polvorientos mientras sostienen en sus hombros el peso temprano del hogar. ¿Cómo podemos esperar que las palabras alumbren caminos cuando las pequeñas manos de estas niñas se han ocupado por las responsabilidades maritales, cediendo sus brazos a la crianza y alejándolos de la educación? Resulta insuficiente luchar por las páginas impresas y lo que en ellas se cuente, si paralelamente no nos enfrentamos a la batalla que se lleva a cabo en los sombríos rincones de una niñez arrebatada.

Querido lector y lectora, no me malentienda, el debate de los libros de texto es fundamental, tenemos que luchar por lo que nuestros niños y niñas cultivan en sus pensamientos, ya que la educación se edifica como un pilar clave para el desarrollo de nuestro país, pero, por favor, no perdamos de vista la tragedia que se esconde detrás de las sombras del entretenimiento político que muchas figuras públicas han construido, riendo en silencio por dar pan y circo a una población abandonada en el abismo de la desesperanza y sentenciada a la manipulación. No olvidemos a los jóvenes que han tenido que abandonar sus estudios, y no nos dejemos distraer del hecho de que sus futuros se ven en peligro de caer en la desgracia. Sin duda, los libros de texto son faros que guían el andar de nuestras generaciones, mas no olvidemos que muchos navegantes están a la deriva, privados de oportunidades y esperanzas. Tanto funcionarios públicos como sociedad, debemos escuchar el clamor de estos jóvenes que luchan por un futuro que parece esfumarse entre siluetas de incertidumbre. No podemos permitir que los cimientos de nuestro mañana sean construidos sobre las bases de sueños rotos y potencial desperdiciado.

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